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23 de mayo de 2011

El método Stepanovic



Todavía con la resaca a cuestas por los resultados electorales o incluso algunos en pleno estado de shock, el país ha despertado profundamente cambiado. Sube el PP, baja el PSOE y los votos en blanco y nulos se convierte en la cuarta fuerza política de este país.

Este inicio de artículo podría ser el de una crónica de análisis de resultados de las elecciones, lo cual no es propio de esta bitácora sino que pretende explicar lo que denomino el síndrome Stepanovic, esto es la reacción equivalente a echarse al monte cuando las cosas se ponen feas.

Stepanovic, ex jugador de fútbol y entrenador serbio tenía una curiosa filosofía: ganara o perdiera sus partidos obligaba a cantar en el vestuario y a todo pulmón a toda la plantilla como un medio para dar rienda suelta a la excitación por el triunfo o exorcizar la pena por la derrota. Pasara lo que pasara, a cantar tocaba.

En estos momentos aciagos producto de la lacerante crisis parece que a todos nos ha dado por practicar la táctica de Stepanovic que, en este caso, ha consistido en embadurnarse con las pinturas de guerra y a continuación salir en estampida berreando como posesos en cualquiera de las cuatro direcciones posibles: votar a favor de, en contra de, por un outsider o protestar contra el sistema.

El panorama después de la batalla demuestra que el síndrome Stepanovic tiene un efecto liberador en sí mismo, aunque ahora haya que pagar la factura por el estropicio. Cuando se produce un vuelco de esta naturaleza deja descolocado a todo el mundo. A los que ganan porque ahora tienen que asumir las demandas de quienes les votaron, cosa nada fácil en esta coyuntura; a los que pierden porque no se resignan a haberse quedado colgados de la brocha a pesar de que sabían que iban a perder; a los que protestan contra el sistema porque han tenido mucho más éxito del que esperaban y ahora hay que pasar a la elaboración de propuestas concretas; a los outsiders que han cosechado muchos más votos que los que esperaban a hacer un curso acelerado de praxis política.

Lo mismo sucedía con los jugadores que entrenaba Stepanovic, que una vez liberados de la tensión se preguntaban a continuación ¿y ahora qué? Pues nada, ahora a más de lo mismo. Las tácticas serán mejores o peores pero pase lo que pase al final del próximo partido, todos a cantar como posesos.

Hay quien ha ganado con listas repletas de acusados de corrupción, quien ha perdido esperando ganar o no perder por tanto, quien ha recibido una cosecha de votos como si le hubiera tocado el bote de la máquina tragaperras. Todos ellos deberían darle las gracias a la parte emocional de los votantes y no a sus programas o campañas electorales.

Stepanovic ya estará haciendo lo que mejor sabe: preparar a sus huestes para un nuevo partido en el que ganen o pierdan les hará cantar a pleno pulmón. Ya se sabe, la parte técnica es sólo técnica, pero la humana es la que se gestiona a base de cánticos sin importar demasiado si se desafina. Y así hasta la próxima resaca.

10 de septiembre de 2010

Eternos insatisfechos


Sistemáticamente aparecen relatos relacionados con la insatisfacción. El último, leído en un blog, nos habla sobre el síndrome de un ejecutivo que, no importa lo que consiga, da igual la complejidad o dificulta de sus logros, se declara un insatisfecho crónico.

Lo mismo ocurre con los equipos de futbol que lo han ganado todo. Quieren seguir ganando títulos año tras año. ¿La motivación? Sed de victoria, nos dicen, seguir ganando copas hasta que rebosen las vitrinas. No importa si tenemos muchas copas, ya ampliaremos la vitrina, no hay problema.

Uno de los jefes que tuve reaccionaba de forma parecida cuando alcanzábamos un hito. Eso es agua pasada, decía, hemos de pasar página y hoy tenemos una hoja en blanco sobre la que escribir. Los alpinistas que coleccionan ochomiles, en cuanto culminan una cima ya están pensando en la siguiente. Cuando a alguien le suben el sueldo puede que hasta se sienta momentáneamente satisfecho, pero podemos apostar nuestro último centavo a que, al poco tiempo, empezará a considerar que merece mejor salario. Y así, podríamos llenar páginas y páginas de casos parecidos.

¿Qué es lo que está detrás de eso? La supervivencia, aquello a lo que nuestro pequeño y antiguo cerebro reptiliano se aplica constantemente. La supervivencia se asegura a base de acopio y en contexto de escasez, da igual que esta sea subjetiva. Nunca es suficiente, siempre peleamos por conseguir más.

Esta característica humana hace que nos estemos moviendo en el continuum más, mejor, distinto. Continuamente. No importa lo que tenga, siempre quiero más. Cuando tengo mucho de ese más, quiero algo mejor y cuando tengo mucho de eso mejor, busco algo distinto. Esa es la premisa de toda cuenta de resultados y a lo que aspiramos todos. Si no fuera así, la economía se pararía, la ciencia y la tecnología no avanzarían, etc. Nadie llama egoístas a las simpáticas ardillitas por tratar de acaparar el máximo número de nueces. Y no es que lo hagan sólo para no pasar hambre, es que está en su naturaleza. Como nosotros.

El lado oscuro de esto es el precio que tenemos que pagar. La continua insatisfacción esquilma el planeta dicen los ecologistas, al tiempo que los pacifistas nos recuerdan que en el mundo tenemos un arsenal nuclear que podría destruir la Tierra quinientas veces, pero eso no parece que sea un obstáculo para seguir construyendo más, mejores y distintas armas de destrucción masiva. Por una cuestión de supervivencia, nada más. Si mi enemigo las tiene, yo también quiero tenerlas y además que sean mejores e incluso que maten de forma distinta.

No le echemos la culpa al empedrado. Todo eso es a causa de nuestro cerebro reptiliano. Cuando decimos que alguien es egoísta en realidad lo que queremos decir es que no puede disimular su afán de supervivencia o que es mayor que el nuestro. Lo mismo sucede con los que comen con afán, los que coleccionan mecheros de naranjito o los que tienen un fondo de armario que impide que se puedan cerrar las puertas. Más, mejor, distinto, no hemos dejado de ser reptiles.

El análisis del contexto nos dice que el valor de lo relativo no deja de ser una extravagancia. La semana pasada oí a alguien que decía que podía permitirse el lujo de dedicar tres años al aprendizaje porque sus necesidades materiales estaban cubiertas. Y no era rico. Todos nos quedamos mirándole con extrañeza. Pero ese ¿de dónde ha salido? ¿Ha dejado la medicación? ¿Es que se le ha atrofiado la hipófisis? Nada de eso. Simplemente había variado su rango de prioridades. El también quería más, mejor y distinto, pero su “escasez” era de conocimiento, no de dinero.

Una amiga nuestra nos tiene admirados porque cuando viajamos con ella, supongamos que por espacio de una semana, lleva por todo equipaje una bolsa menor que muchos bolsos de señora que conozco. Pasa con poquísimas cosas y además, no saca fotos. ¿Otra rara avis? Nada de eso. Ella está satisfecha con su equipaje liviano, pero aplaca su insatisfacción a base de coleccionar en su retina todos los rincones hipotéticamente visitables de los lugares a los que va. Una vez hicimos un viaje a Nueva York, ciudad que ya conocíamos y ella no. Y no paró ni un segundo de urgirnos para completar los innumerables puntos que había marcado en su mapa. Una pesadilla.

Lamento dar esta noticia, pero la satisfacción es una quimera. El problema no es ese (o si lo es, nos incumbe a todos y entonces deja de serlo para ser una condición humana) sino que dejemos de disfrutar del efímero placer que nos produce la satisfacción, siquiera momentánea, de nuestras múltiples y variadas necesidades. Por ejemplo, que cuando vemos un plato primorosamente condimentado no sólo veamos comida y proteínas. ¿Exagerado? Ya te digo.

9 de julio de 2010

Los sentidos de la vida



Para celebrar que por fin ya me han quitado la escayola del brazo y que eso significa que vuelvo a ser más o menos el que era, quisiera aprovechar esta circunstancia para comentar acerca de los sentidos de la vida (título) o de cómo nos afecta llevar un brazo escayolado (subtítulo).

En este mes que ha durado la broma tuve que aprender a manejarme con una sola mano (la izquierda) que además es la que no uso (usaba) para casi nada. ¿Cómo es la vida cuando estamos obligados a hacer las cosas más habituales de una forma nueva? La respuesta es: una oportunidad para el descubrimiento.

Para empezar, no sé si sabéis lo que es tener lavarse la cabeza con una sola mano. Las dos primeras semanas necesité ayuda pero a partir de ahí decidí usar mis nuevas habilidades y al final, casi descubrí una forma más eficiente de realizar esa tarea con una sola mano. Claro que eso no era nada comparado con la imposibilidad de abrocharme el botón y la trabilla del pantalón, atarme los cordones de los zapatos, lavarme los dientes e incluso hacerme el nudo de la corbata. No es sólo que me faltara una mano sino que además la inútil se convertía en un estorbo que pesaba más de un kilo y que había que izar unos cuantos cientos de veces al día, más en el caso de que tuviera que escribir en el ordenador, tarea de la que no me aparté ni un solo día. Al final del día estaba agotado y así, desde que salía de la oficina hasta que llegaba a casa, usaba un cabestrillo que es uno de los grandes inventos de la humanidad para descansar mi brazo dolorido.

Todos esos inconvenientes se convirtieron en un proceso de aprendizaje desde cero para adquirir unas ciertas y nuevas destrezas. Y como mal que bien las adquirí, puede decirse que encontré un nuevo sentido a mi vida. Ha sido un proceso doloroso, caluroso y sumamente incómodo, pero hoy que ya dispongo de mis dos brazos y manos me siento ligero como una volva de nieve. Claro que todo eso ¿para qué si he vuelto a usar mi mano derecha? ¿Dónde quedarán y para qué servirán mis aprendizajes y destrezas con la mano izquierda? Pues en mis capacidades y en la constatación de que puedo hacer cosas con ambas manos que antes no sabía que podía porque no había tenido la necesidad.

Los dos últimos días de mi inmovilización releí “El hombre en busca de sentido” de Victor Frankl que tal vez muchos de vosotros conozcáis y si no es así, os recomiendo que le hagáis un hueco en vuestra lista de próximas lecturas. Frankl es el padre de la tercera escuela de la psiquiatría llamada logoterapia, que es fruto de sus reflexiones y vivencias de sus años de internamiento en campos de concentración nazis. La conclusión esencial que extrajo de esa experiencia extrema fue que “los más aptos para la supervivencia eran aquellos que sabían que les esperaba una tarea por realizar”.

En mi mes de limitaciones, para nada comparables con las suyas ni con muchas otras, había llegado a la conclusión de que ese tiempo perdido para algunas cosas lo recuperaría con creces en cuanto me sintiera liberado del peso de la escayola. Esa sola idea sobre la que construí proyectos hacía que cada día que pasaba fuera más llevadero porque era un día menos para ponerme manos a la obra. Y sin embargo, lo que ha sucedido es que una vez recuperado he sentido un bajón, como a él mismo y a muchos de sus compañeros les pasó. Simplemente, no contar con limitaciones creaba desconcierto. Este es el motivo por el que, a nivel visible para vosotros, he roto mi cadencia de publicación de artículos.

Como consecuencia de la lectura de ese librito corto pero muy intenso, he tenido oportunidad de meditar un poco sobre el sentido de la vida, o mejor, los sentidos de la vida. Y una de las consecuencias es que ya veis que he vuelto a estar “visible y en marcha”. No obstante, os dejo algunas frases del libro de Frankl que seguro que os serán de inspiración, como lo han sido para mí.

“De acuerdo con la logoterapia, la primera fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle un sentido a su propia vida”

“Pero yo no considero que nosotros inventemos el sentido de nuestra existencia, sino que lo descubrimos”

“Ahora bien, los principios morales no mueven al hombre, no le empujan, más bien tiran de él”.

“Nunca el hombre se ve impulsado a una conducta moral; en cada caso concreto decide actuar moralmente”

“No debemos, pues, dudar en desafiar al hombre a que cumpla su sentido potencial”

“Lo que el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena”

“Vive como si ya estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto de obrar”

“La logoterapia intenta hacer al paciente plenamente consciente de sus propias responsabilidades; razón por la cual ha de dejarle la opción de decidir por qué, ante qué o ante quién se considera responsable”

Buen fin de semana.

18 de junio de 2010

Capitán Scott


En el imaginario de los esforzados exploradores de principios del siglo pasado, la expedición del capitán Scott al Polo Sur guarda un lugar preferente tal vez porque cumple la triple condición de épica, fracaso y tragedia. Por ese motivo, diversos autores han revisitado esa epopeya oscilando desde la admiración al revisionismo. El liderazgo de Scott y no sólo en términos de éxito final que no se produjo, ha sido cuestionado más que alabado aunque como siempre sucede, es más fácil juzgar que ser juzgado.

La lucha por ser el primero, que en eso consistía el verdadero reto de Scott, no en llegar al Polo Sur usando unos medios que hoy nos parecerían rudimentarios, fracasó por varios motivos. El determinante fue que el noruego Amundsen se le adelantó un mes y los accesorios que escogió una ruta sumamente arriesgada, que ese “verano polar” fue sumamente frío y que se equivocó en la elección de los animales de tiro y el uso de trineos mecánicos, toda una innovación completamente inútil con la tecnología disponible en ese momento. El resultado fue que Scott junto a sus cuatro últimos compañeros perecieron de hambre, fatiga y frío a pocos metros de la salvación mientras que otros siete sobrevivieron porque el mismo Scott les ordenó que regresaran a medio camino cuando empezaba a escasear las provisiones.

Esta historia, estoy seguro, puede resultar indiferente para muchos. Si no tenemos afán explorador o no somos sobrinos nietos de Scott o de cualquiera de sus acompañantes, debería dejarnos fríos porque los eventos, en sí mismos, son neutros, y en cualquier caso, les pasó a ellos. Si no es así, si a pesar de no ser nada de lo anterior somos capaces de entender y en parte hasta vivir el sufrimiento de esos hombres que, al mismo tiempo, fueron tercos, abnegados, negligentes y unas cuantas cosas más, es porque asociamos esos eventos a un conjunto de emociones, y aunque no hayamos estado nunca en la Antártida, somos perfectamente capaces de imaginar el frío que sintieron y el resto de calamidades por las que tuvieron que pasar. Eso es así porque insisto, los eventos en sí mismos son neutros y sólo cuando los unimos a una o varias emociones quedan fijados en nuestra memoria.

Este mecanismo es el que funciona para fijar conceptos en el aprendizaje. No aprendemos (ni mucho menos aprehendemos) todo lo que se nos enseña, sino sólo aquello que despierta en nosotros emociones y más aún empatía. La historia se aprendía mejor si uno era capaz de ponerse en la piel de los protagonistas, las matemáticas eran pan comido si conectábamos con la lógica del razonamiento, el latín era comprensible si nos imaginábamos vestidos con la toga de los senadores romanos y la literatura era como un parque de atracciones si nos decidíamos a tomar asiento en las vagonetas junto a los autores deslizándonos por las pendientes de los relatos que escribieron para nosotros. En caso contrario, si no nos identificábamos para nada, si nos mostrábamos apáticos, el fracaso estaba cantado. Las asignaturas pasaban por nosotros pero nosotros no pasábamos por ellas. Igual sucede con los eventos sin emoción.

Sin embargo, pienso que la expedición de Scott nos deja otras enseñanzas. Podemos imaginar ese viaje en el que ahora nos vemos embarcados en un cascarón tambaleante y no precisamente para saciar nuestra sed de aventuras. Esta larga crisis por la que atravesamos, por ejemplo. Tal vez nunca hubiéramos querido que pasara pero pasó y el objetivo que nos tenemos que fijar ¿cuál es? ¿Ser los primeros en salir o simplemente salir vivos? ¿De quién es la responsabilidad de regresar sanos y salvos, únicamente de nuestros gobernantes o sobre todo de nosotros mismos? ¿Haremos como Scott que no llevó perros para no tener que matarlos para que los otros perros pudieran comer o estaremos dispuestos a aceptar pequeños, medianos y hasta grandes sacrificios? ¿Cuántos de nosotros regresaremos o moriremos en la orilla? Y sobre todo, ¿cómo seremos cuando esta pesadilla acabe de una vez?

Scott tenía una obsesión, que no era otra que la de llegar el primero. La meta para él no era sólo conseguir algo muy difícil sino hacerlo con prontitud para marcar su preeminencia. Su testosterona y un erróneo sentido del deber y el orgullo patrio fueron sus peores enemigos. Eso y que debido a que la expedición la había financiado en parte una sociedad naturalista se empeñó en recoger muestras del subsuelo hasta prácticamente el fin de sus días que, a la postre y además de su diario, fue lo único que se salvó. Catorce kilos de piedras que arrastraron añadidas al esfuerzo sobrehumano que supuso tener que empujar a mano sus trineos, equiparable a tener que empujar una bañera llena de agua por el desierto. ¿Haremos nosotros lo mismo?

Es fácil imaginar qué debieron haber hecho mejor esos exploradores una vez sabemos el resultado de su epopeya. A distancia y como espectadores, por supuesto. Ninguno de nosotros estuvo directamente implicado pero eso no es óbice para que podamos ser ahora unos magníficos planificadores de expediciones, si puede ser de otros, porque siempre es menos arriesgado dar consejos que aplicárnoslos.


No nos falta la información, disponemos de una tecnología muchísimo más desarrollada que podemos aplicar tanto a los GPS como a las prendas Gore-tex con las que podemos equiparnos para protegernos del frío y la humedad y tampoco es que la vida nos escatime retos equiparables a los de horadar con nuestra banderita lugares ignotos, por más que ahora éstos sean casi siempre mentales.

La expedición de Scott puede ser algo que no nos interese, un evento con el que no nos sintamos identificados o por el contrario, puede ser una fuente de sabiduría de la que aprender. Depende, claro, de nuestra empatía porque recuerdo, los eventos sin emoción son neutros.

De lo que no estoy tan seguro es que no nos resistiéramos a cargar, además, con catorce kilos de piedras, que me da que es a lo que mejor nos aplicamos algunos. Justo lo que no hizo Amundsen quien, como buen noruego, seguro que se llevó a la Antártida una buena provisión de Neutrógena que va bien para casi todo, hasta para comer en caso de necesidad.

15 de junio de 2010

De lo mucho y lo poco



Algunos recordaréis un post que escribí hace tiempo titulado “el elogio de la rutina” en el que se describía lo que podemos llegar a añorarla cuando algo nos impide actuar con normalidad, como es mi caso ahora. Aunque uno sólo está en condiciones de escribir textos de la extensión de un haiku, voy a tratar de exponer algunas ideas sobre las que he reflexionado estos días.
En Derecho se usa un axioma que dice que quien puede lo más puede lo menos. Es una forma de expresar que el esfuerzo, una vez demostrado, es exigible cuando se requiere en dosis menores.
Mi primera reflexión es sobre cómo aplicamos la dosificación de esfuerzos dando por sentado que todos nos esforzamos en algo, quizá no siempre, quizá con menor intensidad de lo que sería necesario, pero nos esforzamos. El esfuerzo se aplica cuando somos requeridos a ello, cuando alguien o algo nos reta, incluyendo en ese “algo” nuestros propios retos. Luego el esfuerzo se activa a través de dos fuerzas contrarias, la motivación o la exigencia. Interesante.
La segunda reflexión es acerca de la generosidad. La generosidad sólo actúa de dentro a fuera, va dirigida a alguien (en este caso pienso que no aplica decir sobre algo inconcreto, excepto en el caso del altruismo y aún con reservas) nunca puede ser exigida sino brindada y debe ser una actitud escasa porque siempre se agradece en exceso ¡¡por inesperada!!
Si combinamos esfuerzo y generosidad ¿qué obtenemos? Dos cosas: la explosión de casi todas nuestras capacidades y sobre todo, una actitud heroica entendiendo como tal todo aquello que hacemos más allá de lo exigible.
Así, podemos ser héroes en la medida que ponemos en juego nuestras capacidades y de hecho lo somos muchas más veces de lo que pensamos, pero héroes anónimos, que son los que verdaderamente cuentan. La cuestión es si deberíamos serlo más a menudo y sobre todo, si entendemos que quien puede lo más, puede lo menos.
Lo dejo así de condensado, pero prometo volver sobre el asunto cuando regrese a mi estado “rutinario”.

25 de mayo de 2010

Una cabaña en el bosque

Este fin de semana y junto a otras cinco personas he estado ayudando a mi cuñado a construir una pequeña cabaña de troncos, así como suena. Quiere esto decir que ha sido necesario talar más de noventa pinos, desramarlos, acarrearlos, colocarlos y sujetarlos a una estructura de veinte metros cuadrados que dicho así, no parece mucho, pero ya es, sobre todo si tenemos en cuenta que las paredes exteriores alcanzaron los tres metros de altura y que todos los troncos fueron alzados a mano.
Teniendo en cuenta nuestra nula experiencia anterior, creo que el resultado final satisfizo a todos. No puede decirse que sea un trabajo impecable pero una vez terminada, uno a uno y por separado nos acercamos varias veces a ver el resultado. Estábamos orgullosos de la obra.
Queramos o no, llevamos mucho tiempo instalados en la creencia de que lo aparente sustituye a lo sustancial o, como alguien dijo una vez, vivimos en la generación en la que el envase prima sobre su contenido. Lo estético prima sobre lo ético, esto se ve a diario aunque no en este caso.
La experiencia de la construcción de esa rudimentaria cabaña me evocó los ejercicios de teambuilding que se realizan como práctica outdoor en los que los monitores se esfuerzan por extraer consecuencias de los beneficios del trabajo en equipo. En este caso no fue necesaria explicación alguna porque la satisfacción se produjo por el mero hecho de vivir el resultado del esfuerzo y la colaboración de ese “equipo informal” y a todas luces descompensado por el que estábamos tan orgullosos. Pero, al mismo tiempo, también fue el resultado de la combinación de acciones racionales y emocionales y en eso me detengo hoy.
Lo racional funciona en nuestro cerebro a través de la búsqueda selectiva y concreta de datos sabiendo que éstos sólo se encuentran localizados en interminables archivadores mentales donde los guardamos. Ahí residía el diseño de la planta, los métodos de anclaje de los troncos, los sistemas de aseguramiento de la estructura, el tipo de tornillos, pernos y demás utillaje necesario para acometer la obra y también y por qué no decirlo, la capacidad para resolver los problemas no previstos que fueron surgiendo. Todo ello fue absolutamente necesario pero no determinante.

Eso hubiera bastado para hacer una cabaña, seguramente más perfecta desde el punto de vista de resultado visible, pero en modo alguno hubiera sido nuestra cabaña. Para eso fue necesaria una implicación mucho más profunda de nuestro lado emocional, cada cual del suyo, que logró que a pesar del cansancio y la cantidad ingente de horas empleadas, la productividad fuera verdaderamente alta. Cuando terminamos, nadie vio una cabaña, sino su cabaña. De otro modo, dudo mucho que se hubiera terminado a tiempo. Pero hay otra cuestión poderosa a considerar en este asunto. ¿De qué lado venía el liderazgo? Del emocional, sin duda.
¿Hubiera sido posible aplicar únicamente el lado racional en el liderazgo ejercido? Claro que sí, pero entonces no hubiera surgido ni el liderazgo compartido en la asunción de responsabilidades sobre tareas concretas ni mucho menos la implicación personal en el proyecto considerando éste como un todo. Hubiéramos construido la cabaña del líder, pero en ningún caso nuestra cabaña lo que viene a demostrar que no es posible aplicar liderazgos integradores sin invocar aspectos básicamente emocionales. Los troncos pesaban menos si todos veíamos la utilidad del esfuerzo para lograr un objetivo compartido. La productividad era mayor si veíamos que las paredes crecían tal y como las imaginábamos.
El orgullo de pertenencia no aplicado a un equipo sino más bien a un resultado concreto (ojo al matiz) no sólo es posible sino que es altamente deseable. Por supuesto que los equipos sólo tienen sentido en tanto que obtienen resultados, pero otra cosa es que la satisfacción venga dada por la culminación de un trabajo. Eso sólo es posible si ahí está presente el lado emocional.
Esto se ve muy claramente en sesiones de formación en las que se propone a un equipo que construya algo concreto y previamente definido con unos recursos y tiempo limitados. En primer lugar se les da tiempo suficiente para planificar la actividad y luego se pasa a la acción. Cuando se observa la evolución del trabajo casi nunca se ve el resultado previsto sino otro con el que se sienten más vinculados. No sería así aplicaran elementos racionales porque en realidad, lo único que tendrían que hacer es ser consecuentes con las actividades planificadas racionalmente, pero en cuanto se implican emocionalmente la cosa cambia. Ya no se trata de “hacer algo” sobre lo que se habían puesto previamente de acuerdo, sino “hacer algo” aplicando todas sus capacidades emocionales. Pasa de ser “lo que se les ha ordenado hacer” a lo que “han sentido que debían hacer". Normalmente no se parece demasiado, pero no obstante, al final del ejercicio todos se quieren fotografiar frente a ello. Qué les hace sentir unidos ¿la satisfacción por haber seguido el plan o verse reflejados en el resultado final sea éste el que sea?
Todos los cabañeros de fin de semana hoy estamos trabajando en lo nuestro pero estoy seguro de que seguimos visualizando cada uno por su parte cómo quedó nuestra cabaña lo que evidencia que, a pesar de todo, los aspectos emocionales prevalecen siempre sobre los racionales en el sentido de que éstos ponen los medios pero no dan necesariamente la satisfacción.
Y eso fue precisamente lo que hizo que uno tras otro quisiéramos vivir en la intimidad la contemplación de la obra realizada. Queda pendiente de colocar el techo, pero parece que ayer eso no importaba porque todos lo imaginábamos, cada cual sea el suyo, por supuesto.

14 de mayo de 2010

El circo de las mariposas


Para ponernos en situación, hay que imaginar que estamos a punto de iniciar un merecido fin de semana. Esta, en concreto, ha sido de aúpa, así que no está de más que nos concedamos un merecido descanso sobre todo de alma.

Os propongo que veamos una peli que dura veinte minutos. Si no disponéis de ese tiempo os pido que no iniciéis la proyección y que lo dejéis para mejor ocasión. Si tenéis niños en casa invitadlos a que os acompañen, apagad las luces y si además podéis conectar vuestro equipo con una tele de gran formato o si tenéis un proyector, mucho mejor. El vídeo viene en formato de alta calidad, así que todo tiene su importancia.

No tengáis prejuicios porque la peli sea en versión original y esté subtitulada. Es una de esas pelis cuyo mensaje podría entenderse incluso si se tratara de cine mudo, tal es su fuerza.

Y cuando acabe la proyección y si os apetece, continuad leyendo.




Espero que os haya gustado.

Vivimos tiempos turbulentos en los que subimos y bajamos crestas como si fuéramos montados en una montaña rusa desbocada. Así son las cosas siempre que algo se mueve para dejar paso a una nueva realidad, a un segundo nacimiento, de la misma forma en que una oruga pasa a ser una mariposa.

Aceptamos que estamos ante un ciclo de crisis económica, pero nos cuesta más admitir que también estamos asistiendo al inicio de una nueva vida de la que hemos de ser los protagonistas.

“El circo de las mariposas” cuenta una historia que enternece pero cuya principal virtud es que habla de todos y cada uno de nosotros. ¿Quién eres tú? ¿Will que no tiene brazos ni piernas, uno de esos niños que le lanzan tomates, Méndez que es capaz de ver lo que otros no ven, el forzudo ex pendenciero, el niño que no sabe que todo capullo encierra una mariposa, el padre que da confianza a su hijo para que de mayor sea lo que quiera, el niño aquejado de polio o su madre?

Tenemos un poco de todos ellos ¿no?

Esta pequeña joya es un regalo que yo recibí y que comparto. Otros muchos lo hicieron antes y hoy es una referencia a la que se ha encontrado muchas aplicaciones. Al coaching, por ejemplo, porque explica cuál es su esencia: todos tenemos una potencialidad infinitamente mayor que la que nos concedemos, de la misma forma que una bellota contiene una encina. Todo está en nuestro interior pero necesitamos que alguien crea en nosotros, empezando por uno mismo.
Otros han usado esta película para ilustrar en qué consiste el liderazgo inspiracional. Yo diría que incluso el liderazgo a secas, porque se observa lo que distintos líderes pueden conseguir con la misma materia prima. No falta quien ha visto en ella la clave de la superación de sus adversidades y también tienen razón, pero lo más importante es lo que hayas visto tú.

Seguramente no te habrás quedado indiferente y si mañana o la semana que viene te apetece volver a verla te animo a que lo hagas. Es probable que, por el mismo precio, veas cosas nuevas.

Buen fin de semana.

9 de diciembre de 2009

Motivación, confianza y liderazgo

Reconozco que me seduce la idea de motivar a otros por lo que implica de lograr en ellos una puesta en acción imprevista en ese momento o bajo determinadas circunstancias. Activar la motivación es uno de los grandes logros emocionales de los que somos capaces y una muestra incuestionable de nuestro poder. Y digo “poder” sin rubor ni connotaciones negativas, porque todos lo tenemos y ejercemos en mayor o menor medida.
Somos poderosos únicamente cuando logramos movilizar siendo esa una de las dos expresiones genuinas de liderazgo (la otra es la de alinear voluntades). Creo que todos lo hemos experimentado alguna vez y sólo en esos casos puede decirse que hemos sido verdaderos líderes. Cuando una persona sigue nuestro consejo, cuando alguien nos hace caso, es porque hemos logrado ejercer una influencia sobre ella y nos convertimos en corresponsables de las consecuencias de forma que no sólo motivamos sino que también lideramos. Cuando no es así o nos separamos de esa responsabilidad, entonces no es que estemos motivando sino simplemente arengando, que es lo que hacen los generales cuando mandan a sus tropas al combate quedándose ellos en el puesto de mando.
El valor de la motivación a terceros es enorme, puesto que para que ésta se produzca debe haberse generado confianza. Un ejemplo perfecto lo he leído recientemente en un post de Agustí Brañas ¡No escribo tan bien como mi hermana! que recomiendo por ser uno de los ejemplos más claros, sinceros y directos de las consecuencias que un acto de motivación puede generar en terceros. En ese caso, además tuvo un efecto multiplicador porque fue, creo que podemos llamarlo así, el desencadenante del incremento de la autoconfianza de su hija en sus propias capacidades que suponía en desventaja. Agustí motivó porque generó confianza y por eso fue capaz de liderar, en ese orden.
Frente a la motivación –que precisa de un agente externo para activarse- está la auto motivación que a mi modo de ver es una cualidad netamente superior y lo es porque es uno mismo quien escoge aquello que “le pone” sin que nadie le muestre el camino o las ventajas. Esa capacidad tiene un efecto positivo no sólo en la mente sino también en el organismo, no sé si a causa de la generación de feromonas o porque supone un reto no impuesto, pero cuando uno se auto motiva, su nivel de energía crece.
¿Cómo podemos auto motivarnos? Los mecanismos de cada cual son distintos pero seguramente esto se produce cuando la sintonía entre las coordenadas de pensamiento positivo y la visualización de los futuros beneficios esperados se solapan. Cuando algo que veo, oigo o noto se transforma en otra cosa porque me induce a mirar (no sólo ver), escuchar (no sólo oír) o experimentar (no sólo notar) es que me ha motivado. No siempre se explica de un modo racional, puede que ni siquiera sea un acto plenamente consciente, pero la verdad es que si algo me “toca” me “mueve”, de eso no hay duda.
He analizado algunas motivaciones profundas y ajenas tratando de ver las consecuencias que ello les ha reportado. Casi siempre he observado que se ha manifestado hacia el exterior a través de la creación de un discurso con el que poder explicar a los demás el gozo generado por esa fuerza interior que moviliza a un sujeto. Cuanta más auto exigencia, más necesidad de hacer partícipes a los demás de los retos a los que uno se enfrenta, lo cual nos habla de que esencialmente somos seres sociales que necesitamos “anunciar” nuestras metas y cuanto más retadores sean éstas, mayor pasión se demuestra.

Admiro profundamente a aquellos que son capaces de vivir su auto motivación con pasión, incluso en el caso de no estar de acuerdo con ellos. He observado que, a menudo, la pasión no está tanto en el desencadenante de sus acciones como en su experimentación, actuando entonces como una fuerza dinámica, inspiradora y retroalimentadora por excelencia.
La auto motivación tiene otra cualidad y es que perdura más allá de la primera inercia, es más duradera que la motivación ajena y pone al servicio de los objetivos que se persiguen lo mejor de uno mismo. Pero es que además, genera la autoconfianza necesaria para superar retos. Cuanto mayores son éstos más necesario es rebuscar dentro de uno mismo y es ahí donde aparece en toda su intensidad la parte emocional que nos jalea, nos impulsa y nos hace superar retos por muy racionales que seamos.
Diríamos que la automotivación genera confianza en dosis suficientes y cuanto mayor sean una y otra, se crea mejores condiciones para liderarnos a nosotros mismos. Se ha hablado poco de esa habilidad a pesar de ser crucial. Los modelos de imitación o de emulación permiten el fomento de esa capacidad innata de auto dirigirnos y en esas condiciones es cuando damos lo mejor de nosotros mismos.
La motivación, la confianza y el liderazgo son los subtítulos de mi blog. Y hoy os he hablado de ellos porque una niña de ocho años me ha inspirado esta entrada. Gracias a ella y a su padre que nos contó la historia.

27 de octubre de 2009

Con ustedes Ken Blanchard

Rompiendo mi costumbre a la hora de escribir artículos, os presento un extracto de la entrevista que le hizo el periodista Lluís Amiguet a Ken Blanchard y que fue publicada el pasado día 21 de octubre en La Vanguardia. Quien quiera leerla al completo, sólo tiene que seguir este enlace que, por lo que ahora veo, no será accesible hasta dentro de un mes por la política que sigue este periódico, qué le vamos a hacer.
Pero permitidme que antes os lo presente. Ken Blanchard es el padre del liderazgo situacional, el que definió qué son y cómo se gestionan los equipos de alto rendimiento y, en parte, el responsable de que cambiara mi vida profesional y me dedicara a la consultoría, de eso ya hace unos cuantos años. Para mí, claro está, es un referente que comparto con los miles de personas que han leído sus libros o los cientos de miles, no sé si millones en todo el mundo, que habrán asistido a cursos y seminarios basados en sus enseñanzas sobre el liderazgo.
Blanchard es un joven de 70 años de edad recién cumplidos que dice que “la Biblia no dice nada de jubilarse ni habla de ningún patriarca con menos de 80” por lo que todavía sigue en activo y con muy buen tono vital como veréis a continuación.
En la entrevista, dice cosas como que “nuestra sociedad necesita menos exámenes y más educación. Convertir la política en profesión es pervertir la democracia. Sufrimos a Maddoff, y otros como él, y aún padecemos la avaricia de Wall Street y la banca, donde los poseedores de los mejores expedientes académicos están pagándose sueldos increíbles con nuestros impuestos... Pero, ¡por Dios santo!: ¿cuánto hay que pagarle a un banquero para que se sienta bien retribuido?” se pregunta.
El periodista le replica que eso lo hemos visto toda la vida, pero Blanchard ve una diferencia significativa.

Lo que sí es nuevo y preocupante es que todo nuestro sistema se fundamente en el fomento de la avaricia sin límites… Antes se acumulaba para invertir y crear empleo - por eso los demás contribuíamos- pero ahora se acumula sin ninguna relación con la economía productiva”.
No está mal, me digo, para alguien que se ha criado dentro del modelo capitalista por excelencia, el noteamericano. Pero, aún y así, añade algo que también me parece capital.
Nuestro sistema - desde preescolar hasta la jubilación-nos está educando para que confundamos nuestra autoestima con nuestros resultados. Y forma acumuladores compulsivos obsesionados con lograr resultados cuantificables: sueldo, cargo, méritos, carrera, bienes, coches, pisos... Esos números les dan la medida de su autoestima: creen que sólo son queridos en la medida en que consiguen esas cantidades de poder y dinero”.
Con eso también estoy de acuerdo. Y apostilla: “Todo el sistema educativo se ha transformado en una máquina de calificar, seleccionar, segregar, categorizar, dar notas... Educar se ha reducido a hacer la selección de personal desde la cuna hasta el despacho de jefe. Y por el camino quedan los perdedores…Es una perversión que nos condena a la obsesión de acumular y a la infelicidad. Así siempre necesitamos acumular más porque nos sentimos cada vez menos”.
Para que luego digan que este "joven" no es un revolucionario social de primera magnitud.

“Se inculca la necedad cuantificadora: ha habido varias generaciones de obsesos por los resultados desde el parvulario. ¿Hay algo más egoísta que un bebé? ¿Hay alguien más centrado en sí mismo que un preescolar? ¿Y sabe por qué? Porque no se nace generoso: la generosidad se aprende, y no la estamos enseñando. Al contrario, enseñamos que sólo te vamos a querer - desde papá hasta el jefe-en la medida de lo que consigas puntuar, obtener, mandar".
Este señor y yo tenemos puntos de vista similares al respecto. A mí también me parece que no nacemos en absoluto generosos y que la medida de la generosidad que acumulamos a lo largo de nuestra vida para luego regalar (porque qué otra utilidad puede tener salvo esa) es la medida de nuestra verdadera categoría como personas.
“Todos los niños quieren aprender hasta que les empiezas a poner notas: los que suspenden acaban odiando el cole: ¿por qué clasificar a las personas por sus resultados desde la cuna? Esa es la receta segura para la avaricia y luego la desdicha: de los que suspenden y de los que acaban en Wall Street”… Si amo a mi hijo, separaré claramente mi amor por él de sus resultados escolares. Mi amor es incondicional: amamos a las personas porque son únicas y son ellas y después está lo que tienen, saben o pueden hacer”.
Si no hay nota, ¿para qué esforzarse? –le pregunta mordazmente el periodista.

Se esforzará si sabe que es un ser humano al que se le ama porque es él y con esa confianza podrá ser generoso y devolver ese amor a los demás sin exprimirlos para obtener más resultados con que conquistar su admiración, que él confunde con ese cariño que se le escapa... Esa es la diferencia entre el líder que sirve y el líder que se sirve de los demás”.

Reitero mis disculpas por haber reproducido gran parte de una entrevista que me hubiera encantado haber hecho a mí por el solo placer de escuchar de este hombre puntos de vista como los señalados. Mi admiración por ese nuevo ejemplo de dar valor a las cosas esenciales de la vida que, al parecer, sólo pueden permitirse los sabios cuando llegan a esas edades. No ha sido un post de autor, pero quería compartirlo.

Amig@s, lo dicho. Un poco de Blanchard en nuestra vida no viene nada mal en estos momentos ¿verdad?

2 de octubre de 2009

El liderazgo inspiracional

Cuando vamos pelando las capas de cebolla que adornan, explican o complican el entendimiento del concepto de liderazgo queda a la vista lo más simple, la esencia. Y la esencia del liderazgo es la visión, nada más ni nada menos que eso.
La visión muchas veces no tiene explicación lógica, pero cuando trasciende, cuando es asumida por otros además de quien la creó, se convierte en el liderazgo más puro y potente que pueda concebirse.
Pero ¿de dónde nacen las visiones? ¿qué es lo que hace que algo sumamente abstracto e intangible pueda instalarse en las mentes y los corazones de tantos? Es la inspiración, sólo es eso.
Se dice que el lenguaje es la limitación de nuestra inteligencia, en el sentido de que lo que no somos capaces de concretar o contener en él no puede ser explicado. La inspiración pues, podemos definirla como la condensación de imágenes que somos capaces de formular mediante palabras. Puede que otros tuvieran a su alcance esas mismas imágenes pero tal vez no fueron capaces de ponerle palabras, tuvieron visiones pero no acertaron a dar con LA VISIÓN. Somos líderes en la medida que somos capaces de inspirar confianza, de ser creíbles.
Una de las palabras más empleadas por Obama tanto en su campaña electoral como en su discurso de toma de posesión como presidente fue “inspiración”. Con esa idea fue aclamado como líder, dio alas a muchos que nunca las habían tenido ni siquiera soñado poder tenerla algún día. Martin Luther King también tuvo una inspiración y la tradujo en un discurso. “I have a dream” dijo, y millones de afroamericanos creyeron en ese sueño, en esa promesa apenas concretada.

Sin King no existiría Obama, pero antes y después de ellos ha habido y seguirá habiendo inspiraciones más grandes o más pequeñas que movilizarán conciencias, alinearán voluntades, construirán sueños. Y esa es nuestra misión, por humildes o pobres que nos sintamos.
La foto que ilustra esta entrada no es un error sino una metáfora que trata de explicar lo que nos moviliza. En un solo momento de la vida somos bebés sanos y con energía, pero toda la vida hemos de seguir alimentándonos con nuestros sueños, con nuestras visiones y entonces es como si volviéramos a nacer. No importa que creamos ser poca cosa, porque un solo grano de arena contiene el universo. Somos líderes de nuestro propio destino y a veces, muy pocas, del de otros.

3 de julio de 2009

Cazadores de rayos

Sally y Joe tenían una curiosa afición, eran cazadores de rayos. Sobre todo en verano, cuando las tormentas eléctricas hacían su aparición, los dos ancianos salían de su rancho de Iowa y se adentraban por los campos en busca de la tormenta. En ocasiones, tenían que alejarse bastante hasta que daban con la zona adecuada, pero siempre andaban a su paso, sin sobresaltos porque la edad y los achaques no les permitían ir más ligeros. Antes, Sally había oteado el aire y avisado a Joe para que fuera preparando lo necesario: una pértiga y unos cuantos tarros grandes de cristal, todo ello acomodado en una ruidosa carretilla de rueda chirriante.
Para no ser vistos trabajaban de noche, cuando nadie les molestaba y no tenían que dar explicaciones a sus vecinos. De todas formas, tenían ya tan pocos y estaban todos ellos tan achacosos que poco hubiera importado hacerlo a plena luz del día, pero se habían acostumbrado a esa rutina y los dos eran de dormir poco.
Una noche de agosto, la cosecha de rayos se dio especialmente bien. Sally obtenía su botín con facilidad levantando su pértiga y orientándola hacia las descargas eléctricas; parecía que en eso tenía la misma maña que cuando de pequeña acompañaba a su padre a pescar al río y rara era la vez que no levantaba un barbo en cuanto lanzaba la caña. Su rendimiento era excepcional.
Sin embargo, esa noche no estaban solos. Agazapada tras unos matojos Mary se frotaba los ojos viendo la pericia de la anciana al capturarlos y la rapidez con la que Joe cerraba los frascos de cristal impidiendo que los rayos se escaparan, uno cada vez. Mary se asustó, quién no lo hubiera hecho en su caso, pero la curiosidad era más poderosa que los temores y poco a poco se fue acercando. Joe la vio por el rabillo del ojo pero no hizo la menor señal de preocuparse por la presencia de aquella extraña.
- ¿Quieres probar tú? –dijo Joe a Mary sin esperar que se presentara.
- Nunca había visto nada igual –repuso ella-. Tengo miedo de que me traspasen y me maten. En mi granja todos los años mueren novillos por culpa de esos malditos rayos.
Joe y Sally siguieron con sus quehaceres sin prestar más atención a aquella intrusa capturando y embotando rayos azules y blancos. Pero la curiosidad fue creciendo y creciendo en ella hasta que se decidió a aceptar aquel extraño ofrecimiento. Nunca supo por qué lo hizo pero antes de lo que se tarda en decirlo se vio tomando la pértiga y orientándola en dirección a los haces de luz que aparecían en el cielo y que, si no eran atrapados, se desvanecían sin remedio en el suelo.
Viendo que aquello se le daba bien se fue animando y era tal la cantidad de rayos que atrapaba que pronto se acabaron los botes donde guardarlos. Se sintió decepcionada.
- Vaya, ahora que me estaba divirtiendo se acaba el juego.
Los dos ancianos se miraron mientras cargaban el carro con las últimas capturas y se aprestaron a marcharse con paso tranquilo tal y como habían llegado. Mary los siguió a distancia, pues no sabía qué es lo que debía hacer a continuación. Cuando estaban cerca de su casa Sally se volvió hacia ella y le dijo:
- Mary, ¿qué es lo que has aprendido esta noche?
- No sabría decirlo exactamente –contestó-. Al principio me pareció divertido pero el juego duró poco. No conozco a nadie en el mundo que haga cosas como esas.
- Pues entonces voy a decirte algo. Nunca hagas lo que no sabes para qué sirve sólo porque te divierta. La razón por la que hacemos esta tarea es porque tenemos ese don. Atrapamos los rayos para que no mueran terneros, ni se destruyan árboles o casas. Nunca lo hicimos porque nos divirtiera, pero ahora que hemos visto que tienes el mismo don que nosotros no estraría de más que nos reemplazaras. Ya ves que somos viejos y tú joven, así que aquí te dejamos los aparejos.
Mary no dijo ni que sí ni que no, pero pasó el tiempo y el número de rayos que caían sobre las casas y el ganado creció una barbaridad. Nadie daba explicación a aquel hecho excepto Mary que desoyendo el encargo que le había hecho aquel par de ancianos jamás había vuelto a usar la pértiga desde aquella noche. Un día llegó la noticia: un rayo había destruido la granja de Sally y Joe matando a todos sus animales.
Removida la conciencia, a la noche siguiente volvió a adentrarse en los campos en busca de nuevos rayos, pero su sorpresa fue mayúscula cuando vio a lo lejos que la pareja de ancianos había vuelto a su tarea y yendo hacia ellos vio que la ignoraban por completo.
- Perdonad –les dijo-. No cumplí con mi obligación y por mi culpa habéis perdido todo lo que teníais en el mundo.
Pero los ancianos no le contestaron y siguieron a lo suyo. En Iowa, tierra de rayos y truenos, nadie se explica la longevidad de aquella pareja de viejos.


NOTA: Hoy es el cumpleaños de mi hija y este es un regalo para ella.

1 de julio de 2009

Menos texto y más contexto

Uno de los principios en los que se sustenta la inteligencia emocional es el análisis del contexto en el que producen los hechos sosteniendo que todo lo que percibimos está condicionado por él. Una reedición de aquello que ya conocíamos: “nada es verdad ni mentira, sino que depende del color del cristal con que se mira”.
Eso es tan cierto que podríamos definir el contexto como aquello que fija o modifica una postura, opinión o reacción. Veamos un ejemplo:

Crónica de los hechos (texto)
Ayer a las 9,30 de la mañana de ayer se produjo un luctuoso suceso. El joven J.B.L. de 18 años de edad y que huía de una tienda de comestibles tras perpetrar un robo a mano armada con una pistola que resultó ser de juguete fue arrollado por un automóvil causándole la muerte instantánea. El botín no llegaba a los cien euros.

Reacción: ¿…?

Contexto 1:
El atracador era un toxicómano con síndrome de abstinencia que precisaba el dinero para comprar droga.

Reacción: ¿…?

Contexto 2:
El atracador era un huérfano con dos hermanos pequeños a su cargo a los que tenía que alimentar.

Reacción: ¿…?

Contexto 3:
El atracador era el hijo pequeño de una acaudalada familia que siempre lo había tenido todo muy fácil y que, al parecer, necesitaba sentir nuevas emociones.

Reacción: ¿…?

En efecto, las distintas reacciones dependen del color del cristal… pero precisamente aprender a utilizar adecuadamente el “depende” es lo que nos hace más hábiles a la hora de entender los hechos porque introduce el elemento de las motivaciones.

Los hechos fácticos son enjuiciables, por supuesto, pero considerando el contexto en el que se producen las lecturas son distintas y a eso tenemos que ir acostumbrándonos. Los hechos y sus consecuencias son los narrados y no se pueden cambiar: un tendero fue robado, un automovilista que no tenía la culpa de nada pasó por allí en el momento más inoportuno y el joven murió, pero el grado de empatía con cada uno de los actores puede ser modificado por el contexto en el que los sucesos se produjeron ¿verdad?.
La interpretación más o menos correcta de lo que está sucediendo delante de nuestos ojos tiene múltiples aplicaciones prácticas. Imaginemos entornos de negociación, de ventas, de orientación al cliente, de gestión de situaciones difíciles, etc. en las que debemos entender las motivaciones de los otros para obtener los fines que perseguimos. La clave en todos esos casos está en interpretar adecuadamente las necesidades del otro.
Pues eso, menos texto y más contexto.

26 de mayo de 2009

Gestión de expectativas

Aun reconociendo el enorme poder de las expectativas en los aspectos motivacionales, me he permitido reflexionar un poco sobre la diferencia que existe entre lo que esperamos de, por ejemplo, una persona y lo que obtenemos en realidad como fruto de esa relación. En las empresas es normal que se manejen expectativas tanto por parte de la propia organización hacia las personas que forman parte de ella como a la inversa. Y casi siempre éstas se frustran en las dos direcciones.

Por lo general, la gestión de expectativas no es más que una proyección subjetiva de lo que deseamos que suceda. Esto es como lo de la excitación de la noche de Reyes cuando grandes y pequeños nos hacemos ilusiones más o menos razonables sobre los regalos que recibiremos a la mañana siguiente. ¿Cuántas veces se cumplen en los términos en los que nos las imaginamos? Las mayoría de las veces están por debajo, reconozcámoslo.

La inteligencia emocional y en concreto la gestión de las emociones debería ser de alguna ayuda en esto. Si mi capacidad para proyectar es superior a mi capacidad de análisis del contexto en el que espero que el hecho se produzca, lo normal es que el resultado sea decepcionante. “Esperaba más de ti” suele ser un reproche muy frecuente o el contrario, “no esperaba esto de ti”. Ambas formas muestran un sentimiento de frustración cuando no de tristeza. Pero ¿qué era lo razonablemente esperable? Pocas veces lo podemos concretar en datos medibles y no sólo eso, sino que es altamente probable que lo que alguien espera o no espera de mí nunca me lo haya dicho formalmente con lo cual, mal puedo ser culpable de su decepción por mucho que al otro le duela.

Toda forma de poder proyecta expectativas respecto a su estructura dependiente. Lo hace el jefe con sus empleados, el maestro con sus alumnos, los padres con sus hijos, pero pocos se plantean en serio el camino inverso. ¿Acaso los alumnos no tienen derecho a abrigar expectativas respecto a la calidad de la enseñanza o del trato que reciben por parte de sus profesores? Que cada cual obtenga sus propias conclusiones sobre el derecho y sobre las probabilidades de ejercerlo e incluso de que le sea reconocido.

Cuando las expectativas nacen desde abajo es decir, de los eslabones más débiles de la cadena, los que están arriba no se dan por aludidos. Normalmente, se las trata como aspiraciones infantiles poco maduradas o con una visión parcial y/o sesgada. “Cuando seas padre comerás huevos” suele ser un argumento pretendidamente irrebatible. En esos casos, lo que se espera por defecto es que la motivación provenga (como un derecho divino) de la confianza ciega que debemos tener en quien dirige y al que no se puede juzgar en el caso de que "su" gestión de “mis” expectativas sea deficiente.

Y no es que falten herramientas. Dejando de lado el clásico ausente de los canales de comunicación del que tanto se habla pero tan poco se practica, las organizaciones más vanguardistas apuestan por el modelo de evaluación 360º que consiste en que una persona sea sometida al juicio sobre su rendimiento por parte de sus superiores, iguales e inferiores en el rango jerárquico. Este es un modelo equitativo y democrático por cuanto es participativo a todos los niveles pero absolutamente minoritario en su aplicación, lo cual demuestra la poca cultura que existe en la utilización de métodos realmente efectivos de retroalimentación.


Cuando se mide a las empresas a través de lo que se denomina "factores higiénicos" muchas de ellas suspenden, lo cual no parece preocuparles en demasía. Sucedería lo mismo con las escuelas, las familias o hasta los reality shows en los que a uno le nominan y se va a la calle. Lo realmente difícil en todos esos casos es sobrevivir al juicio de las expectativas que se generan sobre nosotros porque muchas, demasiadas veces, las reglas de juego ni son conocidas ni son equitativas. A la inversa ya se sabe, cuando seas padre comerás huevos... si sobrevives para verlo.

15 de mayo de 2009

¿No nada nada? No traje traje

Ponerse a hacer cosas depende sobre todo de la predisposición, ese motor interno que arranca con la chispa de la automotivación y que, por eso, tantas veces falla. ¡Hay que motivarse! nos decimos a nosotros mismos cuando estamos perezosos o lo oímos de otros en tono de reproche. Y es verdad, hay que hacerlo pero ¿cómo?

Las más de las veces si rebuscamos en nuestro interior no nos faltan motivos para quedarnos en estado de reposo. Siempre hay tiempo; tengo asuntos más importantes o urgentes que atender; para qué ponerse a ello, son algunos de los más frecuentes. En el fondo lo que subyace es la baja expectativa de beneficio que obtendremos al ponernos en marcha y actuar, porque muchas veces se nos olvida que el beneficio no es cosa inmediata, sino la consecuencia de un esfuerzo continuado y entonces, amigo, la cosa cambia.

Otro motivo de la escasa automotivación es suponer que ya se conoce de antemano el “escaso beneficio” que supondrá el esfuerzo. Esto pasa mucho, sobre todo a aquellos que sin haber experimentado jamás hacen caso a los que sí lo han hecho o que les cuesta mucho encontrar relación entre sacrificio y recompensa. Son esos que dicen "en caso de duda, abstención" y abstenerse es lo que suelen hacer las más de las veces. Difícil motivar a estos, desde luego. Y persistentes en la actitud. Una joya, vamos.

Y luego están los más simpáticos de todos: los que se hacen de rogar. Estos andan necesitados de que se les motive muchas veces con todo tipo de artimañas incluido el chantaje emocional (que es lo más difícil de resistir por parte del ser humano). Un “anda, hazlo por mí”, puede ser un argumento bastante definitivo pero también es un arma de doble filo porque la consecuencia es que o bien les encanta la experiencia y entonces nuestra respuesta es “lo ves” o se aburren soberanamente con lo cual podemos prepararnos para escuchar eso de “para este viaje no hacía falta alforjas” o “que quieres que te diga, ni fu ni fa”. “Pues nadie te ha obligado” suele ser nuestra respuesta más habitual.

Ya puestos yo prefiero a los que no hacen algo porque simplemente no les da la gana. Al menos esos son consecuentes. Y además, permite no dar explicaciones sobre la negativa. Puede que sus motivos sean vagos o intensos pero en cualquier caso no están dispuestos a compartirlos contigo.

Todo esto me recuerda un día de playa cuando yo era niño. Un matrimonio se sentó justo al lado de donde estaba mi familia y al rato empezaron a entablar conversación con nosotros. Transcurrido un buen rato a mi padre se le había acabado los argumentos de charla banal así que se dispuso a darse un chapuzón con el resto de la familia y descansar un rato de aquellos pesados. A la vuelta la señora no estaba pero el marido sí. Mi padre, temiendo que el otro siguiera pegándole la hebra le dijo “¿No nada nada?” Y el otro le contestó: “No traje traje”.

Pues así es la vida. Aunque sepamos que si vamos a la playa es muy probable que nos apetezca bañarnos, demasiadas veces obviamos llevar el bañador. Sencillamente, es una cuestión de baja motivación. Y a determinadas edades, no estamos para lanzarnos al agua en cueros. Claro que tampoco sabemos lo que nos perdemos.

4 de mayo de 2009

¿Qué cara nos ponemos hoy?


Basta mirar la cara de las personas para descubrir su actitud. “Hoy pones cara de lunes”, solemos decir. Lástima que no exista expresiones del tipo “hoy pones cara de miércoles, o de jueves” y sin embargo sí decimos “se nota en tu cara que es viernes”.
La sola mención de los lunes equivale a suponer que uno debería estar deprimido, con poco entusiasmo y menor actitud proactiva. Se diría que el fin de semana nos ha dejado un poso de satisfacción al que regresaremos a lo sumo en cinco días, un tránsito más llevadero a cada día que pasa y que lo que sucede en ese ínterin es tan solo un mal necesario que nos permite pagar facturas.
En sus charlas, John Whitmore suele mostrar un recorte de prensa en el que se indica que más del 60% de las personas no sólo no disfruta en su trabajo sino que lo aborrece. ¿Qué está pasando? Que nuestro entorno no nos motiva lo más mínimo. O no nos dedicamos a lo que nos gusta (encuentra un trabajo que te guste y no volverás a trabajar ni un solo día de tu vida –sentenciaba Confucio) o con el tiempo descubrimos que aquel horizonte de oportunidades que nos mostraron el primer día se ha ido desvaneciendo, casi siempre por culpa de los demás.
Y sin embargo, casi por todas partes hay gente que parece ser feliz. Como no hay tantos ricos ociosos, ¿deberíamos suponer que nos encontramos ante el 40% que sí se encuentra a gusto con el trabajo que desempeña? Lo dudo mucho. Es más probable que se trate de personas que encuentran una motivación en aquello que hacen y fijaos en el matiz, porque eso supone introducir la idea de la automotivación.
Sin automotivación es difícil ser entusiasta o proactivo, estar orientado a algo que merezca la pena en términos de recompensa. Una vez trabajé en una empresa en la que cuando el jefe nos veía alicaídos o desorientados nos reunía y decía: recordad que sólo se cobra una vez al mes pero que se trabaja todos los días.
He visto ejemplos de automotivación de lo más curiosos. Un estampador que no cobraba por producción se retaba a sí mismo para ver cuantas piezas lograba terminar cada cuarto de hora y si batía el record lo celebraba levantando los brazos como un ciclista que entra en la meta en cabeza; conozco un matricero que cuando termina un trabajo en el torno a su satisfacción se pasa un buen rato contemplando la pieza y luego sale al exterior del taller a fumar un pitillo; una profesora de instituto que cada vez que terminaba de demostrar el cumplimiento de un teorema se comía un caramelo de menta…
La automotivación supone trabajar en busca de una recompensa que no conceden terceros sino uno mismo. Interesante lección. Y tú, ¿qué cara pones hoy?

20 de abril de 2009

El loro Einstein

Este es un loro especial, como podréis comprobar en este video. A pesar de que su aspecto no es llamativo sino más bien tirando a soso, dentro de sí encierra unas capacidades que, con el debido entrenamiento, afloran. Por eso su dueña y adiestradora le llama Einstein.

Para ello ha sido necesario que los talentos de que disponen uno y otra se hayan puesto al servicio de algo en común. Han precisado confiar mutuamente en el otro. El trabajo en equipo esencialmente se basa en el concepto de asociarse y más concretamente, estar dispuestos a asociar los respectivos talentos para lograr un objetivo que satisfaga a todos a través de la motivación.

¿De cuántas cosas seríamos capaces si estuviéramos dispuestos a reconocer el talento en el otro?

Esto sí que es gestión del talento y no lo que nos venden por ahí.

16 de abril de 2009

Punset

Cuando Eduard Punset muera (aunque él mismo tenga dudas acerca de lo que en realidad significa la muerte) seguramente será el divulgador científico español que más rastro haya dejado en la sociedad de la información en que vivimos. Es realmente apabullante la cantidad de material al que podemos acceder que lleva su firma.

Pero sobre todo creo que es una de las personas que más habrá hecho a lo largo de su vida por explicar de una forma entendible la neurociencia esto es, cómo funcionamos por dentro, cómo la experimentación de las emociones nos acerca o nos aleja de la felicidad. Podéis seguirle en su blog smartplanet que os recomiendo encarecidamente.

Por otra parte, mantiene que la intuición y las emociones son una fuente de conocimiento tan válidas como lo que llamamos la razón, sólo que más inexploradas y por tanto no tan valoradas por el momento. Estoy plenamente de acuerdo con esa afirmación.

Para los que tengáis algo de tiempo y queráis saber más sobre él, adjunto dos vídeos interesantes. Uno de ellos es su charla sobre qué nos predispone y otro es una especie de autobiografía construida en torno a la música que le ha acompañado en las distintas fases de su vida.

Espero que os guste.

2 de abril de 2009

Nada cambia si yo no cambio

El pasado diecisiete de marzo asistí a una falsa presentación del libro Confianza (ediciones Urano) escrito por Leila Navarro y José María Gasalla. Digo falsa presentación porque lo que nos encontramos allí fue un verdadero show que ha resultado ser una de las experiencias más gratificantes en muchos años. Durante más de dos horas asistí embelesado a una exposición vivencial acerca de la confianza, es cierto, pero también sobre comportamientos asociados como la motivación y el compromiso.

Dado que este roadshow se está presentando en muchas ciudades, os recomiendo que estéis atentos y que os apuntéis si tenéis oportunidad. Ver a una mujer de la edad de Leila exponer unos conceptos tan conocidos como poco interiorizados con ese grado de vitalidad y desparpajo resultó una lección útil, incluso para alguien como yo que creía que prácticamente lo había visto todo.

Os dejo una reflexión que ella repite a menudo: nada cambia si yo no cambio. Qué gran verdad. Y no os perdáis escucharlo a ritmo de samba.

http://www.roadshowconference.com/