Mostrando entradas con la etiqueta autoestima. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autoestima. Mostrar todas las entradas

22 de marzo de 2011

Homenaje al viajante


Acabo de leer un post en un blog amigo que ha logrado despertar en mí un cúmulo de sensaciones, lo que no es una novedad pero conviene señalar en este caso. Lo que queda de la lectura es la intrahistoria, que como bien me enseñó una amiga hace ya un montón de años, es lo verdaderamente esencial de todo lo que se cuenta.

La intrahistoria precisa de un conocimiento suplementario ya sea de lo que se cuenta o de quién lo cuenta y mejor si se dan ambas circunstancias. En este caso, se daban. La historia en sí ya era suficientemente jugosa porque hablaba de cómo un día torcido puede enmendarse de forma inesperada con un suceso no previsible en el contexto en que uno se encuentra inmerso. Era como si en un día para olvidar uno acabara encontrando un buen motivo para creer en la vida.

Lo que esta tarde me lleva a hablar de sucesos inopinados tiene que ver con haber vivido mucho, con haber viajado mucho y con haberse sentido muchas veces colocado en un lugar al que uno no pertenece, cosa que les sucede a los viajeros pero no a los turistas. Los viajeros son gente que pasa por los sitios pero sobre todo son gente que logra no sin esfuerzo y práctica que los sitios pasen por ellos. Cuando eso sucede, se puede hablar de intrahistorias que sobrepasan la categoría de anécdotas derivando a menudo en metáforas.

Las metáforas son regalos que se nos brindan y que nos permiten entender lo que hay detrás de conceptos abstractos o difusos. Una metáfora perfecta de viajero es viajante, que se distingue del primero porque el motivo de sus desplazamientos es buscarse la vida y de esa forma superar el concepto de dandy vividor que se esconde tras la romántica y falsa idea del chollo que supone viajar que no es otra que hospedarse en hoteles sin personalidad, aprender cuanto antes que conviene ocupar el lado de la cama contrario al que se encuentra el teléfono por estar menos usado, acostumbrase a cenar las más de las veces en completa soledad escogiendo entre platos que no aportan ningún placer y llamando a casa como paso previo a encender la tele mientras se repasa la agenda de la mañana siguiente.

Hoy apenas quedan viajantes aunque conozco a algunos de esos pocos. Les veo haciendo cosas heroicas como ayudando a sus hijos con los deberes escolares a cientos de kilómetros de distancia, preocuparse por los resultados de una cita médica de algún familiar, dando ánimos a sus próximos por cosas aparentemente sin importancia pero que saben que agradecerán y sobre todas las cosas, sintiéndose muy solos que es otro rasgo fundamental del viajante, la soledad, aunque cuando se les pregunta ellos lo nieguen.

La historia de mi amigo era la de un viajante que después de un día de perros decide perderse por la ciudad que, sin ser suya, ha logrado que forme parte de su vida. Bien porque hizo allí el servicio militar, bien porque se le metió entre los poros de la piel, bien porque conoce además del paisaje el paisanaje… o porque sabe distinguir lo que pasa con el tiempo de lo que el tiempo ancla del paso de los años. Y en una sala de cine conocida desde siempre a la que no pensaba entrar un minuto antes pero donde se mete porque llueve, sucede algo, lo que menos podía imaginar, y ese suceso cambia su vida o su visión de la vida o las dos cosas, porque todavía es temprano para saberlo con certeza.

Larga vida a los viajantes que no son viajeros y mucho menos turistas.

4 de enero de 2011

La consciencia y los cíclopes


Estos primeros compases del año nos invitan a pensar un poco en perspectiva si bien la propuesta es hacerlo mirando un poco hacia dentro en busca de la consciencia. Ser conscientes es algo a lo que no estamos demasiado habituados, para qué nos vamos a engañar. Desde luego, sin esa interesante mirada interior andamos un poco a ciegas, nos dejamos llevar como si anduviéramos embarcados navegando por un río del que poco conocemos y sobre todo, en el que poco podemos hacer más que ir corriente abajo.

La consciencia es un estado de los denominados altos. Demanda conocerse a sí mismo, si se me permite la redundancia, saboteando a los saboteadores que llevamos dentro y a los que llamaré cíclopes. Esos cíclopes son creaciones de nuestra mente que tratan de protegernos de todo mal, si bien a un precio demasiado alto que puede resumirse en no aceptar riesgos. El status quo es para los saboteadores el bien más preciado y lo que hace que lo que decimos no se corresponda con lo que hacemos, en eso consiste el sabotaje.

¿Cuántos de nosotros mantendremos los propósitos que manifestamos con las uvas? Ya se verá. Y si hacemos eso con decisiones más o menos banales ¿qué no haremos con cuestiones mucho más importantes para nuestro crecimiento como personas? Como seres eminentemente emocionales que somos debemos entender que la consciencia consiste en saber que tenemos emociones y aprender a gestionarlas, no en que las emociones nos tengan a nosotros que es a lo que más se aplican los cíclopes. Cuidado con esto, porque suele ser sumamente peligroso, además de frecuente.

La consciencia consiste en tomar perspectiva y asumir lo que somos y cómo somos. Sólo desde esta perspectiva podemos introducir esos cambios que sabemos que necesitamos y que reconocemos de puertas afuera (lo que decimos) siendo más o menos conscientes de que lo haremos… siempre y cuando no surja algo “poderoso” que nos lo impida, de lo cual se ocupará alguno de los cíclopes que nos habita.

La capacidad de emprender tiene mucho que ver con vivir desde la consciencia, lo que supone mandar a hacer puñetas a alguno de esos saboteadores, a concederse un margen de acción espontánea que puede incluir el caer en el error una o más veces sin sentir culpa por ello. Aprendemos a base de probar y errar, al menos durante una parte de nuestra vida. Luego, tal vez preferimos comprar verdades ensayadas por otros, podríamos decir que verdades “garantizadas” exentas de riesgo o de fallo.

La consciencia también está conectada con la responsabilidad, pero hay que ver el miedo que tenemos a ser responsables. Nadie quiere asumir responsabilidades si puede evitarlo. Por ello los bolis “se caen” de nuestras manos, los objetos “se rompen”, el trabajo “se pierde” como si en todo ello estuviera exenta nuestra responsabilidad. El cíclope saboteador de la inocencia es muy poderoso, desde luego, pero todo sea por alejarnos de la consciencia.

Empezamos una nueva década. En la que dejamos atrás nos hemos hecho diez años más viejos, hemos vivido instalados en una montaña rusa de tal dimensión y con tanta fuerza G acumulada que es seguro que nadie ha salido indemne. Todos somos más pobres que al inicio del milenio, a todos se nos ha roto algo. Lo mejor que podemos hacer ahora es empaquetarla y guardarla en el desván. Ese tiempo no volverá aunque sigamos pagando el precio de todo lo que ha sucedido, seamos o no conscientes de ello, tengamos más o menos culpa o seamos más o menos inocentes.

Iniciamos un nuevo año y una nueva década con la invitación de ser un poco más conscientes y con ello un poco más emprendedores, más responsables, menos inocentes y menos culpables. Y para ello deberemos empezar por identificar qué saboteadores nos habitan. Ya anticipo que no son pocos ni cobardes pero tampoco sabemos qué tan fuertes serán hasta que no nos enfrentemos a ellos.

Feliz año de todo corazón.

14 de diciembre de 2010

Intemperie

Convengamos que tenemos asociadas una serie de imágenes que actúan como poderosos resortes que nos permiten asegurarnos de que todo está en orden, que las cosas se producen en un entorno seguro.

Luis Eduardo Aute ha editado un nuevo disco sobre el que todavía no sé nada excepto que se llama Intemperie. La relación entre esas imágenes y el nombre del disco de Aute arranca del hecho de que pocas cosas nos produce más insatisfacción que permanecer a la intemperie (también podría decirse quedarse con el culo al aire).

Desde el plano emocional la imagen de mostrarse desnudo es una forma de decir que no tenemos nada que ocultar, que nos presentamos sin trampa ni cartón. En realidad, también es una forma de mostrarnos indefensos por voluntad propia y por ende, de pedir que no nos agredan. ¿Quién quiere atacar a un indefenso?

Esto también está relacionado con nuestro empeño por ser permanentemente inocentes. La inocencia tiene muchas ventajas; la principal, que no seamos culpables. Pero también nos permite presentarnos como víctimas y esa ya es harina de otro costal. El victimismo apoya la idea de que cuanto nos sucede es producto de la acción de otros, que no tenemos nada que ver, que pasábamos por allí. La culpa siempre es de otro.

En estos días hemos sabido que Marta Domínguez, la mejor atleta española de todos los tiempos ha sido imputada por un presunto delito de dopaje. Que se sepa no se ha defendido alegando inocencia. En tanto que no inocente, todo el mundo se le ha echado encima. Pero ¿por qué se dopó? Para protegerse de la intemperie que produce la decadencia de una larga y exitosa carrera deportiva. ¿Es la única culpable? Por supuesto que no. También lo son el entrenador que se lo sugirió, los médicos que le proporcionaron los cócteles, la federación que nada vio. Todos ellos también trataron de protegerse de su propia intemperie.

Las sucesivas intemperies que se van produciendo en nuestras vidas producen un efecto devastador. La intemperie de los pequeños defectos físicos, la de la pérdida de la juventud o la vitalidad sexual de los hombres se tapa con intervenciones quirúrgicas o pastillas azules. Nunca antes como ahora. La intemperie sentimental produce asimismo efectos corrosivos después de haber perdido la capa brillante de nuestra superficie afectiva. La intemperie de la falta de trabajo o dinero afectan a la misma capacidad de actuar. Hay muchas intemperies que ni siquiera hemos experimentado en carne propia pero que nos aterran con tan solo imaginarlas.

Ante esto, nuestra capacidad de reacción nos hace poner en alerta. La aceptación de las sucesivas pérdidas que se producen en nuestras vidas siempre acaban por llegar pero no antes de haber tratado de combatirlas y muchas veces tampoco se combaten sin haber tratado de ignorarlas. Lo que asusta es el hecho de ceder terreno paulatina pero inexorablemente y en esa pérdida considerar que somos cada vez menos. Todavía nos queda mucho que aprender sobre nosotros mismos.

Esta crisis atroz nos ha dejado a la intemperie en la misma medida que nos ha despertado de un sueño. La realidad es que ya nunca seremos los de antes y que deberemos aprender a vivir con la parte que quede de nosotros. En realidad, no es que hayamos perdido tanto como creemos sino que nos habíamos puesto muchas capas de pintura encima que ahora, al perderlas, nos han devuelto a un estado más auténtico. Como decía al principio, quizá es el momento de volver a mostrarnos desnudos que ya sabemos que es una forma de decir que no tenemos nada que ocultar, que nos presentamos sin trampa ni cartón y tal vez con la única compañía de nuestros auténticos valores. No somos inocentes, sólo responsables. Y lo somos gracias a un tipo de intemperie que no esperábamos.

26 de noviembre de 2010

Vísteme despacio que tengo prisa


Algunas personas usan tácticas dilatorias para no tomar decisiones. Eso se conoce por procastinación. Ha habido en la historia muchos ejemplos de procastinadores ilustres. Franco era uno de ellos cuando decía que hay dos tipos de asuntos: los que el tiempo resuelve y los que se resuelven con el tiempo. La procastinación está instalada en nuestra sociedad hacia límites patológicos. Este fue el país del “vuelva usted mañana” hasta hace dos días, pero todavía hoy en día las obras públicas se dilatan, los exámenes se preparan a última hora o no se preparan, etc.

La procastinación tiene un sentido completamente distinto dependiendo de las sociedades. En Oriente se ve como un atributo divino, en la religión rogamos a Dios por cosas que sabemos que la mayor parte de las veces no se otorgan, en Norteamérica es una opción válida si uno no se ve preparado para la toma de decisiones, en la Europa de las personas va por barrios pero en la Europa de los eurócratas se percibe casi como una virtud. En resumen, tendemos a dilatar lo que sabemos que precisa respuesta aunque sea urgente.

Mi amigo Ramón, filósofo de agua dulce al que sin embargo admiro por otras razones que lo que comentaré, sostiene que cuando uno es deudor de algo o de alguien lo mejor que puede hacer es dejar que el tema se pudra hasta que el acreedor se olvide (lo óptimo) o se ablande (lo práctico). Para Ramón las consecuencias de su actitud al respecto no dejan huella indeleble, por no decir que le importan un rábano.

Hace dos meses tuve un percance con mi teléfono móvil para el cual espero solución por parte de la operadora que aunque no se niega a resolverlo, posterga su decisión invocando “la semana que viene”. Hoy mismo he vuelto a llamar a la comercial que, por supuesto, no me ha respondido pero me ha mandado un SMS diciéndome que se encontraba con gripe pero que la semana que viene, sin falta, se resuelve el asunto. Hace media hora me he asomado por la ventana y la he visto cruzar la calle en charla animada con otros compañeros, así que de gripe que la obligara a guardar cama, nada de nada. Al menos debo agradecerle que me haya servido en bandeja el post de hoy.

Procastinizar es un deporte que no reporta ventaja alguna y que postra a quien la sufre en una resignación que sólo es antesala del enfado. Y si no, que se lo pregunten a los Borbones de la Francia del siglo XVIII, a los zares de Rusia o a cualquiera de nosotros cuando nos llega la multa con recargo por no haberla pagado en plazo.

Si profundizamos un poco más en esta idea inmediatamente asoma el debate permanente en el que nos movemos: ¿somos víctimas o responsables de lo que nos pasa? La respuesta es que nos complace mucho más sentirnos víctimas de las circunstancias que remangarnos y trabajar por la solución de los problemas que nos incumben. Y no digamos nada si esos problemas les incumben a otros pero somos nosotros quienes tienen que solucionarlos.

Bienvenida sea cualquier mejora que operemos por pequeña que ésta sea. Hagamos un poco más felices a los acreedores de cualquier tipo que tengamos empezando por saldar las deudas que tenemos con nosotros mismos. En mi caso, de hoy no pasa ;-)

11 de octubre de 2010

Sí o no



Me pregunto si somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos lingüísticos. Pienso que no demasiado. Pero ¿qué entendemos por actos lingüísticos? Aquellos a través de los cuales formulamos afirmaciones, declaraciones, promesas u ofertas. En realidad, todo el lenguaje está compuesto por una de esas cuatro manifestaciones.

No es la primera vez que digo que el lenguaje no es inocente, como muy acertadamente sostiene Rafael Echeverría. Todo lo contrario, cualquier acto que se formula a través del mismo nos concierne y nos compromete. Perdemos la inocencia en cuanto abrimos la boca porque o bien nos posicionamos a través de afirmaciones, nos retratamos con declaraciones o empeñamos nuestra palabra con promesas u ofertas. Como digo, no hacemos otra cosa en cuanto hablamos.

Aunque todo esto es un mundo, hoy quisiera detenerme en dos tipos de declaraciones básicas pero muy fuertes que todo ser humano formula muchísimas veces en su vida: sí y no.

El “no” es una de las declaraciones más importantes que un individuo puede hacer. A través de ella se asienta tanto su autonomía como su legitimidad como persona y, por tanto, es la declaración en la que, en mayor grado, comprometemos nuestra dignidad.

En muchas ocasiones, el precio de decir “no” es alto y depende de cada uno pagarlo o no. Muchos de nuestros héroes, muchos de nuestros santos, son personas a las que admiramos porque estuvieron dispuestas a pagar con sus vidas el ejercicio de este derecho.

La importancia de decir “no” en nuestra vida cotidiana es altísima. Cada vez que consideremos que debemos decir “no” y no lo hagamos, veremos nuestra dignidad comprometida. Por otro lado, cada vez que digamos “no” y ello sea pasado por alto, deberíamos considerar que no hemos sido respetados.

Esta es una declaración que define el respeto que nos tenemos a nosotros mismos y que nos tienen los demás. Por ello, cabría preguntarse si somos conscientes del respeto que generamos (si somos de fiar) o cuál es nuestra autoridad moral.

El “sí” es más traicionero. En nuestro mundo entendemos que cuando no decimos “no” estamos diciendo “sí”. Ya sabéis, eso de que quien calla otorga. Sin embargo, hay un aspecto extremadamente importante con respecto al “sí” que vale la pena destacar. Se refiere al compromiso que asumimos cuando hemos dicho “sí” o su equivalente “acepto”. Cuando ello sucede ponemos en juego el valor y respeto de nuestra palabra.

Pocas cosas afectan más seriamente la identidad de una persona que el decir “sí” y el no actuar coherentemente con tal declaración. Un área en la que esto es decisivo es en el terreno de las promesas.

Precisamente por la fuerza de estas declaraciones y su carácter unívoco, hemos desarrollado una serie de válvulas de escape. De acuerdo que decir “sí” o “no” son actos en los que no caben matices y que nos comprometen, pero para eso hemos inventado los matices “sí, pero”, “no, en estas condiciones” o el más común “depende”.

“Depende” es una formulación ambigua que trata de evitar el compromiso. Si digo depende ante una afirmación cerrada, por ejemplo, “hoy es lunes” quiere decir que no he formulado bien mi afirmación. Hoy es lunes aquí, pero en alguna parte del mundo ya es martes. Si digo depende ante una afirmación más abierta, por ejemplo, “los neumáticos son muy caros” significa que eso será cierto o no a partir de lo que yo o el otro considere “caro” porque ese es un concepto relativo.

En realidad, todo es parte de lo mismo. Cuestionar toda afirmación o declaración de los otros o de poner condiciones al cumplimiento de algo a lo que somos requeridos. No me extraña que se diga que vivimos en el tiempo del relativismo.

14 de septiembre de 2010

Primera persona de indicativo

El lenguaje, que conforma los límites de toda expresión de la inteligencia, nunca es neutral. Por ello conviene saber qué se esconde detrás. Es muy frecuente que cuando cuento algo o me posiciono ante alguna cosa lo haga agazapado tras fórmulas lingüísticas del estilo de: algunos, muchos, hay quien cree, se dice…, etc. Todas ellas pensadas para diluir mi posicionamiento, mis juicios o mis creencias. Porque a pesar de que sólo me represento a mí mismo, no es lo mismo tomar partido que hablar como si otros fueran los que lo fijan y me limitara a ser un cronista de terceros.

Involucrar a otros es una forma de excluirme, de decir que eso no va conmigo, que no me afecta o que no me siento representado o afectado. El yo es más comprometido porque nunca puede ser inocente ni víctima, sino dueño y responsable de sus acciones u omisiones.

Los hechos pueden ser narrados a tres niveles:

1. Les pasa o lo piensan otros y yo lo describo
2. Nos pasa o lo pensamos nosotros y yo me erijo en portavoz
3. Me pasa o lo pienso yo y lo cuento

Hay una amplia diferencia entre adoptar cualquiera de las tres posiciones. En el periodismo, la primera correspondería a un cronista, la segunda a un editorial y la tercera a un artículo de opinión. Pero son tres actitudes completamente distintas que esconden intenciones distintas y que sabemos identificar.

En el correlato discursivo no está tan claro y se tiende a utilizar la del cronista. En primer lugar porque si alejo de mí lo que cuento, el juicio valorativo se aplica sobre alguien que no soy yo y por tanto no me afecta. No me critican a mí, no va conmigo, no soy yo el objeto de la valoración. Eso tiene que ver con el hecho de que no deseo ser culpable, ni siquiera de mis puntos de vista. Conocí a alguien que cuando decía lo que pensaba y le tildaban de anticuado siempre respondía lo mismo: bueno, eso fue lo que nos enseñaron. Como si ese “nos enseñaron” le exonerase de cualquier responsabilidad y además pretendía incluirnos a los demás puesto que nos enseñaron cosas parecidas.

Cuando alguien hace un juicio sobre mí, digamos del que no hay escapatoria posible, actúan los mismos mecanismos. Trato por todos los medios de ser inocente y si por alguna razón eso es imposible, procuro aparecer como víctima. Sí, eso lo hice así, pero (empiezo a buscar atenuantes) fue por estas causas que no dependían de mí. Si por mí fuera lo habría hecho bien, pero me vi obligado por las circunstancias, la ineptitud de otros, etc. Si los otros hubieran hecho su parte yo hubiera cumplido. Ergo soy inocente del todo. A mí que me registren.

Que cada cual asuma su responsabilidad es un ejercicio sumamente difícil. Lo mismo cuando salgo mal parado que cuando no. Si me felicitan por algo que hice, inmediatamente se espera que diga: bueno, no lo hice solo. Mis compañeros me ayudaron, sin ellos no hubiera sido posible. Si no lo hiciera así podría pasar por vanidoso ¿verdad?

En esta parte del mundo, esas son claves culturales fortísimamente impregnadas en nuestro ADN. Malformaciones que van mucho más allá del estilo narrativo porque afectan a nuestra supervivencia, en este caso, del ego. Tenemos tantos problemas con nuestro ego porque no sabemos gestionarlo. Ni bien ni mal, es que no sabemos porque no nos han educado para ello.

Los escritores de novelas son casos paradigmáticos. Escriben en primera o tercera persona, casi nunca en segunda. Pero refiriéndose a historias ficticias que, no obstante, casi siempre contienen alguna experiencia o aprendizaje del autor aunque esa parte autobiográfica casi nunca sea reconocida.

Ocurre que la mayor parte de nosotros no escribimos novelas pero nos comportamos como novelistas. Contamos las historias de otros, en tercera persona, pero en realidad estamos hablando de nosotros mismos. Duele menos. Aunque se nos vea el plumero. Parece que nos resistamos conjugar la primera persona del presente de indicativo porque compromete demasiado. Veis, en este último párrafo me he delatado.

14 de mayo de 2010

El circo de las mariposas


Para ponernos en situación, hay que imaginar que estamos a punto de iniciar un merecido fin de semana. Esta, en concreto, ha sido de aúpa, así que no está de más que nos concedamos un merecido descanso sobre todo de alma.

Os propongo que veamos una peli que dura veinte minutos. Si no disponéis de ese tiempo os pido que no iniciéis la proyección y que lo dejéis para mejor ocasión. Si tenéis niños en casa invitadlos a que os acompañen, apagad las luces y si además podéis conectar vuestro equipo con una tele de gran formato o si tenéis un proyector, mucho mejor. El vídeo viene en formato de alta calidad, así que todo tiene su importancia.

No tengáis prejuicios porque la peli sea en versión original y esté subtitulada. Es una de esas pelis cuyo mensaje podría entenderse incluso si se tratara de cine mudo, tal es su fuerza.

Y cuando acabe la proyección y si os apetece, continuad leyendo.




Espero que os haya gustado.

Vivimos tiempos turbulentos en los que subimos y bajamos crestas como si fuéramos montados en una montaña rusa desbocada. Así son las cosas siempre que algo se mueve para dejar paso a una nueva realidad, a un segundo nacimiento, de la misma forma en que una oruga pasa a ser una mariposa.

Aceptamos que estamos ante un ciclo de crisis económica, pero nos cuesta más admitir que también estamos asistiendo al inicio de una nueva vida de la que hemos de ser los protagonistas.

“El circo de las mariposas” cuenta una historia que enternece pero cuya principal virtud es que habla de todos y cada uno de nosotros. ¿Quién eres tú? ¿Will que no tiene brazos ni piernas, uno de esos niños que le lanzan tomates, Méndez que es capaz de ver lo que otros no ven, el forzudo ex pendenciero, el niño que no sabe que todo capullo encierra una mariposa, el padre que da confianza a su hijo para que de mayor sea lo que quiera, el niño aquejado de polio o su madre?

Tenemos un poco de todos ellos ¿no?

Esta pequeña joya es un regalo que yo recibí y que comparto. Otros muchos lo hicieron antes y hoy es una referencia a la que se ha encontrado muchas aplicaciones. Al coaching, por ejemplo, porque explica cuál es su esencia: todos tenemos una potencialidad infinitamente mayor que la que nos concedemos, de la misma forma que una bellota contiene una encina. Todo está en nuestro interior pero necesitamos que alguien crea en nosotros, empezando por uno mismo.
Otros han usado esta película para ilustrar en qué consiste el liderazgo inspiracional. Yo diría que incluso el liderazgo a secas, porque se observa lo que distintos líderes pueden conseguir con la misma materia prima. No falta quien ha visto en ella la clave de la superación de sus adversidades y también tienen razón, pero lo más importante es lo que hayas visto tú.

Seguramente no te habrás quedado indiferente y si mañana o la semana que viene te apetece volver a verla te animo a que lo hagas. Es probable que, por el mismo precio, veas cosas nuevas.

Buen fin de semana.

16 de abril de 2010

Meterse a consultor a los cuarenta y tantos

Una consecuencia más de la crisis en la que estamos inmersos ha sido la cantidad de personas que han tenido que reorientar su carrera profesional “por narices” hacia nueva profesiones que, en algunos casos, nunca en la vida imaginaron que iban a desempeñar. Como todos tenemos más o menos cercano algún ejemplo de estos, no me extenderé más.
Por otra parte y ante la misma situación, conozco a bastantes buenos amigos que han decidido o están decidiendo en estos meses iniciarse en el mundo de la consultoría, mi profesión desde hace más de diez años o sea, que no puede decirse que sea un neófito. Algunos, han pedido mi consejo además de mi ánimo, con el que ya contaban de antemano.
Sin embargo, a todos les digo que nuestra profesión no es sencilla, por más que todo el mundo se sienta capacitado para convertirse en consultor, una profesión con más glamour aparente que real. Como es difícil definir en qué consiste nuestro trabajo (y lo comprendo porque mi madre me lo pregunta cada dos por tres
) imaginan que se reduce a identificar en qué son buenos y acercarse a potenciales clientes con su oferta empezando por los amigos. Como son buenos (y muchos lo son), creen que con eso basta. Y no basta. Y además, hasta suele perderse amigos. Así que mi primer consejo es no acercarse a ellos en busca de los primeros encargos si se quiere conservar la amistad.
Esta profesión en la que, como en otras, abunda más lo mediocre que lo verdaderamente bueno o lo malo tiene algunas características peculiares que conviene recordar. La primera, que no es lo mismo integrarse en una organización que trabajar en solitario. En mi caso, he vivido las dos experiencias y está claro que no es lo mismo ni parecido.
Si formas parte de un equipo tienes algunas ventajas. La primera es que tus conocimientos se ven retroalimentados por los de tus compañeros -que, en parte también son tus rivales-, tus capacidades se combinan con las suyas, sus experiencias son lo más parecido a escarmentar en cabeza ajena, etc. Pero también tiene sus desventajas, la más importante es que actúas bajo una marca, unas normas y unas filias y fobias con las que normalmente ni te identificas ni te sientes cómodo. En una organización, y en eso caes en la cuenta muy pronto, es muy frecuente que las únicas satisfacciones que recibas provengan de tus clientes y de casi nadie más. No lo olvides.
Trabajar por tu cuenta también tiene luces y sombras. Lo más gratificante es que decides a qué te dedicas, enfocas los servicios y los proyectos como mejor te parece, estableces tus tarifas y minimizas costes, haces tu propio marketing, etc. Pero también tiene muchas dificultades, empezando por esa sensación de la soledad del corredor de fondo que nunca te abandona, la práctica imposibilidad de que alguien te eche una mano de forma realmente desinteresada, si venías de una organización mayor la certeza de que (gran) parte de tus clientes no te seguirán porque estás solo aunque nunca lo reconozcan por consideración a ti, la imposibilidad de aportar referencias que lo fueron antes pero para las que no has vuelto a trabajar desde que eres tu propia marca, etc.
En esta descripción de pros y contras deliberadamente no he mencionado otra serie de razones que hacen de esta profesión algo sumamente peculiar. A modo de confesión, deslizo para mis nuevos competidores/amigos que en consultoría nunca sabrás con certeza por qué consigues un contrato como tampoco sabes muchas veces por qué no lo has conseguido.
La lógica de que a necesidad del cliente bien identificada seguida de una oferta de servicios consistente y a unos precios ajustados le sigue la aceptación de la propuesta, no funciona. El networking como modo de identificar clientes potenciales “potencialmente” interesados en tu producto tampoco funciona demasiado bien y como te descuides puedes acabar pagando suculentas cuentas de comidas o de cenas sin resultado a cambio de muy buenas palabras y ambiguas oportunidades “para el año que viene”. Ya decía un colega mío que en esta profesión hace falta comer muchos langostinos para poder comer todos los días lentejas.
En esta profesión y dando por supuesto que realmente tienes una propuesta de valor que te identifique con toda claridad como un experto, sólo vendes cuando se da la concatenación de todas estas circunstancias: que el cliente tenga realmente un problema, que ese problema le quite el sueño, que llegues en el momento oportuno, que hayas dicho o hecho algo de lo que casi nunca serás consciente que ha despertado en él la sensación de que tú eres su solución, que no pase mucho tiempo hasta que presentes tu propuesta y que no suceda nada “imprevisible” que dé al traste con las ganas o la oportunidad de comenzar el proyecto. Sólo entonces vendes.
Además de eso, hay dos épocas del año especialmente peligrosas. Una en el mes de julio, cuando justo antes de irse de vacaciones los clientes son especialmente receptivos a recibir propuestas, tuyas y de otros, claro. Incluso puede que te llamen. No te confíes, pasado el verano esas ganas repentinas de hacer cosas suelen desvanecerse. Así que mi consejo es que las propuestas sean cortas y concisas, cuanto más mejor, en aras a economizar esfuerzos y gastos de imprenta.
Otra época tanto o más peligrosa es el periodo que va de mediados de noviembre a mitad de diciembre. En esa época los clientes suelen entrar en celo debido a que están elaborando los presupuestos para el año que viene. La receptividad es alta, la duración de las reuniones especialmente corta, los requerimientos enormes, la extensión de los colectivos sobre los que actuar tan amplios como la estepa siberiana y además, el clima entrañable de esas fechas hará que recibas muchas felicitaciones navideñas, lo cual te hará albergar “fundadas esperanzas” de que estás “en sus oraciones”.

Mi consejo es que el día después de Reyes te prepares a hacer pressing por toda la pista. Si te sale bien, tendrás resuelto el primer trimestre y si no, estás en la misma casilla de salida que en el mes de noviembre y habrás perdido buena parte de los ingresos previstos para el primer trimestre.
En suma, esta es una profesión con un ciclo anual muy corto que, entre vacaciones de semana santa, verano y su vuelta y vacaciones navideñas hasta el lunes siguiente a Reyes, apenas deja seis meses al año que puedan considerarse lectivos y potencialmente productivos.
Así pues, confío en que algunos lean este artículo antes de pensarse en meterse a consultor. Si aún así están dispuestos, mucha suerte y ya saben que, para lo que esté en mi mano, estoy a su disposición.

16 de marzo de 2010

Mad Men

Cuando muchos fines de semana me dispongo a ver el capítulo de Mad Men parece que el tiempo se detiene. Las secuencias a paso lento, las pasiones vividas con fingida frialdad, las luchas de poder con sordina me retrotraen a algunos episodios de la vida con los que, inevitablemente, creo algunas correspondencias.
Sin embargo, es la careta del inicio de los capítulos lo que más me llama la atención. Un tipo silueteado en negro cayendo al vacío a cámara lenta mientras las imágenes de sus campañas publicitarias se reflejan en los rascacielos de Manhattan. Esa alegoría de la caída al vacío me fascina porque en cierta medida y en mi opinión, refleja la sociedad en la que vivimos. Caemos lenta pero irremisiblemente a un agujero negro del que no cabe esperar un final feliz si algo no lo remedia.
La fascinación que produce la desgracia ajena es algo que me llama poderosamente la atención. Es una situación que más que al espanto invita a la contemplación complaciente. No va conmigo, parece ser la conclusión final y probablemente se lo merezca, pensamos. Asistimos al derrumbe del otro casi con deleite, esperando a que se produzca el estruendo cuando se aplaste contra el asfalto.
La naturaleza humana no deja de sorprender. Vivimos momentos en los que la autoconfianza tiene que ser apelada a través de campañas publicitarias específicas como esto sólo lo arreglamos entre todos. Por lo que veo y oigo esa campaña ha desatado un sinfín de críticas. Muchos se preguntan quién está detrás de esto, como si según quienes sean los que la pergeñaron tuviera la capacidad de alinearnos a favor o en contra en un país dividido otra vez en dos mitades casi simétricas. Otros se enervan diciendo que a quien les corresponde sacarnos de ésta es a los políticos que para eso les pagamos. Sólo una minoría parece comprender que lo que nos está faltando como el aire que respiramos es un chute de autoestima e incluso muchos de esos también están en contra de la campaña.
El efecto caída de Mad Men lo vivimos todos los días, cada cual a su escala, pero parece que lo entendemos de la misma forma que cuando vemos la serie, es la caída de otros, no la propia. Uno de los efectos de esta crisis es la personificación en el otro del padecimiento. Todos conocemos más o menos de cerca a alguien que lo está pasando mal, incluso dentro de nuestra propia familia, pero me pregunto si la última reflexión que nos hacemos antes de acostarnos es si “eso que les pasa a otros” tiene más o menos probabilidades de que “me toque a mí”. Cada día que pasa y nos salvamos es un motivo más para pensar que hoy no ha tocado y que mañana será otro día.
En un capítulo reciente de la serie un cliente exige que echen a la calle a un creativo que le rechazó sexualmente. Nadie piensa que eso vaya realmente en serio hasta que el cliente abandona una reunión en la que se encuentra ese creativo. A los cinco minutos está en la calle. Hemos librado, piensan todos los demás. No me tocó a mí. ¡Que alguien llame al cliente ofendido y le diga que ya está resuelto el problema!
Pienso a menudo en correspondencias con la vida real. En varias empresas para las que he trabajado y en las que por diversos motivos se prescindió de alguien, tarde o temprano se oyó la frase “fulanito ya es historia. A otra cosa mariposa”. No va con nosotros.
En esta sociedad de supervivientes nadie piensa que mañana le vaya a tocar a él, pero le toca, vaya que si le toca. Por eso no me explico ese rechazo a la campaña de marras que, en cualquier caso ha cumplido su objetivo: que se hable de ella en todas partes y a todas horas. No importa el mensaje, no va con nosotros o si va, no me corresponde a mí sino a otros sacarnos de ésta. Los italianos cada vez que llueve levantan las manos al cielo exclamando porco governo y los personajes de Mad Men tejen sus estrategias para salir bien en la foto. Pero a cada capítulo uno de ellos se convierte en el tipo silueteado en negro que cae al vacío a cámara lenta.
Ya lo dijo Bertolt Brecht: Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
Pronto hará un año que inicié este blog. Nació en plena crisis y recuerdo que las primeras entradas, cuando nadie las leía todavía, hacían referencia a que saldremos de ésta, a que es necesario creer en nosotros porque al final es lo único que tenemos. Hoy vuelvo a proclamarlo, pero no puedo evitar pensar en el tipo cayendo al vacío a cámara lenta. ¡Porco governo!

27 de octubre de 2009

Con ustedes Ken Blanchard

Rompiendo mi costumbre a la hora de escribir artículos, os presento un extracto de la entrevista que le hizo el periodista Lluís Amiguet a Ken Blanchard y que fue publicada el pasado día 21 de octubre en La Vanguardia. Quien quiera leerla al completo, sólo tiene que seguir este enlace que, por lo que ahora veo, no será accesible hasta dentro de un mes por la política que sigue este periódico, qué le vamos a hacer.
Pero permitidme que antes os lo presente. Ken Blanchard es el padre del liderazgo situacional, el que definió qué son y cómo se gestionan los equipos de alto rendimiento y, en parte, el responsable de que cambiara mi vida profesional y me dedicara a la consultoría, de eso ya hace unos cuantos años. Para mí, claro está, es un referente que comparto con los miles de personas que han leído sus libros o los cientos de miles, no sé si millones en todo el mundo, que habrán asistido a cursos y seminarios basados en sus enseñanzas sobre el liderazgo.
Blanchard es un joven de 70 años de edad recién cumplidos que dice que “la Biblia no dice nada de jubilarse ni habla de ningún patriarca con menos de 80” por lo que todavía sigue en activo y con muy buen tono vital como veréis a continuación.
En la entrevista, dice cosas como que “nuestra sociedad necesita menos exámenes y más educación. Convertir la política en profesión es pervertir la democracia. Sufrimos a Maddoff, y otros como él, y aún padecemos la avaricia de Wall Street y la banca, donde los poseedores de los mejores expedientes académicos están pagándose sueldos increíbles con nuestros impuestos... Pero, ¡por Dios santo!: ¿cuánto hay que pagarle a un banquero para que se sienta bien retribuido?” se pregunta.
El periodista le replica que eso lo hemos visto toda la vida, pero Blanchard ve una diferencia significativa.

Lo que sí es nuevo y preocupante es que todo nuestro sistema se fundamente en el fomento de la avaricia sin límites… Antes se acumulaba para invertir y crear empleo - por eso los demás contribuíamos- pero ahora se acumula sin ninguna relación con la economía productiva”.
No está mal, me digo, para alguien que se ha criado dentro del modelo capitalista por excelencia, el noteamericano. Pero, aún y así, añade algo que también me parece capital.
Nuestro sistema - desde preescolar hasta la jubilación-nos está educando para que confundamos nuestra autoestima con nuestros resultados. Y forma acumuladores compulsivos obsesionados con lograr resultados cuantificables: sueldo, cargo, méritos, carrera, bienes, coches, pisos... Esos números les dan la medida de su autoestima: creen que sólo son queridos en la medida en que consiguen esas cantidades de poder y dinero”.
Con eso también estoy de acuerdo. Y apostilla: “Todo el sistema educativo se ha transformado en una máquina de calificar, seleccionar, segregar, categorizar, dar notas... Educar se ha reducido a hacer la selección de personal desde la cuna hasta el despacho de jefe. Y por el camino quedan los perdedores…Es una perversión que nos condena a la obsesión de acumular y a la infelicidad. Así siempre necesitamos acumular más porque nos sentimos cada vez menos”.
Para que luego digan que este "joven" no es un revolucionario social de primera magnitud.

“Se inculca la necedad cuantificadora: ha habido varias generaciones de obsesos por los resultados desde el parvulario. ¿Hay algo más egoísta que un bebé? ¿Hay alguien más centrado en sí mismo que un preescolar? ¿Y sabe por qué? Porque no se nace generoso: la generosidad se aprende, y no la estamos enseñando. Al contrario, enseñamos que sólo te vamos a querer - desde papá hasta el jefe-en la medida de lo que consigas puntuar, obtener, mandar".
Este señor y yo tenemos puntos de vista similares al respecto. A mí también me parece que no nacemos en absoluto generosos y que la medida de la generosidad que acumulamos a lo largo de nuestra vida para luego regalar (porque qué otra utilidad puede tener salvo esa) es la medida de nuestra verdadera categoría como personas.
“Todos los niños quieren aprender hasta que les empiezas a poner notas: los que suspenden acaban odiando el cole: ¿por qué clasificar a las personas por sus resultados desde la cuna? Esa es la receta segura para la avaricia y luego la desdicha: de los que suspenden y de los que acaban en Wall Street”… Si amo a mi hijo, separaré claramente mi amor por él de sus resultados escolares. Mi amor es incondicional: amamos a las personas porque son únicas y son ellas y después está lo que tienen, saben o pueden hacer”.
Si no hay nota, ¿para qué esforzarse? –le pregunta mordazmente el periodista.

Se esforzará si sabe que es un ser humano al que se le ama porque es él y con esa confianza podrá ser generoso y devolver ese amor a los demás sin exprimirlos para obtener más resultados con que conquistar su admiración, que él confunde con ese cariño que se le escapa... Esa es la diferencia entre el líder que sirve y el líder que se sirve de los demás”.

Reitero mis disculpas por haber reproducido gran parte de una entrevista que me hubiera encantado haber hecho a mí por el solo placer de escuchar de este hombre puntos de vista como los señalados. Mi admiración por ese nuevo ejemplo de dar valor a las cosas esenciales de la vida que, al parecer, sólo pueden permitirse los sabios cuando llegan a esas edades. No ha sido un post de autor, pero quería compartirlo.

Amig@s, lo dicho. Un poco de Blanchard en nuestra vida no viene nada mal en estos momentos ¿verdad?

9 de octubre de 2009

Transparencias

Empiezo este artículo preguntándome si puede hablarse de transparencias buenas y malas. Sí, me digo, por supuesto. Un ejemplo de transparencia buena sería la de los árbitros que cuanto menos se nota su presencia en el terreno de juego, mucho mejor para todos. Por el contrario, una transparencia mala sería la del padre ausente en la infancia de sus hijos. La transparencia, pues, es una cualidad dual, como muchas otras cosas de la vida.
Recuerdo una inolvidable novela que luego fue llevada a la pequeña pantalla de mano de la prestigiosa cadena Granada, “La Joya de la Corona” de Paul Scott, emitida en 1985 en nuestro país en formato de serie. Quizá algun@s la recuerden o hayan leído el libro que, a pesar de su volumen y después de lo de la trilogía de Milennium, tiene la misma levedad que un aperitivo.
El personaje central de la novela -no tanto en la serie- es Ronald Merrick, un atormentado oficial destinado en la India en los estertores finales de la dominación británica que ve como su mundo se desmorona al mismo tiempo que su carrera. En una de las muchas escenas corales de la serie, Merrick suelta una frase memorable a la mujer a la que ama en un secreto a voces: “parece que soy transparente para usted” y acto seguido, la dama le deja plantado y se marcha en busca de un canapé que llevarse a la boca y de una conversación más agradable y menos comprometida. La reacción del oficial no se hace esperar, se va al cuartel y la emprende a trompazos con unos cuantos hindúes sediciosos hasta calmarse y recuperar el aplomo y la flema británica.
Estos días observo una creciente preocupación por eso de la (mala e indolente) transparencia. He recibido un powerpoint en el que se ve a una niña china recién nacida y muerta tirada en medio de la calle ante la completa indiferencia de todo el mundo que pasa a su lado; Ginebra, en su blog, relata la historia de una inmigrante embarazada que se siente indispuesta sin que nadie le pregunte qué le pasa o que acuda en su auxilio; Cubelli en el suyo, nos relata otra historia de transparencias… y no sigo, aunque hay un montón de ejemplos similares en la red y en la vida.

Qué estaremos haciendo mal, me pregunto. En estos tiempos de crisis, los proveedores son transparentes para los clientes, los maestros para sus alumnos, los pobres para los más afortunados. Hay magníficos blogs que no reciben visitas, fantásticas oportunidades que pasan desapercibidas, muy buenas causas o proyectos que se consumen por falta de seguidores o un mínimo entusiasmo. La transparencia, como manifestación de la indolencia más pavorosa, nos está invadiendo poco a poco como una enfermedad grave que mata sin avisar y que, por desgracia, no puede curarse sólo con la ingesta sistemática de Actimel y bifidus activus.
Lo que subyace a flor de piel, tampoco es necesario llegar al fondo de la dermis para dar con ello, es el individualismo que aparece en toda su amplitud en dos momentos opuestos de la vida: cuando las cosas van muy bien o cuando van muy mal. Dado que estamos en horas bajas no es de extrañar que mucho de lo que vemos a nuestro alrededor no nos guste y hagamos como si no existiera convirtiéndolo en transparente a nuestros ojos aunque lo tengamos delante de nuestras narices.

De lo que no parece que nos demos tanta cuenta es que cada vez que hacemos eso, alguien nos señala con el dedo y como Merrick, algún día la emprenderá contra nosotros. Es sólo cuestión de tiempo.

2 de octubre de 2009

El liderazgo inspiracional

Cuando vamos pelando las capas de cebolla que adornan, explican o complican el entendimiento del concepto de liderazgo queda a la vista lo más simple, la esencia. Y la esencia del liderazgo es la visión, nada más ni nada menos que eso.
La visión muchas veces no tiene explicación lógica, pero cuando trasciende, cuando es asumida por otros además de quien la creó, se convierte en el liderazgo más puro y potente que pueda concebirse.
Pero ¿de dónde nacen las visiones? ¿qué es lo que hace que algo sumamente abstracto e intangible pueda instalarse en las mentes y los corazones de tantos? Es la inspiración, sólo es eso.
Se dice que el lenguaje es la limitación de nuestra inteligencia, en el sentido de que lo que no somos capaces de concretar o contener en él no puede ser explicado. La inspiración pues, podemos definirla como la condensación de imágenes que somos capaces de formular mediante palabras. Puede que otros tuvieran a su alcance esas mismas imágenes pero tal vez no fueron capaces de ponerle palabras, tuvieron visiones pero no acertaron a dar con LA VISIÓN. Somos líderes en la medida que somos capaces de inspirar confianza, de ser creíbles.
Una de las palabras más empleadas por Obama tanto en su campaña electoral como en su discurso de toma de posesión como presidente fue “inspiración”. Con esa idea fue aclamado como líder, dio alas a muchos que nunca las habían tenido ni siquiera soñado poder tenerla algún día. Martin Luther King también tuvo una inspiración y la tradujo en un discurso. “I have a dream” dijo, y millones de afroamericanos creyeron en ese sueño, en esa promesa apenas concretada.

Sin King no existiría Obama, pero antes y después de ellos ha habido y seguirá habiendo inspiraciones más grandes o más pequeñas que movilizarán conciencias, alinearán voluntades, construirán sueños. Y esa es nuestra misión, por humildes o pobres que nos sintamos.
La foto que ilustra esta entrada no es un error sino una metáfora que trata de explicar lo que nos moviliza. En un solo momento de la vida somos bebés sanos y con energía, pero toda la vida hemos de seguir alimentándonos con nuestros sueños, con nuestras visiones y entonces es como si volviéramos a nacer. No importa que creamos ser poca cosa, porque un solo grano de arena contiene el universo. Somos líderes de nuestro propio destino y a veces, muy pocas, del de otros.

22 de junio de 2009

Los que predicen el pasado

Quisiera dedicar unos minutos a hablar sobre una especie que no corre ningún riesgo de extinción, así que no me mueve a ello ningún afán proteccionista ni nada que se le parezca. A mi modo de ver hay tres tipos de personas:
  • Los que parece que tienen la bola de cristal para predecir el futuro y suelen fallar más que acertar.
  • Los que saben que no tienen la bola de cristal pero que son capaces de intuir lo que sucederá evaluando cuáles son las tendencias previsibles y en función de esa predicción acertar, acercarse lo suficiente o errar… y
  • Los que no se fían más que de lo que pueden demostrar con datos. A esos ni falta que les hace tener la bola de cristal y son la inestimable especie a la que me quiero referir.

Basan sus afirmaciones en el análisis de los hechos (pasados) y en este sentido tiene poco mérito que no se equivoquen, pero en determinadas ocasiones tratan de realizar proyecciones a futuro precisamente basadas en lecturas de datos pasados que tratan de colar como infalibles obviando que en toda predicción hay que considerar tanto las variables ponderables (por ejemplo el contexto en el que se produce el hecho) como las imponderables (y aquí me quedo en blanco, porque precisamente por eso son imponderables).

A eso se le conoce como sofisma: razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso. Es como si yo dijo: blanco y en botella, leche. Puede ser leche u horchata, pero para el sofista es irrefutable que se trata de leche, faltaría más.

Esta especie, como digo, no está en absoluto en vías de extinción y tiene sus seguidores que normalmente son personas de buena fe. Si el sofista es además creador de opinión, gurú o cualquier otra forma de influenciador de audiencias, la que nos puede montar es parda. En estos días que no son precisamente de vino y rosas, sería de agradecer que se dedicaran exclusivamente a lo que son tan buenos: predecir el pasado y que se tienten la camisa antes de ponerse a predecir el futuro que, como su nombre indica y cae por su propio peso además de por la gravedad, está por completo lleno de ponderables e imponderables.

¿Y por qué digo esto? Porque en estos días la prensa está llena de profetas de todo pelaje pero sobre todo de agoreros que sólo hacen que contribuir más si cabe a la sensación de pesimismo cada vez más generalizado. Algunos vaticinan que llegaremos a siete millones de parados, otros que este país se arrastrará sin rumbo económico durante los próximos diez años, los hay que predicen que la asfixia financiera que padecen las pequeñas empresas no ha hecho más que empezar y que el año que viene se cerrarán no sé cuántas de ellas.

Necesitamos tener esperanza y creer en nosotros. Pasará lo que tenga que pasar, pero por favor, dejen ya ustedes de predecir desgracias que nos afectarían a todos menos a ustedes.

9 de junio de 2009

Aprender a quererse


Uno sabe que empieza a estar perdido cuando deja de quererse, así como suena. Cuando alguien pierde la autoestima se convierte en una canica de cristal que empieza a deslizarse por una pendiente, al principio suavemente casi de forma imperceptible hasta que coge velocidad y ya no hay quien la detenga y menos que nadie, uno mismo.
Si cualquiera se da una vuelta por su entorno enseguida se da cuenta de que hay dos clases de personas, aquellas que están encantadas de haberse conocido y las del polo contrario, las que arrastran su frustración como si permanecieran sujetas a una bola de condenado que les impide tomar aire. En realidad hay un tercer grupo pero que no destaca ni llama la atención, por eso parece que sólo vemos los dos ya mencionados. Ese tercer grupo está formado por los que, conociéndose a fondo, estos sí, se quieren a sí mismos.
Cuanto más pronto nos percatemos de que sólo contamos con nosotros mismos todos seremos más felices y eso pasa necesariamente por trabajar un poco nuestra autoestima o, como defiendo, aprender a querernos. Quererse es una forma de aceptarse de verdad, de reconocer lo que somos y de ponernos en disposición de tirar hacia delante con las capacidades que tenemos y que suelen ser más de las que nos atribuimos. Cuesta mucho darse cuenta de eso, pero es fundamental aprender qué talentos habitan dentro de cada uno de nosotros.
Mi admirada Leila Navarro dice que mandó instalar en su cuarto de baño un espejo de cuerpo entero en el que pintó ¡hola bella!, de forma que cada mañana al levantarse y mirarse en él lo primero que ve es un mensaje que le recuerda que, a pesar de no estar espléndida a esas horas de la mañana, todo cuanto haga por embellecerse no es lo realmente importante sino que lo espléndido que tenemos vive en nuestro interior a todas las horas del día.
Este chiste de Maitena con el que ilustro esta entrada sería una imagen de lo contrario y por desgracia es muy frecuente. Cuando nos comparamos con otros casi siempre salimos perdiendo pero eso es porque desearíamos ser otros y tener lo que no nos pertenece: el dinero o el trabajo de otro, la belleza de otro, la genialidad de otro y así sucesivamente. Lo más gracioso del tema es que, por mucho que tengamos, siempre encontramos a alguien que tiene o es más que nosotros con lo cual se produce lo de la autoprofecía cumplida que es el mayor de los engaños que podemos hacernos y sí, claro, nos parece que somos hormigas.
Yo propongo un ejercicio que consiste en bucear dentro de sí e identificar dos (sí, tan sólo dos) buenas capacidades y compararlas con esas mismas capacidades en personas que admiramos o que tomamos como modelos. Ya me entendéis, me refiero a esos a los que envidiamos por algo. ¿Cómo resulta ahora la comparación? ¿Quién sale perdiendo? Este sencillo ejercicio de autoestima que no consiste en retarse a uno mismo sino en rebuscar en su interior tiene otros beneficios colaterales, por ejemplo, que se descubre que aparecen unas cuantas cualidades más de las que suponíamos o que algo a lo que no le dábamos demasiado valor resulta que lo tiene.
En esta época que nos ha tocado vivir y que alguien denominó acertadamente “la generación del envase” cuesta mucho quererse porque se valora únicamente lo que se aparenta ser, pero por favor no caigamos en la trampa. Querámonos un poco más y premiémonos por ello.