
Acabo de leer un post en un blog amigo que ha logrado despertar en mí un cúmulo de sensaciones, lo que no es una novedad pero conviene señalar en este caso. Lo que queda de la lectura es la intrahistoria, que como bien me enseñó una amiga hace ya un montón de años, es lo verdaderamente esencial de todo lo que se cuenta.
La intrahistoria precisa de un conocimiento suplementario ya sea de lo que se cuenta o de quién lo cuenta y mejor si se dan ambas circunstancias. En este caso, se daban. La historia en sí ya era suficientemente jugosa porque hablaba de cómo un día torcido puede enmendarse de forma inesperada con un suceso no previsible en el contexto en que uno se encuentra inmerso. Era como si en un día para olvidar uno acabara encontrando un buen motivo para creer en la vida.
Lo que esta tarde me lleva a hablar de sucesos inopinados tiene que ver con haber vivido mucho, con haber viajado mucho y con haberse sentido muchas veces colocado en un lugar al que uno no pertenece, cosa que les sucede a los viajeros pero no a los turistas. Los viajeros son gente que pasa por los sitios pero sobre todo son gente que logra no sin esfuerzo y práctica que los sitios pasen por ellos. Cuando eso sucede, se puede hablar de intrahistorias que sobrepasan la categoría de anécdotas derivando a menudo en metáforas.
Las metáforas son regalos que se nos brindan y que nos permiten entender lo que hay detrás de conceptos abstractos o difusos. Una metáfora perfecta de viajero es viajante, que se distingue del primero porque el motivo de sus desplazamientos es buscarse la vida y de esa forma superar el concepto de dandy vividor que se esconde tras la romántica y falsa idea del chollo que supone viajar que no es otra que hospedarse en hoteles sin personalidad, aprender cuanto antes que conviene ocupar el lado de la cama contrario al que se encuentra el teléfono por estar menos usado, acostumbrase a cenar las más de las veces en completa soledad escogiendo entre platos que no aportan ningún placer y llamando a casa como paso previo a encender la tele mientras se repasa la agenda de la mañana siguiente.
Hoy apenas quedan viajantes aunque conozco a algunos de esos pocos. Les veo haciendo cosas heroicas como ayudando a sus hijos con los deberes escolares a cientos de kilómetros de distancia, preocuparse por los resultados de una cita médica de algún familiar, dando ánimos a sus próximos por cosas aparentemente sin importancia pero que saben que agradecerán y sobre todas las cosas, sintiéndose muy solos que es otro rasgo fundamental del viajante, la soledad, aunque cuando se les pregunta ellos lo nieguen.
La historia de mi amigo era la de un viajante que después de un día de perros decide perderse por la ciudad que, sin ser suya, ha logrado que forme parte de su vida. Bien porque hizo allí el servicio militar, bien porque se le metió entre los poros de la piel, bien porque conoce además del paisaje el paisanaje… o porque sabe distinguir lo que pasa con el tiempo de lo que el tiempo ancla del paso de los años. Y en una sala de cine conocida desde siempre a la que no pensaba entrar un minuto antes pero donde se mete porque llueve, sucede algo, lo que menos podía imaginar, y ese suceso cambia su vida o su visión de la vida o las dos cosas, porque todavía es temprano para saberlo con certeza.
Larga vida a los viajantes que no son viajeros y mucho menos turistas.













