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7 de junio de 2011

Sortilegio de una campana

Sortilegio: 1. m. Adivinación que se hace por suertes supersticiosas

Un pastor trashumante aseguraba que era capaz de adivinar la distancia que le separaba del siguiente pueblo sólo por el sonido de las campanas de su iglesia. Un día que se encontraba junto a una carretera cuyo paso interrumpió con sus ovejas, entretuvo con su historia la espera de un automovilista detenido forzosamente esperando que pasara el rebaño. Le apuesto lo que quiera a que esas campanas están a una distancia de doce kilómetros y medio. Si no me cree vaya a comprobarlo y si tengo razón vuelva a decírmelo.

El automovilista aceptó el trato y una vez que arrancó de nuevo puso a cero el marcador de su cuentakilómetros y se pasmó al comprobar que, en efecto, desde el punto en que se encontraba hasta el siguiente pueblo la distancia era exactamente de doce kilómetros y medio.

Asombrado y ansioso por saber cómo podía obrar ese prodigio volvió tras sus pasos para felicitar al pastor por su acierto, pero cuando llegó al punto donde había dejado al rebaño el pastor y sus ovejas ya estaban lejos. Lo que vio en su lugar fue una vieja señal de tráfico tirada en el suelo que indicaba la distancia hasta el pueblo.

Traigo a colación esta historia para ilustrar las supuestas capacidades de las que muchos alardean sin ser tales. En tiempos de crisis abundan los ejemplos de falsos profetas que nos anuncian futuros esplendorosos o catastróficos a partes iguales. Lo malo de la supuesta adivinación del pastor trashumante es que tenía truco, juega con nuestra capacidad de sorpresa para generar una confianza que de otro modo no se justificaría.

Sin embargo, depende de quién nos venda la burra. De los magos de chistera no esperamos autenticidad porque sabemos que son ilusionistas, pero de un pastor sí porque asumimos que tienen la capacidad de identificar signos que los de ciudad tenemos completamente atrofiados. Si te dicen que lloverá, corres en busca de un paraguas y si te dicen que la campana suena a doce kilómetros y medio, al menos les concedes el beneficio de la duda y si encima aciertan, los subes a los altares.

La seguridad y la confianza están íntimamente relacionadas. Sin la seguridad que se genera a través de la confianza no es posible acometer ni una sola acción de la misma forma que, ante la ausencia de confianza y ya no digo cuando aparece la desconfianza, la inseguridad es paralizadora. Crees porque confías y eso te da seguridad, no crees por lo contrario, así de simple.

Si el automovilista no hubiera descubierto la señal de tráfico habría elevado al pastor a los altares aún sin saber cómo lo había hecho. Esa es la clave de la generación de confianza, que no precisa justificación. Es curioso como en esto actuamos a campo descubierto en contra de lo que tratamos de hacer tan a menudo, que es tirarnos a la piscina con flotador y manguitos. Tal es el poder de la confianza.

La fe es una extrapolación de la confianza. Tenemos fe porque confiamos en algo que todavía no ha sucedido o no depende de nosotros. Muchos creen en la vida eterna porque tienen confianza en las enseñanzas religiosas y a eso le llamamos fe, tenemos fe en el cirujano que nos va a operar porque hemos depositado en él toda nuestra confianza. Para una y otra cosa no tenemos constatación fehaciente. No pedimos certificado de autenticidad ni a Dios ni a nuestro médico. Tampoco le exigimos la acreditación de las horas de vuelo al piloto del avión en que viajamos.

La confianza nos convierte en crédulos por elección y por eso aparecen tantos profetas. Por ejemplo, en estas últimas elecciones muchos han cambiado su voto porque han descubierto que los que votaron antes defraudaron su confianza y porque necesitamos confiar en quien nos promete una vida mejor. Los que desconfían de todos se han quedado en casa y ya está.

Volvamos a nuestro pastor trashumante y pongámonos en la piel del conductor crédulo. ¿Cómo hubiéramos reaccionado?

17 de mayo de 2011

Asesinando la espontaneidad



Es sabido que el afán por tenerlo todo controlado nos puede. Esa necesidad la manifestamos en casi todos los órdenes de la vida hasta el punto de que lo predecible lo empaña todo. Trabajamos muy bien evaluando las probabilidades de que algo suceda y ajustamos nuestros comportamientos a esa hipótesis. Es el esquema de funcionamiento táctico, que implica qué hacer cuando sabemos (más o menos) lo que va a suceder. Y en el caso de que no suceda lo que esperamos no hay problema, también somos muy buenos improvisando soluciones alternativas y cuando no las improvisamos es que las prevemos, en cuyo caso a eso le llamamos plan de contingencia.

La espontaneidad la valoramos en momentos muy tempranos de la vida (infancia) o en órdenes periféricos (manifestaciones artísticas, por ejemplo) pero raramente en aquello en que nos jugamos los garbanzos. Con alguna excepción, pero pocas. No toleraríamos que un cirujano nos operara espontáneamente o que se dejara llevar en ese trance “por lo que le pide el cuerpo”, ni tampoco llevaríamos bien que el piloto del avión en el que viajamos fuera “creativo” en la planificación de la ruta o las maniobras. Ahora bien, todo eso cambiaría si en la mesa de operaciones surgiera una complicación o si los sistemas de navegación del avión fallaran. Entonces nos felicitaríamos por la “espontaneidad” de nuestro facultativo o piloto. Es así.

En estos días estamos asistiendo a un fenómeno todavía en estado muy embrionario que ya se conoce como “Democracia Real Ya” que supone una manifestación espontánea del hartazgo de una parte de la ciudadanía respecto a nuestra clase política. Como no podía ser de otra forma, surge a través de las redes sociales y asoma en cincuenta ciudades simultáneamente. Lo raro es que, a la vista de lo que está sucediendo con la evolución de la crisis, no hubiera aparecido antes. La primera aparición pública de ese movimiento se produjo el 15 de mayo y sólo un día después nuestra clase política se empezó a palpar la camisa y a sentir sudores fríos porque la pregunta que todos se hicieron en plena campaña electoral fue cómo nos afecta en nuestra intención de voto.

Si eso hubiera sucedido un solo día después de las elecciones no preocuparía nadie y se dejaría diluir como un azucarillo pero no, ha tenido que ser justo en el ecuador de una campaña electoral en la que unos se juegan mucho y otros aspiran a pillar cacho. Casualmente, los únicos que han saludado la iniciativa –con la esperanza de arrimar el ascua a su sardina-ha sido IU que da la razón a las motivaciones de esa explosión espontánea por considerarlas justas.

Asusta tanto la espontaneidad porque desconcierta las tácticas, cualquier tipo de táctica y especialmente el cálculo político. Lo espontáneo escapa al control y eso la hace intolerable. Sin embargo, motivos para este tipo de manifestaciones no faltan. Cinco millones de parados, record de ejecuciones hipotecarias, salarios recortados, precariedad laboral, inflación desbocada, perspectivas negativas en prácticamente todos los sectores, política sindical con bajísimo respaldo como se demostró en la última huelga general, ajustes draconianos en sanidad, educación y obras públicas. Motivos no faltan, pero sobre todo, que nada escape al control, nada de que alguien corra la banda.

La espontaneidad deja inerme a la clase política, de la misma forma que nos deja indefensos a cada uno de nosotros en cuanto algo rompe lo previsible. Puede que alguien piense que eso es porque tenemos abiertos tantos frentes en nuestras vidas que lo menos que podemos pedir es que no nos crezcan los enanos. Quién podría negar eso, pero en el fondo subyace algo más. La espontaneidad es una fuerza generativa de primera magnitud, algo que no se sabe cómo empieza ni cómo termina. Cualquier tipo de espontaneidad tiene como enemigo común el status quo, los paradigmas que tienen mucho de conservadurismo en su esencia, por eso asusta y por eso se combate con virulencia. Preferimos las aguas mansas a las bravas, lo previsible a lo imprevisible.

Añoramos el mayo francés del 68 porque es algo que ya está muerto. Nos pone que estuviera a punto de cargarse la V República francesa, pero nos pone más que no lo lograse. Quién no se sabe algunas de sus consignas y las recuerda con añoranza pero quién las ha hecho suyas. Nos sentimos solidarios con la revolución espontánea tunecina pero sólo porque se produjo allí y no dentro de nuestras fronteras.

Ahora la espontaneidad está llamando a nuestras puertas en forma de plataforma amorfa y desorganizada. Y no olvidemos que uno de los bestseller del momento se llama “¡Indignaos!” y está escrito por un anciano de más de 90 años. Para ponerse a pensar.

15 de marzo de 2011

Teoría de la conspiración


Una vez constatado que todo lo que no va bien va mal, llega el momento propicio para todos los que aspiran a introducir su particular teoría de la conspiración que es una ley al parecer natural, o en su defecto naturalizada, por la que se rige la especie humana para explicar los fenómenos que se escapan de un análisis causal de los hechos.

En todas las épocas se han formulado teorías de la conspiración pero ahora vuelven con inusitada fuerza. La existencia de oscuros clubs como Bildeberg respecto a los cuales se sabe poco o nada a ciencia cierta excepto que están formados por los dueños del mundo generan espacios sobrados para los teóricos de la conspiración.

En nuestros días todas ellas tienen que ver con el dinero en cualquiera de sus afecciones. Mercados, divisas, inversiones, refugios, exposición al riesgo son algunas de las variantes más conocidas y propicias en las que ver o adivinar signos de conspiración. Ante tal desproporción de magnitudes y de capacidad de reacción, uno se siente aplastado por la fuerza de los hechos cualquiera que sea quien mueva los hilos.

Estos tiempos de crisis han dejado en segundo plano las estrategias al uso para penetrar mercados o adivinar necesidades futuras de los consumidores. Parece que las necesidades básicas ahora son otras y por resumir, todas se centran en la supervivencia que es en realidad a lo único que nos dedicamos los humanos con fruición durante toda la vida. Claro que sobrevivir tiene sus claves y que éstas también parecen influidas por los conspiradores que, como todos, pretenden que el agua no les llegue a la nariz aun a costa de que otros queden sepultados.

Hoy en día las estrategias empresariales interesan poco porque son muy parecidas aunque con resultados distintos. Parece que algunas ganan más dinero ahora que antes de la crisis. Si uno ve la lista Forbes de los más ricos del mundo se da cuenta de que siguen en cabeza los que se dedican al sector servicios que es una categoría demasiado amplia para englobar un tipo de actividad concreta. Tan amplia que ha sido necesario reclasificarlo en “industrias” del ocio, del espectáculo, de telecomunicaciones, etc.

Pero dudo mucho que éstos hayan escalado posiciones sólo o fundamentalmente a causa de los dividendos generados por sus imperios. Más bien habría que “echarle la culpa” a los rendimientos de sus activos financieros. Y los únicos activos financieros que dan fuertes réditos en estos momentos son los que juegan a la contra de la economía, es decir, las deudas soberanas.

Claro, eso es porque están metidos en la pomada de la conspiración dirán muchos. No, eso es porque son la conspiración misma, dirán otros. Depende a quién se lo preguntemos, pero en cualquier caso todos siguen un esquema nada conspirador: no quieren tener razón sino que sólo pretenden obtener resultados.

Si a alguno de nosotros se le ocurriera preguntarle a su entidad financiera cómo obtiene los rendimientos de nuestro fondo de pensiones se llevaría las manos a la cabeza porque seguramente descubriría que, sin saberlo, está implicado en los mecanismos de la teoría de la conspiración que acosa a las economías PIGS de la que formamos parte. Demoledor, pero cierto. ¿Sacaríamos nuestro dinero de esos fondos? No, porque lo que queremos son los resultados que nos garanticen la supervivencia.
Bueno, esto cierra el círculo de la conspiración. Sólo es posible la conspiración si formamos parte de ella aunque sea como pringados. Otra cosa es crearla, que eso ya no está al alcance de cualquiera.

3 de marzo de 2011

Imágenes de una época


En cada época hay unos cuantos hechos trascendentes que la explican. Pero indefectiblemente, esos hechos arquetípicos sólo son reconocibles después de muchos años. Recuerdo cuando iba al colegio y nos explicaban Historia. Las épocas se sucedían unas a otras y cada una de ellas venía ilustrada por un hecho significativo. Por ejemplo, la Edad Moderna se ilustraba a partir del descubrimiento de América, y en clave local, por la toma de Granada. Todo lo demás parecía no tener apenas significación.

Me pregunto qué hecho crucial ilustrará el tiempo que nos ha tocado vivir, aunque hablar en nuestro caso de una sola época quizá sea reducir mucho dado que en los últimos diez o quince años parece que han pasado más cosas significativas que en muchas otras épocas de la humanidad. Leía el otro día que la historia parece un vehículo conducido a veinte kilómetros por hora hasta hace cincuenta años en los que se pisó el acelerador.

Nadie puede siquiera imaginar cuál será la imagen icónica de la nuestra y sin embargo existirá. ¿Qué aprenderán los niños en el colegio cuando hablen de nosotros? No lo sé. Quizá que nos tocó vivir una parte de la historia en la que hubo de todo, pero eso pasa en todas, así que no lo veo probable. Aventuro algunas hipótesis por las que seguramente muchos apostarían:

- La última generación que vivió en la Tierra antes de hacerlo en colonias siderales por haber agotado los recursos del planeta.
- La primera generación que aprendió que los gobiernos mandan menos que los mercados.
- La última generación en la que se hablaba mayoritariamente inglés antes de que se adoptara el chino mandarín como idioma universal.

No me seduce ninguna de ellas. Algunas son meras proyecciones y otras son vehiculares, es decir, que en sí mismas no significan nada si no se ponen en relación con algo mayor.

De todas formas, seguro que lo tenemos delante de las narices y no nos damos cuenta. El otro día salía una señora en el telediario quejándose amargamente de que ella trabajaba en AENA y que había escogido ese trabajo porque eso la convertía automáticamente en empleada pública (evitó decir funcionaria que tiene mala prensa con la que está cayendo) y que ahora con la privatización pasaría a manos privadas, cosa contra la que se manifestaba. Pobre señora, qué angustia. Eso significa que podría ser despedida, por ejemplo por baja productividad o si se decide que su puesto de trabajo ya no es necesario. Eso sí que marca el cambio de una época y no que China pase a ser potencia hegemónica de facto.

Otra posible imagen nos la ofrece el Magreb. Resulta que justo debajo de nuestros pies unos cuantos millones de musulmanes que tienen menos de veinte años de edad media, cultos pero obligados a una vida miserable, se rebelan contra los sátrapas que les han gobernado toda la vida utilizando para su movilización esos inventos del diablo como son Facebook y Twitter. Y además eso se produce sin que nuestra querida Europa, principal cliente de sus recursos naturales, se haya olido la tostada. Todo por culpa de un ingeniero informático tunecino que le dio por prenderse fuego en protesta por el trato vejatorio al que le sometía las autoridades de su aldea y dijo basta.

Ya está. La imagen de nuestra época será pues el efecto mariposa que preconiza que el aleteo de uno sólo de estos insectos puede producir cambios a miles de kilómetros de distancia. Veis. Lo teníamos delante de nuestras narices y no lo veíamos.

Cuando se explique la historia a los nietos de nuestros nietos, quizá no sea tan relevante las consecuencias catastróficas de una recesión económica sin precedentes como lo que un solo y desesperado joven fue capaz de propagar con un bidón de gasolina y una cerilla. Un cambio trascendente al precio de diez euros, todo lo más. Una inversión super-hiper-rentabilizada que dejará en ridículo la forma en que Rockefeller compraba y vendía cerillas hasta que se hizo uno de los amos del mundo.

Colón descubrió América con una inversión más que considerable y marcó una época sin saberlo y ahora Mohamed Bouazizi lo ha hecho con muchísimo menos dinero. ¡La cantidad de consecuencias que de ello podrá extraerse en las escuelas de negocio del mundo entero cuando ese hecho apenas comprensible a día de hoy sea estudiado como caso de todos los casos por parte de sesudos profesores!

Claro que para muchos de nosotros, que tenemos mucha menor visión histórica por ser coetáneos a los hechos, ese suceso determinante en grado superlativo igual no pasará de ser una de las muchas noticias que se produjeron en el tercer año de las vacas flacas del inicio de milenio.

Espero que, llegado el momento, algún arqueólogo tecnológico rescate este post para poder entender que a alguno no se nos pasó desapercibida semejante señal de los cielos. Al fin y al cabo, es lo que le pasó a un montón de sabios griegos cuyo mayor mérito fue que su obra no fuera pasto de las llamas o de los saqueos.

24 de enero de 2011

Trampas en el solitario


He hablado alguna vez acerca de un jefe que tuve hace años que pasaba por ser de “estilo democrático”. Quiere esto decir que, a primera vista, no pretendía imponer su criterio sino tratar de compartir contigo su visión y buscar el consenso. Si lo lograba, las cosas se hacían ya no porque las mandara sino porque a ti te parecía lo correcto, pero te tocaba apechugar con las consecuencias quedando él al margen de las críticas o del fracaso. Si no lo lograba, te dejaba meditando hasta que se salía con la suya o tenía otra ocurrencia más descabellada.

Aquella fue una época difícil porque cada vez era menos previsible en sus pretensiones y obviaba las dificultades que entrañaba poner en marcha muchas cosas que se le ocurrían y que tal vez, como se dice ahora, no tocaban. Además, no había garantía de que, llegado el momento, te apoyara en las decisiones que tomabas. Nunca me he sentido más solo y he comprendido mejor la soledad de los corredores de fondo.

Aunque han pasado los años sigo acordándome de él. Más de lo que yo quisiera. Y si me acuerdo tanto es porque veo comportamientos similares por todas partes. En este momento en que nadie quiere aparecer como responsable, tomar decisiones es sumamente difícil, más que nunca, y preferimos ejecutar las órdenes que nos dan a empujar nuestras propias iniciativas, en el caso de que las tengamos.

En estos tiempos, tipos como mi exjefe deben ser felices porque se ven rodeados de una cohorte dispuesta a ejecutar sus planes sin rechistar, pero no sé qué ocurrirá con los ejecutores cuando las cosas se tuercen. Tal vez se sientan como el personaje de la foto, jugando una partida de ajedrez contra ellos mismos y con la necesidad de hacerse trampas en el solitario para que, en el caso de que algo salga mal, no sean señalados como únicos responsables.

La inseguridad, que es una forma de miedo, nos tiene cada vez más atenazados. No sólo es que el teléfono suene menos veces, es que incluso cuesta descolgarlo para hacer una llamada por suponer la respuesta que recibiremos. Hay tanto pánico que hasta estamos dispuestos a consolarnos cuando vemos que a otros les va peor. Cada vez es más frecuente oír con añoranza cómo era de plácida la vida antes, en lugar de procurar ver cómo salimos de esta. Y así no puede ser.

Comentaba el otro día con un amigo cómo es posible que la cosa no estalle en un descontento popular generalizado. Y me recordaba mi amigo aquella famosa cita: Cuando vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.

Viendo lo que está sucediendo estos días en Túnez, me pregunto cuánto es posible soportar para que una vez estalla la ira contenida ésta no sea contagiosa y acabe con todo. Ayer mismo, 34.000 personas salieron a la calle en Bruselas para protestar por la mala gestión de la crisis por parte de un gobierno interino que empieza a sentir las dudas de los mercados sobre su deuda pública. Aquí, mucho más cuestionados que los belgas, gobierno, sindicatos y patronal siguen permanentemente reunidos sin luz ni taquígrafos para ver de alcanzar un acuerdo que se presume sumamente complicado antes de que el próximo día 28 el gobierno presente su propuesta de aplazamiento de la edad de jubilación. Pero nadie sale a la calle y eso que tenemos la sangre mucho más caliente que nuestros socios comunitarios.

Las trampas en el solitario se suceden a diario. Todo parece fiarse a que el tiempo pase, a ver qué pasa. Y lo que pasa es que, de momento, no pasa nada.

16 de diciembre de 2010

Y se armó el belén

Este año quería poner el belén en mi casa y como estoy en crisis, antes de hacerlo decidí llamar a un colega consultor para que me asesorara sobre cómo rentabilizar al máximo el tradicional nacimiento. El resultado ha sido sorprendente, y por eso os lo quiero comentar. Las decisiones que me propone tomar son las siguientes:

Pastores. Para nadie es un secreto que en todos los belenes hay más pastores que ovejas, parece absurdo, pero siempre ha sido así. Por supuesto me veo obligado a deshacerme de todos menos uno. Instalaremos pastores eléctricos (cercas electrificadas) con el fin de controlar a las ovejas, y una vez instalado, se plantea la posibilidad de sustituir en breve al pastor por un perro con experiencia.

Personajes gremiales. Es sorprendente la cantidad de artesanos que puede haber en un belén: el herrero, el panadero, el de la leña, el carpintero (haciendo una desleal competencia a San José que se ha cogido baja paternal), el tendero,... y sin embargo es también sorprendente ver los pocos clientes que hay. La decisión que hemos tomado es despedir a todos los artesanos. Es duro, pero no ha quedado otro remedio. En su lugar hemos contratado a un chino que en un pequeño comercio fabricará y venderá todos los objetos que vendían los artesanos. (Si el chino decide subcontratar a menores para sacar el trabajo es un tema en el que no nos debemos meter).

Posadero. El chino se hará cargo también de la posada. Además, últimamente habían llegado quejas de atención al cliente por parte de José y María. La posada podría funcionar con el sistema de cama caliente.

Lavanderas. Qué manía tienen en los belenes con lavar la ropa, con lo fría que debe estar el agua, con tanta nieve. Se suprimen los trabajos de lavanderas, que además eran ocupados siempre por mujeres. Cada uno se lavará su ropa en los ratos libres, potenciando así la equiparación de sexos en cuestión de tareas domésticas.

Ángel anunciador. Suprimidos casi todos los pastores, no tiene sentido la figura de un ángel anunciador. Se sustituye por un letrero luminoso en donde además podremos anunciar las ofertas del chino.

Castillo de Herodes. A Herodes le mantengo en su puesto. No es que haga mucho, pero manda y no es cuestión de ponerse a despedir directivos. Soldados, me quedo con dos por razones de seguridad, (que bastante calentita está la zona) pero los externalizo. Los contrataré por medio de Prosegur para que me presten servicio como guardas de seguridad. Ahorro en costes fijos y gano en flexibilidad.

Paseantes varios. Es sorprendente ver la cantidad de personajes que abundan en un belén sin hacer nada, absolutamente nada. Todos despedidos. Esto lo teníamos que haber hecho hace tiempo.

Paseantes con obsequios. He observado que otro grupo de paseantes, algo menos ociosos pero no mucho más productivos, se dirige hacia el portal con la más variada cantidad de objetos. Uno con una gallina, otro con una oveja, otro con una cesta, otro con un hatillo (¿qué llevará el misterioso personaje del hatillo?)... Puesto que todos tienen el mismo destino, organizaremos un servicio de logística para rentabilizar el proceso. Despediremos a todos los paseantes, uno de ellos se quedará con nosotros por medio de ETT y con ayuda de un animal de carga recogerá las viandas cada tres días y las acercará al portal.

Reyes Magos. Por supuesto con un solo rey es más que suficiente para llevar el oro, el incienso y la mirra. Eliminamos dos reyes, dos camellos y los pajes. Posiblemente nos quedemos con el rey negro para no ser acusados de racistas. Además es posible que quiera trabajar sin que le demos de alta. Tengo que estudiar la posibilidad de dejar tan solo el incienso y vender el oro y la mirra a otra compañía ya que debemos de reducir al máximo la inversión en regalos de empresa.
Mula y Buey. La única función de estos animales es dar calor. Esta función será desempeñada por una hoguera, que gasta menos combustible. Realizaremos un assessment center con los dos animales y el que lo supere trabajará como animal de carga en el servicio de logística antes citado.

San José y la Virgen María. Está más que demostrado que el trabajo que hacen ambos en el portal puede ser desempeñado por una sola persona y evitamos dos bajas de maternidad/paternidad. Por razones de paridad nos quedamos con la Virgen María y, lamentablemente, tenemos que despedir a San José (con lo que había tragado el hombre en esta empresa).

El niño Jesús. A pesar de su juventud tiene mucho potencial, y además parece ser que su padre es un pez gordo. Le mantenemos como becario con un sueldo de mierda hasta que demuestre su valía.

El Belén queda pues de la siguiente forma: Un pastor con ovejas en un cercado, un chino con un comercio/posada de 24 horas, Herodes y dos guardas subcontratados, un paseante contratado por ETT, con la mula (o el buey) haciendo repartos, el rey negro (ilegal), la virgen y el niño.

Hala, y el año que viene ya veremos en qué queda todo esto porque de seguir la crisis, igual hay que cambiarse a una religión con menos imaginario.

14 de diciembre de 2010

Intemperie

Convengamos que tenemos asociadas una serie de imágenes que actúan como poderosos resortes que nos permiten asegurarnos de que todo está en orden, que las cosas se producen en un entorno seguro.

Luis Eduardo Aute ha editado un nuevo disco sobre el que todavía no sé nada excepto que se llama Intemperie. La relación entre esas imágenes y el nombre del disco de Aute arranca del hecho de que pocas cosas nos produce más insatisfacción que permanecer a la intemperie (también podría decirse quedarse con el culo al aire).

Desde el plano emocional la imagen de mostrarse desnudo es una forma de decir que no tenemos nada que ocultar, que nos presentamos sin trampa ni cartón. En realidad, también es una forma de mostrarnos indefensos por voluntad propia y por ende, de pedir que no nos agredan. ¿Quién quiere atacar a un indefenso?

Esto también está relacionado con nuestro empeño por ser permanentemente inocentes. La inocencia tiene muchas ventajas; la principal, que no seamos culpables. Pero también nos permite presentarnos como víctimas y esa ya es harina de otro costal. El victimismo apoya la idea de que cuanto nos sucede es producto de la acción de otros, que no tenemos nada que ver, que pasábamos por allí. La culpa siempre es de otro.

En estos días hemos sabido que Marta Domínguez, la mejor atleta española de todos los tiempos ha sido imputada por un presunto delito de dopaje. Que se sepa no se ha defendido alegando inocencia. En tanto que no inocente, todo el mundo se le ha echado encima. Pero ¿por qué se dopó? Para protegerse de la intemperie que produce la decadencia de una larga y exitosa carrera deportiva. ¿Es la única culpable? Por supuesto que no. También lo son el entrenador que se lo sugirió, los médicos que le proporcionaron los cócteles, la federación que nada vio. Todos ellos también trataron de protegerse de su propia intemperie.

Las sucesivas intemperies que se van produciendo en nuestras vidas producen un efecto devastador. La intemperie de los pequeños defectos físicos, la de la pérdida de la juventud o la vitalidad sexual de los hombres se tapa con intervenciones quirúrgicas o pastillas azules. Nunca antes como ahora. La intemperie sentimental produce asimismo efectos corrosivos después de haber perdido la capa brillante de nuestra superficie afectiva. La intemperie de la falta de trabajo o dinero afectan a la misma capacidad de actuar. Hay muchas intemperies que ni siquiera hemos experimentado en carne propia pero que nos aterran con tan solo imaginarlas.

Ante esto, nuestra capacidad de reacción nos hace poner en alerta. La aceptación de las sucesivas pérdidas que se producen en nuestras vidas siempre acaban por llegar pero no antes de haber tratado de combatirlas y muchas veces tampoco se combaten sin haber tratado de ignorarlas. Lo que asusta es el hecho de ceder terreno paulatina pero inexorablemente y en esa pérdida considerar que somos cada vez menos. Todavía nos queda mucho que aprender sobre nosotros mismos.

Esta crisis atroz nos ha dejado a la intemperie en la misma medida que nos ha despertado de un sueño. La realidad es que ya nunca seremos los de antes y que deberemos aprender a vivir con la parte que quede de nosotros. En realidad, no es que hayamos perdido tanto como creemos sino que nos habíamos puesto muchas capas de pintura encima que ahora, al perderlas, nos han devuelto a un estado más auténtico. Como decía al principio, quizá es el momento de volver a mostrarnos desnudos que ya sabemos que es una forma de decir que no tenemos nada que ocultar, que nos presentamos sin trampa ni cartón y tal vez con la única compañía de nuestros auténticos valores. No somos inocentes, sólo responsables. Y lo somos gracias a un tipo de intemperie que no esperábamos.

7 de diciembre de 2010

Y en eso llegó la innovación


Se entiende como “modelo estable” un conjunto de convenciones que se dan por ciertas, que funcionan y que se aceptan como inamovibles. Si funciona, no hay que hacerse más preguntas.

Se define la innovación como aquello que cuestiona un modelo estable de suerte que pretende modificarlo en parte (mejora) o atacarlo en su esencia para proponer algo completamente nuevo. A esto último lo conocemos como innovación disruptiva.

Son dos formas completamente distintas de ver el mundo. Una se basa en la conservación (si algo funciona bien, para qué cambiarlo) mientras que la otra parte del supuesto contrario (si funciona, cámbialo porque lo que es seguro es que en algún momento dejará de funcionar).

Los modelos estables usan lo que se llama la inteligencia vertical (basado en silogismos), mientras que en la innovación interviene la inteligencia creativa. En ambas concepciones aplica con intensidad la inteligencia emocional.

Este artículo se basa en la relación existente entre innovación e inteligencia emocional. Hablar más de lo expuesto sobre innovación sería un atrevimiento estando ahí José Luis Montero quien de eso sabe un montón. Sin embargo, la inteligencia emocional, una vez más, demuestra su completa transversalidad de materias, lo cual no debería extrañarnos lo más mínimo por cuanto ocupa buena parte de nuestro cerebro e interactúa en casi todas las decisiones que tomamos.

En términos de innovación, gestionar los problemas exige equilibrio emocional puesto que un problema planteado induce a un cambio, lo que equivale a aceptar una determinada porción de incertidumbre, algo que suele darnos miedo. Pero el miedo es la emoción por antonomasia porque dispara en nosotros la defensa de la supervivencia, nuestro valor más preciado.

El miedo puede definirse de muchas formas pero, en esencia, es la aversión a la pérdida. Perder lo que tenemos es una emoción tan intensa que nos invita a no movernos de los modelos estables. Ante la disyuntiva de ganar o el miedo a perder no hay color. Elegimos no perder, aunque ello suponga aceptar un cierto grado de obsolescencia cuyos daños a medio plazo no podemos limitar sencillamente porque no depende de nosotros. Pero como es “a medio plazo” pues no hay que preocuparse demasiado. Dios proveerá.

En la actual crisis, vemos que muchas empresas persisten en sus modelos estables que se traducen en hacer más de lo mismo. Paralizadas por el miedo se rigidizan, se instalan en una espiral endogámica, bajan su perfil y esperan a que la tormenta amaine. Craso error, aunque humano, lo cual me lleva a la reflexión de que las empresas, en contra de lo que mantienen algunos teóricos, también funcionan por emociones pues no dejan de ser la suma de individuos, un microcosmos como aquí las hemos definido otras veces.

Ahora bien, siguiendo en lo de la inteligencia emocional, cualquiera que quiera innovar tiene por delante un difícil camino porque ha de poner en cuestión los supuestos previos (aquello que nos reconduce automáticamente a hacer más de lo mismo), ha de plantearse alternativas múltiples lo que supone no darse por satisfecho con opciones únicas o que aparentemente parezcan útiles y ha de estar dispuesto a aplazar el juicio, es decir, no precipitarse en llegar a conclusiones que puedan explicarse a través de realidades conocidas (casi nada).

Como vemos, estas condiciones para innovar tienen mucho de lucha contra lo que creemos, pensamos o nos es conocido pero estaremos de acuerdo en que son necesarias para ponernos en una actitud creativa. Todas ellas son cuestiones emocionales y como puede observarse juegan a favor de mantenernos anclados en realidades conocidas. Las emociones pues, juegan a favor de nuestra supervivencia aparente y en contra de los cambios de paradigma.

Por lo general las emociones no nos predisponen al cambio sino a todo lo contrario. Los grandes inventos de la humanidad fueron obra de quienes rompieron esos bloqueos mentales y combatidos en su origen por una mayoría aplastante que los vieron como inventos del diablo. ¿Quién deseaba el alumbrado eléctrico cuando existía el queroseno, quién pensaba en la oportunidad de acortar distancias que supuso la aviación comercial, quién veía la utilidad de los ordenadores electrónicos cuando se sumaba a mano? ¿Éramos todos tontos? No, es que estábamos anclados por los modelos estables imperantes, eso es todo.

La gestión de las emociones presupone mucho de aprender a desanclar, ya sea de un modo u otro. Y cuando lo logramos innovamos, quizá no de una forma disruptiva sino de modo evolutivo, pero desanclamos, lo que supone aceptar una cierta incertidumbre y combatir grandes o pequeños miedos, normalmente para darnos cuenta de que merecía la pena.

Vuelvo a la innovación en este punto para señalar que todos tenemos la oportunidad de ser pioneros, de construir nuevos escenarios utilizando capacidades transversales como pensar, definir, formular, desarrollar y comunicar. Todas esas capacidades no son privativas de unos pocos iluminados ni patrimonio de una raza superior sino que están en todos y cada uno de nosotros.

La invitación es a revisar nuestros miedos, a otorgarnos una mínima autoconfianza, a creer en nosotros y a pensar en el grado de obsolescencia que nos mantiene más o menos oxidados. Ya seamos individuos o empresas ¿qué diferencia hay?

20 de octubre de 2010

Compromiso


No es nada nuevo si digo que vivimos tiempos en los que las cosas están cada vez más difíciles. Miremos donde miremos la sensación de desánimo cunde por doquier, como no puede ser de otra forma. Esta sensación se transmite a todos los ámbitos en los que uno se relaciona y la blogosfera no es ajena a esa sensación humana y comprensible. No hay más que darse una vuelta por los blogs que uno sigue habitualmente.

Hoy hablaba con mi amigo de la blogosfera Agustí Brañas y comentábamos estos temas. Parece que tanto él como yo hemos observado un fenómeno relacionado con esto que normalmente se manifiesta casi en transparencia, o si no en transparencia en segundo o tercer plano. Me refiero al compromiso o mejor, a la ausencia del mismo y no conviene olvidar que esa palabra viene de la afección “con promesa”.

En situaciones de crisis aflora el principio de supervivencia. Progresivamente, a medida que la cuerda sigue apretando, nuestras reacciones se ven más condicionadas por la supervivencia o si se prefiere, disimulamos menos los sentimientos primarios. Poco a poco, ya no es que empecemos a tener dificultades para compartir, sino que empieza a aflorar la lucha por un trabajo, un proyecto, una oportunidad y quién sabe si en un futuro más o menos inmediato, por un pedazo de pan. En estas circunstancias, nuestro compromiso tiende a flaquear porque cada vez estamos más comprometidos con lo que nos afecta directamente y menos con nuestras declaraciones. (No aclaro lo que son declaraciones porque lo tratamos hace muy poco tiempo).

En estas condiciones, la palabra dada (la promesa) pierde cotización a diario. Y en ello no hay mala fe sino una reacción lógica, al menos en nuestra cultura. La promesa nace de la abundancia, de comprometerme a hacer algo que no me cuesta o no me cuesta demasiado o que está dentro de mis posibilidades. Todas estas son formas más o menos camufladas de decir que la promesa nace de la abundancia de uno para cubrir la carencia de otro. Y en estos tiempos que corren, la abundancia es un bien escaso. Por tanto, que el compromiso flaquee entra dentro de lo previsible.

En situaciones extremas, nunca sabemos cómo reaccionaremos. Se cita el caso de una señora que no pesaba más de sesenta kilos y que cuando vio como el pie de su hijo quedaba atrapado por una furgoneta no dudó en levantarla a pulso hasta que el pie del chaval se liberó. Ella no hubiera podido comprometerse a levantarla en otra circunstancia debido al desequilibrio de pesos y fuerzas, pero cuando vio a su hijo en peligro no se planteó la posibilidad de ese reto sino que su compromiso superior como madre hizo posible lo que parecía improbable.

Me preocupa la paulatina palidez de nuestro compromiso. Observando lo que pasa a mi alrededor, he visto como alguien que en principio era de fiar ha ido dimitiendo de los compromisos que había adquirido con sus socios en una nueva aventura profesional, cosa que nos ha sorprendido a todos. La causa es que vive una amenaza superior en otra dimensión de su vida y claro, su compromiso se resiente. ¿Lo hace por mala fe? No. ¿Lo hace por inconsistencia? Tampoco. ¿Es consciente de que está actuando de ese modo? Lo dudo. Pero lo cierto es que cada vez que se compromete a algo, suena a hueco. Para decirlo con una imagen, la letra no se corresponde con la música ni de lejos.

Mi invitación de hoy es que revisemos cómo anda nuestro sistema de compromisos, de qué forma estamos manteniéndolos a la altura de nuestras promesas. Y para quien se atreva, la invitación es a algo más profundo: que se haga esa pregunta en relación con los compromisos que uno se ha hecho a sí mismo, que es lo mismo (o debería) que hacérselos en el altar de sus valores.
La respuesta puede ser íntima, no hace falta que se manifieste en forma de comentarios a esta entrada. De hecho, no espero demasiados.

18 de junio de 2010

Capitán Scott


En el imaginario de los esforzados exploradores de principios del siglo pasado, la expedición del capitán Scott al Polo Sur guarda un lugar preferente tal vez porque cumple la triple condición de épica, fracaso y tragedia. Por ese motivo, diversos autores han revisitado esa epopeya oscilando desde la admiración al revisionismo. El liderazgo de Scott y no sólo en términos de éxito final que no se produjo, ha sido cuestionado más que alabado aunque como siempre sucede, es más fácil juzgar que ser juzgado.

La lucha por ser el primero, que en eso consistía el verdadero reto de Scott, no en llegar al Polo Sur usando unos medios que hoy nos parecerían rudimentarios, fracasó por varios motivos. El determinante fue que el noruego Amundsen se le adelantó un mes y los accesorios que escogió una ruta sumamente arriesgada, que ese “verano polar” fue sumamente frío y que se equivocó en la elección de los animales de tiro y el uso de trineos mecánicos, toda una innovación completamente inútil con la tecnología disponible en ese momento. El resultado fue que Scott junto a sus cuatro últimos compañeros perecieron de hambre, fatiga y frío a pocos metros de la salvación mientras que otros siete sobrevivieron porque el mismo Scott les ordenó que regresaran a medio camino cuando empezaba a escasear las provisiones.

Esta historia, estoy seguro, puede resultar indiferente para muchos. Si no tenemos afán explorador o no somos sobrinos nietos de Scott o de cualquiera de sus acompañantes, debería dejarnos fríos porque los eventos, en sí mismos, son neutros, y en cualquier caso, les pasó a ellos. Si no es así, si a pesar de no ser nada de lo anterior somos capaces de entender y en parte hasta vivir el sufrimiento de esos hombres que, al mismo tiempo, fueron tercos, abnegados, negligentes y unas cuantas cosas más, es porque asociamos esos eventos a un conjunto de emociones, y aunque no hayamos estado nunca en la Antártida, somos perfectamente capaces de imaginar el frío que sintieron y el resto de calamidades por las que tuvieron que pasar. Eso es así porque insisto, los eventos en sí mismos son neutros y sólo cuando los unimos a una o varias emociones quedan fijados en nuestra memoria.

Este mecanismo es el que funciona para fijar conceptos en el aprendizaje. No aprendemos (ni mucho menos aprehendemos) todo lo que se nos enseña, sino sólo aquello que despierta en nosotros emociones y más aún empatía. La historia se aprendía mejor si uno era capaz de ponerse en la piel de los protagonistas, las matemáticas eran pan comido si conectábamos con la lógica del razonamiento, el latín era comprensible si nos imaginábamos vestidos con la toga de los senadores romanos y la literatura era como un parque de atracciones si nos decidíamos a tomar asiento en las vagonetas junto a los autores deslizándonos por las pendientes de los relatos que escribieron para nosotros. En caso contrario, si no nos identificábamos para nada, si nos mostrábamos apáticos, el fracaso estaba cantado. Las asignaturas pasaban por nosotros pero nosotros no pasábamos por ellas. Igual sucede con los eventos sin emoción.

Sin embargo, pienso que la expedición de Scott nos deja otras enseñanzas. Podemos imaginar ese viaje en el que ahora nos vemos embarcados en un cascarón tambaleante y no precisamente para saciar nuestra sed de aventuras. Esta larga crisis por la que atravesamos, por ejemplo. Tal vez nunca hubiéramos querido que pasara pero pasó y el objetivo que nos tenemos que fijar ¿cuál es? ¿Ser los primeros en salir o simplemente salir vivos? ¿De quién es la responsabilidad de regresar sanos y salvos, únicamente de nuestros gobernantes o sobre todo de nosotros mismos? ¿Haremos como Scott que no llevó perros para no tener que matarlos para que los otros perros pudieran comer o estaremos dispuestos a aceptar pequeños, medianos y hasta grandes sacrificios? ¿Cuántos de nosotros regresaremos o moriremos en la orilla? Y sobre todo, ¿cómo seremos cuando esta pesadilla acabe de una vez?

Scott tenía una obsesión, que no era otra que la de llegar el primero. La meta para él no era sólo conseguir algo muy difícil sino hacerlo con prontitud para marcar su preeminencia. Su testosterona y un erróneo sentido del deber y el orgullo patrio fueron sus peores enemigos. Eso y que debido a que la expedición la había financiado en parte una sociedad naturalista se empeñó en recoger muestras del subsuelo hasta prácticamente el fin de sus días que, a la postre y además de su diario, fue lo único que se salvó. Catorce kilos de piedras que arrastraron añadidas al esfuerzo sobrehumano que supuso tener que empujar a mano sus trineos, equiparable a tener que empujar una bañera llena de agua por el desierto. ¿Haremos nosotros lo mismo?

Es fácil imaginar qué debieron haber hecho mejor esos exploradores una vez sabemos el resultado de su epopeya. A distancia y como espectadores, por supuesto. Ninguno de nosotros estuvo directamente implicado pero eso no es óbice para que podamos ser ahora unos magníficos planificadores de expediciones, si puede ser de otros, porque siempre es menos arriesgado dar consejos que aplicárnoslos.


No nos falta la información, disponemos de una tecnología muchísimo más desarrollada que podemos aplicar tanto a los GPS como a las prendas Gore-tex con las que podemos equiparnos para protegernos del frío y la humedad y tampoco es que la vida nos escatime retos equiparables a los de horadar con nuestra banderita lugares ignotos, por más que ahora éstos sean casi siempre mentales.

La expedición de Scott puede ser algo que no nos interese, un evento con el que no nos sintamos identificados o por el contrario, puede ser una fuente de sabiduría de la que aprender. Depende, claro, de nuestra empatía porque recuerdo, los eventos sin emoción son neutros.

De lo que no estoy tan seguro es que no nos resistiéramos a cargar, además, con catorce kilos de piedras, que me da que es a lo que mejor nos aplicamos algunos. Justo lo que no hizo Amundsen quien, como buen noruego, seguro que se llevó a la Antártida una buena provisión de Neutrógena que va bien para casi todo, hasta para comer en caso de necesidad.

18 de mayo de 2010

Dos formas de sacar provecho de una oveja


Uno de los diálogos de la serie Mad Men me enganchó. El director de la agencia de publicidad se dirige a sus directores creativos y les dice: hay dos formas de sacar provecho a una oveja: comer sus costillas o esquilarla todos los veranos. En clave anglosajona viene a ser lo mismo que ya conocíamos por la fábula de la gallina de oro, que no conviene matarla.
La frase encierra dos visiones del mundo. Una, cortoplacista e invasiva que propone el aquí y ahora como paradigma válido y otra, sostenible y de rentabilidad continuada de por vida (de la oveja, se entiende) que se traduce en renunciar a probar su carne hasta mucho más adelante o tal vez nunca.
Estas visiones del mundo tienen múltiples aplicaciones a la cosmovisión y por tanto, a todas las actividades que realizamos a diario y en las que nos implicamos táctica o estratégicamente aún sin saberlo. En todas ellas, lo primero que hay que decidir es la táctica, que consiste en definir el propósito que perseguimos y a continuación la estrategia, que es una palabra con significado diverso pero que puede resumirse en cómo hacer para alcanzar las metas que nos hemos propuesto y si eso falla, en cómo improvisar sobre la marcha. En muchos casos y por desgracia, la estrategia se reduce a esto último.
La táctica implica sopesar qué es lo que nos conviene. Si tenemos hambre, matamos a la oveja aún a costa de renunciar a sacarle un beneficio continuado. Si la oveja no es nuestra, el dilema no existe pero en caso contrario, conviene saber lo que hay que hacer porque esa decisión implica consecuencias a medio plazo. Por lo común, la evaluación de alternativas es algo en lo que fallamos y que se enseña para poder negociar aunque, por lo visto, cuesta mucho aprender.
El término estrategia ha sido adueñado por las elites hasta el punto en que los plebeyos han asumido su incapacidad para tomar decisiones estratégicas. Diríamos, que muchos se han borrado de aplicar esa capacidad para la que se manifiestan en desventaja objetiva, pero no es cierto. A diario tomamos cientos de decisiones estratégicas sólo que no somos conscientes de que lo son.
Nos levantamos por la mañana y observamos el cielo cubierto. Una decisión estratégica es coger o no el paraguas porque lo táctico es que, si llueve, no nos mojemos. Claro que si llueve y vamos sin paraguas siempre podremos protegernos la cabeza con una bolsa de plástico o guarecernos bajo una cornisa. Pero es una decisión estratégica, no hay duda y así todos los días de nuestra vida.
Escoger a qué colegio enviamos a nuestros hijos es una decisión táctica porque tiene muchísimas implicaciones, pero decidir parar o acelerar ante un semáforo en ámbar es una decisión estratégica que tomamos en función de un objetivo previo: llegar a tiempo a un lugar o evitar ser multados. Lo mismo sucede con cosas mucho más elevadas que se reflejan en la economía de un país pero la mecánica es la misma.
Si gobierno un país y mato a la oveja y reparto su carne en forma de subvenciones a troche y moche produzco satisfacción cortoplacista y aumento mi expectativa de votos pero genero déficit público y al final tengo que tomar medidas impopulares; si la dejo pastar todo el año puedo hacer algún bien pero sólo cuando he vendido la lana. Una decisión táctica, sin duda.
Otra cosa es que tenga que corregir el déficit público (táctica) pero entonces he de decidir qué partidas recorto para lograrlo (estrategia) y es entonces cuando me acuerdo de que en lugar de haber matado la oveja debía haberla dejado pastar hasta que me diera lana. Un lío, pero como ya estoy en él no me queda otro remedio que decidir y valorar las consecuencias de lo que haga.

Me pregunto si convendría mandar una copia del capítulo de la serie a la Moncloa.

14 de mayo de 2010

El circo de las mariposas


Para ponernos en situación, hay que imaginar que estamos a punto de iniciar un merecido fin de semana. Esta, en concreto, ha sido de aúpa, así que no está de más que nos concedamos un merecido descanso sobre todo de alma.

Os propongo que veamos una peli que dura veinte minutos. Si no disponéis de ese tiempo os pido que no iniciéis la proyección y que lo dejéis para mejor ocasión. Si tenéis niños en casa invitadlos a que os acompañen, apagad las luces y si además podéis conectar vuestro equipo con una tele de gran formato o si tenéis un proyector, mucho mejor. El vídeo viene en formato de alta calidad, así que todo tiene su importancia.

No tengáis prejuicios porque la peli sea en versión original y esté subtitulada. Es una de esas pelis cuyo mensaje podría entenderse incluso si se tratara de cine mudo, tal es su fuerza.

Y cuando acabe la proyección y si os apetece, continuad leyendo.




Espero que os haya gustado.

Vivimos tiempos turbulentos en los que subimos y bajamos crestas como si fuéramos montados en una montaña rusa desbocada. Así son las cosas siempre que algo se mueve para dejar paso a una nueva realidad, a un segundo nacimiento, de la misma forma en que una oruga pasa a ser una mariposa.

Aceptamos que estamos ante un ciclo de crisis económica, pero nos cuesta más admitir que también estamos asistiendo al inicio de una nueva vida de la que hemos de ser los protagonistas.

“El circo de las mariposas” cuenta una historia que enternece pero cuya principal virtud es que habla de todos y cada uno de nosotros. ¿Quién eres tú? ¿Will que no tiene brazos ni piernas, uno de esos niños que le lanzan tomates, Méndez que es capaz de ver lo que otros no ven, el forzudo ex pendenciero, el niño que no sabe que todo capullo encierra una mariposa, el padre que da confianza a su hijo para que de mayor sea lo que quiera, el niño aquejado de polio o su madre?

Tenemos un poco de todos ellos ¿no?

Esta pequeña joya es un regalo que yo recibí y que comparto. Otros muchos lo hicieron antes y hoy es una referencia a la que se ha encontrado muchas aplicaciones. Al coaching, por ejemplo, porque explica cuál es su esencia: todos tenemos una potencialidad infinitamente mayor que la que nos concedemos, de la misma forma que una bellota contiene una encina. Todo está en nuestro interior pero necesitamos que alguien crea en nosotros, empezando por uno mismo.
Otros han usado esta película para ilustrar en qué consiste el liderazgo inspiracional. Yo diría que incluso el liderazgo a secas, porque se observa lo que distintos líderes pueden conseguir con la misma materia prima. No falta quien ha visto en ella la clave de la superación de sus adversidades y también tienen razón, pero lo más importante es lo que hayas visto tú.

Seguramente no te habrás quedado indiferente y si mañana o la semana que viene te apetece volver a verla te animo a que lo hagas. Es probable que, por el mismo precio, veas cosas nuevas.

Buen fin de semana.

3 de mayo de 2010

Yo no fui

La búsqueda de la inocencia es una constante en nuestra vida, sólo que muchas veces la inocencia no es un consuelo ni tampoco un valor, sino todo lo contrario. Imaginemos una reunión de responsables funcionales que se aprestan a presentar en el comité de dirección los motivos por los que no han logrado un resultado. Su objetivo no será otro que tratar de demostrar su inocencia, su no responsabilidad en el incumplimiento. “No soy culpable, el culpable puede que sea otro”, “si de mí hubiera dependido, pero por desgracia las circunstancias no acompañaron”, “tal vez mis colegas puedan dar sus razones”… pero yo no fui, que quede claro, ergo soy inocente.
Si todos los reunidos presentan argumentos “irrefutables” de la misma naturaleza, la conclusión es clara: todos somos inocentes pero el resultado no se obtuvo, de eso no hay duda. Entre todos la matamos y ella sola se murió. Triste consuelo el que aporta la inocencia, porque demasiadas veces nos deja al margen del problema aunque no seamos tan conscientes de que nos inhabilita para la propuesta de soluciones.
Recuerdo multitud de escenas similares a esta, a veces como espectador y otras como actor. Nadie quiere presentarse como responsable de lo que va mal porque es más sencillo culpar a la coyuntura que me da la razón que integrarla en mi acción. No se vende nada porque hay crisis ¿quién puede negar eso? Ahora bien, distinta cosa sería si integrara la crisis en mi escenario porque entonces lo que tendría que ver es qué y cómo tengo que vender si hay crisis. Ya no soy víctima de las circunstancias, sino que las integro impulsándome a la acción.
Imaginemos que mantengo un lápiz sostenido en mi mano y lo suelto. ¿Por qué cayó? Por la fuerza de la gravedad. ¿Qué parte de culpa tengo yo? Ninguna, faltaría más. Fue la fuerza de la gravedad lo que hizo que el lápiz se cayera. Está claro que soy completamente inocente de que el lápiz se haya despuntado ¡culpemos a la ley de la gravedad! ¿Quién puede negar este hecho irrefutable?
Sin embargo, sí que tengo mucha responsabilidad en ese suceso. Claro que la gravedad existe, pero mi responsabilidad incluye asumir su existencia y sus leyes. Si el lápiz se cayó fue porque yo lo solté o se me escurrió entre los dedos y de eso soy plenamente culpable. Ya sé lo que sucede cuando suelto el lápiz: que la gravedad hace que se caiga. Puede que no sea completamente culpable, de la misma forma que no soy en absoluto inocente porque sabía perfectamente lo que pasaría.
Esta búsqueda de la inocencia parte de un error de enfoque muy común: Tengo lo que tengo porque soy como soy o estoy donde estoy, en lugar de este otro: En función de lo que soy o dónde estoy hago lo necesario para obtener lo que deseo.
Las diferencias entre ambos enfoques son muy claras: el orden de los postulados y la aparición o ausencia del verbo “hacer”. El primero me excluye por completo del resultado de la acción: exactamente igual que los que se reunieron para demostrar su completa inocencia ante el desastre, mientras que el segundo me convierte en protagonista de pleno derecho porque:

1º) tengo conciencia de las condiciones en las que opero y cuáles son mis limitaciones
2º) ejerzo alguna acción para conseguir mis propósitos
3º) soy responsable de los resultados que obtengo

Esta “llamada a la acción” (call to action) está íntimamente relacionada con multitud de escenarios entre los que mencionaré tres: el espíritu de superación de marcas deportivas, el planteamiento de una acción de marketing o la base del coaching. Dado que no soy deportista practicante ni tampoco estoy interesado en este momento en proponeros acciones de marketing, me centraré en la parte del coaching que lo ilustra a la perfección.
Cualquier tipo de coaching parte de un mismo supuesto: la capacidad de desarrollar nuestra propia potencialidad. Es decir, no se basa en aprender cosas que no sabemos o no están en nosotros, sino en aflorar lo que llevamos dentro pero no hemos desarrollado suficientemente. Por tanto, no apela a la inocencia (lo que no somos o no sabemos) sino a nuestra implicación en los resultados que obtenemos a través del ejercicio o el esfuerzo que aplicamos en la puesta en acción de nuestras habilidades (lo que está en nosotros y por tanto en nuestras manos hacer). Por ello el coaching es tan poderoso y tan temido a veces, porque nos separa de nuestras excusas para acercarnos a nuestra responsabilidad sobre los resultados que obtenemos.
Parte de lo que somos para compararlo con lo que estamos siendo y las diferencias, por lo general, son muy acusadas. Por eso no es un ejercicio especialmente apto para “inocentes” que creen que “la culpa fue del cha, cha, cha” sino para aquellos que, asumiendo su responsabilidad, están dispuestos a mejorar su rendimiento.
Hace ya años, cada vez que me reunía con uno de mis jefes y le contaba lo calamitoso que era algo, la primera pregunta que me hacía era: ¿qué parte de culpa tienes tú en eso? Entonces no lo sabía porque no se había inventado el término, pero me estaba haciendo coaching y enseñándome que lo único que no estaba dispuesto a admitir era mi completa inocencia, así que el “yo no fui” acabó desapareciendo de mi lenguaje en la misma medida que empecé a desconfiar de los inocentes.

Por si a alguien le puede interesar, que creo que sí.

16 de abril de 2010

Meterse a consultor a los cuarenta y tantos

Una consecuencia más de la crisis en la que estamos inmersos ha sido la cantidad de personas que han tenido que reorientar su carrera profesional “por narices” hacia nueva profesiones que, en algunos casos, nunca en la vida imaginaron que iban a desempeñar. Como todos tenemos más o menos cercano algún ejemplo de estos, no me extenderé más.
Por otra parte y ante la misma situación, conozco a bastantes buenos amigos que han decidido o están decidiendo en estos meses iniciarse en el mundo de la consultoría, mi profesión desde hace más de diez años o sea, que no puede decirse que sea un neófito. Algunos, han pedido mi consejo además de mi ánimo, con el que ya contaban de antemano.
Sin embargo, a todos les digo que nuestra profesión no es sencilla, por más que todo el mundo se sienta capacitado para convertirse en consultor, una profesión con más glamour aparente que real. Como es difícil definir en qué consiste nuestro trabajo (y lo comprendo porque mi madre me lo pregunta cada dos por tres
) imaginan que se reduce a identificar en qué son buenos y acercarse a potenciales clientes con su oferta empezando por los amigos. Como son buenos (y muchos lo son), creen que con eso basta. Y no basta. Y además, hasta suele perderse amigos. Así que mi primer consejo es no acercarse a ellos en busca de los primeros encargos si se quiere conservar la amistad.
Esta profesión en la que, como en otras, abunda más lo mediocre que lo verdaderamente bueno o lo malo tiene algunas características peculiares que conviene recordar. La primera, que no es lo mismo integrarse en una organización que trabajar en solitario. En mi caso, he vivido las dos experiencias y está claro que no es lo mismo ni parecido.
Si formas parte de un equipo tienes algunas ventajas. La primera es que tus conocimientos se ven retroalimentados por los de tus compañeros -que, en parte también son tus rivales-, tus capacidades se combinan con las suyas, sus experiencias son lo más parecido a escarmentar en cabeza ajena, etc. Pero también tiene sus desventajas, la más importante es que actúas bajo una marca, unas normas y unas filias y fobias con las que normalmente ni te identificas ni te sientes cómodo. En una organización, y en eso caes en la cuenta muy pronto, es muy frecuente que las únicas satisfacciones que recibas provengan de tus clientes y de casi nadie más. No lo olvides.
Trabajar por tu cuenta también tiene luces y sombras. Lo más gratificante es que decides a qué te dedicas, enfocas los servicios y los proyectos como mejor te parece, estableces tus tarifas y minimizas costes, haces tu propio marketing, etc. Pero también tiene muchas dificultades, empezando por esa sensación de la soledad del corredor de fondo que nunca te abandona, la práctica imposibilidad de que alguien te eche una mano de forma realmente desinteresada, si venías de una organización mayor la certeza de que (gran) parte de tus clientes no te seguirán porque estás solo aunque nunca lo reconozcan por consideración a ti, la imposibilidad de aportar referencias que lo fueron antes pero para las que no has vuelto a trabajar desde que eres tu propia marca, etc.
En esta descripción de pros y contras deliberadamente no he mencionado otra serie de razones que hacen de esta profesión algo sumamente peculiar. A modo de confesión, deslizo para mis nuevos competidores/amigos que en consultoría nunca sabrás con certeza por qué consigues un contrato como tampoco sabes muchas veces por qué no lo has conseguido.
La lógica de que a necesidad del cliente bien identificada seguida de una oferta de servicios consistente y a unos precios ajustados le sigue la aceptación de la propuesta, no funciona. El networking como modo de identificar clientes potenciales “potencialmente” interesados en tu producto tampoco funciona demasiado bien y como te descuides puedes acabar pagando suculentas cuentas de comidas o de cenas sin resultado a cambio de muy buenas palabras y ambiguas oportunidades “para el año que viene”. Ya decía un colega mío que en esta profesión hace falta comer muchos langostinos para poder comer todos los días lentejas.
En esta profesión y dando por supuesto que realmente tienes una propuesta de valor que te identifique con toda claridad como un experto, sólo vendes cuando se da la concatenación de todas estas circunstancias: que el cliente tenga realmente un problema, que ese problema le quite el sueño, que llegues en el momento oportuno, que hayas dicho o hecho algo de lo que casi nunca serás consciente que ha despertado en él la sensación de que tú eres su solución, que no pase mucho tiempo hasta que presentes tu propuesta y que no suceda nada “imprevisible” que dé al traste con las ganas o la oportunidad de comenzar el proyecto. Sólo entonces vendes.
Además de eso, hay dos épocas del año especialmente peligrosas. Una en el mes de julio, cuando justo antes de irse de vacaciones los clientes son especialmente receptivos a recibir propuestas, tuyas y de otros, claro. Incluso puede que te llamen. No te confíes, pasado el verano esas ganas repentinas de hacer cosas suelen desvanecerse. Así que mi consejo es que las propuestas sean cortas y concisas, cuanto más mejor, en aras a economizar esfuerzos y gastos de imprenta.
Otra época tanto o más peligrosa es el periodo que va de mediados de noviembre a mitad de diciembre. En esa época los clientes suelen entrar en celo debido a que están elaborando los presupuestos para el año que viene. La receptividad es alta, la duración de las reuniones especialmente corta, los requerimientos enormes, la extensión de los colectivos sobre los que actuar tan amplios como la estepa siberiana y además, el clima entrañable de esas fechas hará que recibas muchas felicitaciones navideñas, lo cual te hará albergar “fundadas esperanzas” de que estás “en sus oraciones”.

Mi consejo es que el día después de Reyes te prepares a hacer pressing por toda la pista. Si te sale bien, tendrás resuelto el primer trimestre y si no, estás en la misma casilla de salida que en el mes de noviembre y habrás perdido buena parte de los ingresos previstos para el primer trimestre.
En suma, esta es una profesión con un ciclo anual muy corto que, entre vacaciones de semana santa, verano y su vuelta y vacaciones navideñas hasta el lunes siguiente a Reyes, apenas deja seis meses al año que puedan considerarse lectivos y potencialmente productivos.
Así pues, confío en que algunos lean este artículo antes de pensarse en meterse a consultor. Si aún así están dispuestos, mucha suerte y ya saben que, para lo que esté en mi mano, estoy a su disposición.

26 de marzo de 2010

Anatomía de la gente guapa

Hubo un tiempo, allá por los años 80, en que se vivió una época de vino y rosas que creó un microcosmos selecto conocido como beautiful people también conocido como de la cultura del pelotazo que contó con insignes personajes de los cuales hoy en día apenas queda alguno en activo pero que durante esa época fue el modelo a seguir, ocupó páginas de los incipientes periódicos de hojas salmón, recuperó del ostracismo a los fabricantes de gomina y fijadores y hasta elevó el glamour de algunos correccionales (caso Mario Conde, por ejemplo).
En la década de los 90 esta casta selecta fue imitada por una buena porción de la sociedad. Quien tenga memoria a medio plazo recordará la explosión de Mercedes, Audis y BMWs que empezaron a aflorar por todas partes comprados a crédito y a tasas de interés entre el 9 y 16%. Todos aspiraban a ser gente guapa que paseaba sus berlinas, se vestía en los democratizados modistos (sobre todo Adolfo Domínguez y Roberto Verino), viajaba los puentes a Nueva York y los veranos a Marbella y se peinaba en salones a los que había que reservar con antelación y donde te asignaban una cuidadora personalizada que cuando cogía la gripe y no podía atendernos nos creaba más quebraderos de cabeza que cuando se rompía la cañería del baño y el fontanero no acudía.
En los 2000 y con el cambio de milenio nos emborrachamos pensando que podíamos pagar pisos de 60 m2 a precios de 300 m2 y entendimos como lo más normal del mundo que las hipotecas se dieran hasta a 50 años lo cual supone, incluso a bajas tasas de interés, pagar intereses equivalentes a 10 veces el valor nominal que pedíamos prestado. Hasta hace dos años afloraron los chiringuitos especializados en refundir y refinanciar nuestras deudas siempre que se pudiera aportar garantía hipotecaria. Es decir, que cuando nos ahogaba el pago solapado de los créditos que habíamos pedido y obtenido para pagar al mismo tiempo el visón, el coche, las vacaciones y el cambio de muebles de la habitación de los niños, había quien se ofrecía a unificar esos créditos y alargarlos hasta el infinito para que la cuota se aliviara siempre que pudiéramos poner como garantía el piso que acabábamos de pagar. No estaba mal. Para pagar el coche que conducíamos debíamos alargar las cuotas hasta el momento en que habríamos mandado al desguace no ése sino los próximos tres coches que nos compráramos. Todos queríamos ser gente guapa y como no podíamos vendíamos nuestra alma al diablo con tal de parecerlo.
El choque con la realidad se produjo hace dos años. Hoy en día conozco algunos de esos “guapos” que van a comer con su familia a los establecimientos de Caritas, que tienen que pedir dinero a sus familias para parecer que mantienen su estilo de vida rumboso y eso por no mencionar la cantidad de padres que han descubierto las excelencias de la escuela pública después de abominar de los centros de enseñanza privada que enseñan en inglés.
La señora que viene a limpiar a casa luce modelos de diseño, está casada con un viajante de tintas industriales que se hace los trajes a medida, se toma vacaciones de mes y medio en verano, además de quince días en semana santa y navidades y pasa los fines de semana de invierno en un apartamento del Valle de Arán donde consume los forfaits de las pistas de esquí con la misma naturalidad que otro toma cervezas.

¿Habrá cambiado la anatomía de la gente guapa? Vivo en el más absoluto desconcierto.

8 de enero de 2010

¿El final de un modelo de gestión de las personas?

Decía un filósofo griego que el final de un ciclo se adivina porque “eso” ya no interesa, lo cual es una gran verdad. Nuestro actual modelo económico y productivo toca a su fin, no sólo porque estemos en crisis sino porque ya nadie tiene fe en él, no interesa a nadie, vamos. Los que estamos en el mundo de la prestación de servicios profesionales lo hemos sabido antes que muchos porque en eso actuamos como los detectores del grisou de las minas de carbón. Antes de que el mortífero gas sea perceptible, el canario cae abatido en su jaula.
Los consultores, para lo bueno y para lo malo, tenemos una sensibilidad mayúscula al “descuento” de la confianza empresarial ya sea ésta baja o nula y renacemos cuando esa confianza es alta o creciente. Antes de que hubiera paro a mansalva ya veíamos que los proyectos se ralentizaban, que los contratos se incumplían, que pintaban bastos, incluso en el caso de clientes con (todavía) pingües beneficios. Y aunque nadie sabía por qué, en cuanto uno se encogía todos los de su sector se metían en la trinchera, por si acaso.
Ahora iniciamos un nuevo ciclo (no sólo un nuevo año) y vuelve a decirlo este humilde canario del grisou, no porque tenga más olfato que nadie sino porque percibo que los empresarios tienen más confianza que el año pasado, aunque siguen sin tener la menor idea de lo que quieren hacer en cuanto salgamos de esta, salvo “no repetir los errores del pasado”. ¿Y cuáles eran esos? preguntamos con sana curiosidad. Y más allá de unos cuantos tópicos, ni idea, nos responden. Pues vamos bien y no lo digo con retintín sino con fe, porque ese “ni idea” significa que estamos entrando en un nuevo ciclo que como todos los nuevos, empieza por ser completamente indefinible y por no entender absolutamente nada de lo que está pasando.
En estas condiciones acaba de aparecer varios artículos relacionados con los cambios de tendencia en la gestión de Recursos Humanos para el 2010 que mezclan algunas de cal con otras de arena. Una idea clara, además de señalar la muerte de la retribución fija en favor de la variable (funcionarios aparte, claro, que este año se van a comer un colín) es la apuesta por la potenciación del uso de las herramientas 2.0 (¡ya era hora!) para añadir a continuación… pero no sólo a nivel del uso generalizado de estas herramientas sino sobre todo de estilos de gestión y de liderazgo. En suma, de pura filosofía 2.0.
Y ahí sí que, corporativamente, uno siente esperanza pero también se le encoge el ombligo porque si eso significa que los empresarios y directivos tienen que reconvertirse y abrazar el liderazgo en clave de transparencia, comunicación, intercambio de conocimiento, etc. (que es lo que significa el 2.0) en líneas generales vamos dados no tanto por falta de práctica (casi nadie la tiene, pero tranquilos que para eso estamos los consultores) como por lo que eso supone de giro copernicano respecto a los esquemas de gestión y sociales imperantes hasta el momento (compañeros, ya sabéis, a volver a predicar en el desierto y a que nos vuelvan a mirar con cara de haba tildándonos de vendedores de humo).
Por no mencionar que siempre me hace gracia oír hablar de recursos humanos como si todos trabajásemos en oficinas con acceso a Internet, lo cual no deja de ser un pecado original en casi cualquier diagnóstico sobre tendencias que se precie y en muchísimas ofertas de servicio, sólo explicable por el hecho de que en esos nichos es donde hay tostada que comerse, lo cual no impide decirles a los "señores de las tendencias" que además del sector terciario ¡aún quedan unos cuantos del sector primario y muchos del secundario que de momento no van a precisar de twitter para ser más efectivos!
De todas formas, la verdad es que nuestro país nunca se ha distinguido especialmente en esto de tener cintura para el cambio, aunque si vemos nuestra capacidad mimética para abrazar las tendencias de management es seguro que el nuevo modelo acabará imponiéndose…tarde, pero imponiéndose.
Ahora hagamos el viaje en sentido contrario. ¿Cómo quisieran ser gestionadas las personas? Silencio prolongado y tímidas respuestas a lo lejos: con respeto, apreciando en ellas la lealtad, la dedicación, el desempeño, siendo retribuidas en función de su valía y contribución, permitiendo que sus opiniones sean escuchadas, etc. Nada nuevo y eso también huele a periclitado en un país en el que hoy por hoy es más sencillo y barato el despido colectivo por causas económicas que el individual por falta de rendimiento o de actitud.
Así que, en realidad, nadie sabe nada. Los oráculos no hablan, los gurús siguen de vacaciones indefinidas, las organizaciones patronales se repiten más que el ajo empeñándose en la rebaja de las cotizaciones sociales y la obtención del despido libre y los sindicatos tratando de salvar los muebles de los que todavía tienen trabajo. Pero más allá de eso que suena como caduco y con las horas contadas, nada, ni una sola idea novedosa que no implique más gasto a costa del estado vía subvención que, nos guste o no, siempre acaba traduciéndose en más déficit, más impuestos y más retraso en la salida del agujero en el que nos encontramos.
El otro día un directivo de una empresa me contaba el caso de un obrero de su fábrica que estaba en situación de ERE y que fue llamado antes de tiempo para que se reincorporara al trabajo (buena noticia ¿no?). ¿El lunes? Imposible. Es que como estoy de ERE me voy a esquiar con la familia toda la semana, arguyó el angelito.
Lo dicho. Estamos al final de un ciclo (o Era) e inicio de otro (u otra), lo que hace que los consultores nos preguntemos qué contarles a nuestros clientes porque lo de antes “ya no sirve” y respecto a lo de ahora “pues no sé qué decirte”. Como para hablar de tendencias, vamos. Y así pasa lo que pasa, que unos no saben lo que necesitan y los otros no saben qué ofrecer que no suene a rancio a pesar de que por ahí aparezcan tendencias (para gestionar personas o para lo que sea).
Salud que haya.

20 de octubre de 2009

Usted mismo con su propio mecanismo

Una de las consecuencias de la macro crisis de 1973 (prehistoria para muchos) fue que se modificaron sustancialmente los procesos de fabricación y durabilidad de los bienes de consumo. Si a alguien le alcanza la memoria, recordará que, por ejemplo, las máquinas de escribir que antes se fabricaban a conciencia y que podían y solían pasar de padres a hijos fueron sustituidas por otras más baratas pero de duración determinada. Por ejemplo, si comprabas una Olivetti Lettera el número de modelo que aparecía era un indicativo del tiempo estimado de vida útil (en clave, por supuesto).
Lo mismo sucedió con la mayor parte de electrodomésticos. Por ejemplo, las tostadoras que antes se construían de hierro y acero fueron sustituidas por otras que incorporaban el plástico y la hojalata. Consecuencia: más ligeras, más baratas y, por supuesto, menos duraderas.
A eso contribuyeron, entre otras, dos causas principales: una, el encarecimiento de las materias primas como consecuencia del sustancial incremento del precio del petróleo y otra, mucho más importante, la aparición de la publicidad masiva como ariete de la sociedad de consumo que se ocupó a partir de ese momento y hasta ahora de crear la necesidad de comprar una tostadora mueva aunque la nuestra funcionara perfectamente y/o que sintiéramos la necesidad de poseer otra tostadora idéntica a la anterior pero con una carcasa modificada y un nuevo nombre de modelo creando la ilusión de que habíamos escalado en nuestro nivel de vida.
Durante los años que precedieron a la crisis actual y desde la aparición de la globalización (que por cierto, fue otra gracia que nos dejó la crisis de 1993 mucho más reciente en la memoria), el fenómeno de la deslocalización se reveló como fundamental en la contención de costes. Era y sigue siendo mucho más barato que el utensilio que antes se fabricaba en el mismo país donde se consumía se deslocalizara a China o a cualquier otro país emergente porque el factor que más incidía en el precio final era el coste de la mano de obra. Hoy es mucho más barato comprar un genuino botijo alcarreño hecho en China que en cualquiera de las fábricas nacionales (si es que queda alguna, cosa que dudo). Todos los países del primer mundo nos hemos aplicado con furor a esta tendencia, con lo cual no hay nadie que esté libre de culpa.
Pero claro, eso no era suficiente. El siguiente paso consistió en que cuando el bien de consumo en cuestión se estropeaba teníamos que llevarlo a reparar al servicio técnico, oficial y nacional por supuesto, donde nos aplicaban unas tarifas por hora que en muchos casos desaconsejaban la reparación y provocaban que saliera mucho más a cuenta tirarlo a la basura y comprar otro nuevo.
El paroxismo de esto que digo son las impresoras/fotocopiadora/escaner cuyo precio de compra es similar al coste de un par de repuestos de carga de tinta con lo cual, casi sale más a cuenta tirarla a la basura cuando te has quedado sin toner y comprar una nueva que, por cierto, incluye cargas de tinta idénticas, que comprar los recambios originales. Esto se lo cuentas a tu padre -ya no digo a tu abuelo- y se echa las manos a la cabeza, pero es rigurosamente cierto. Una HP Photosmart Express C5280 all-in-one cuesta alrededor de 80 € en Mediamarkt y un juego de recambios de tinta blanco y negro y color para esa misma impresora cuesta 70 € en el mismo sitio.
Y digo yo que ahora que parece que se nos ha fundido los plomos de la capacidad de inventar cosas para que la economía se relance, os propongo un paso más. ¿Y si nos montamos nosotros mismos las cosas que necesitamos, en plan bricolage, como si fueran muebles de Ikea? Oye, que ahí tenemos un margen de ahorro enorme, no te creas. Yo, por si acaso, ya he dado el primer paso. ¿Alguien se anima?

9 de octubre de 2009

Transparencias

Empiezo este artículo preguntándome si puede hablarse de transparencias buenas y malas. Sí, me digo, por supuesto. Un ejemplo de transparencia buena sería la de los árbitros que cuanto menos se nota su presencia en el terreno de juego, mucho mejor para todos. Por el contrario, una transparencia mala sería la del padre ausente en la infancia de sus hijos. La transparencia, pues, es una cualidad dual, como muchas otras cosas de la vida.
Recuerdo una inolvidable novela que luego fue llevada a la pequeña pantalla de mano de la prestigiosa cadena Granada, “La Joya de la Corona” de Paul Scott, emitida en 1985 en nuestro país en formato de serie. Quizá algun@s la recuerden o hayan leído el libro que, a pesar de su volumen y después de lo de la trilogía de Milennium, tiene la misma levedad que un aperitivo.
El personaje central de la novela -no tanto en la serie- es Ronald Merrick, un atormentado oficial destinado en la India en los estertores finales de la dominación británica que ve como su mundo se desmorona al mismo tiempo que su carrera. En una de las muchas escenas corales de la serie, Merrick suelta una frase memorable a la mujer a la que ama en un secreto a voces: “parece que soy transparente para usted” y acto seguido, la dama le deja plantado y se marcha en busca de un canapé que llevarse a la boca y de una conversación más agradable y menos comprometida. La reacción del oficial no se hace esperar, se va al cuartel y la emprende a trompazos con unos cuantos hindúes sediciosos hasta calmarse y recuperar el aplomo y la flema británica.
Estos días observo una creciente preocupación por eso de la (mala e indolente) transparencia. He recibido un powerpoint en el que se ve a una niña china recién nacida y muerta tirada en medio de la calle ante la completa indiferencia de todo el mundo que pasa a su lado; Ginebra, en su blog, relata la historia de una inmigrante embarazada que se siente indispuesta sin que nadie le pregunte qué le pasa o que acuda en su auxilio; Cubelli en el suyo, nos relata otra historia de transparencias… y no sigo, aunque hay un montón de ejemplos similares en la red y en la vida.

Qué estaremos haciendo mal, me pregunto. En estos tiempos de crisis, los proveedores son transparentes para los clientes, los maestros para sus alumnos, los pobres para los más afortunados. Hay magníficos blogs que no reciben visitas, fantásticas oportunidades que pasan desapercibidas, muy buenas causas o proyectos que se consumen por falta de seguidores o un mínimo entusiasmo. La transparencia, como manifestación de la indolencia más pavorosa, nos está invadiendo poco a poco como una enfermedad grave que mata sin avisar y que, por desgracia, no puede curarse sólo con la ingesta sistemática de Actimel y bifidus activus.
Lo que subyace a flor de piel, tampoco es necesario llegar al fondo de la dermis para dar con ello, es el individualismo que aparece en toda su amplitud en dos momentos opuestos de la vida: cuando las cosas van muy bien o cuando van muy mal. Dado que estamos en horas bajas no es de extrañar que mucho de lo que vemos a nuestro alrededor no nos guste y hagamos como si no existiera convirtiéndolo en transparente a nuestros ojos aunque lo tengamos delante de nuestras narices.

De lo que no parece que nos demos tanta cuenta es que cada vez que hacemos eso, alguien nos señala con el dedo y como Merrick, algún día la emprenderá contra nosotros. Es sólo cuestión de tiempo.

25 de septiembre de 2009

Alta tensión

El comportamiento ante situaciones de alta tensión no es igual en todas las personas. Si atendemos a la clasificación de estilos sociales, podemos definir cuatro tipos de respuestas. Cada persona tiende a alinearse con uno de esos perfiles sociales, sobre los que ahora no me extenderé, de forma que seguramente os veáis reflejados en uno de los comportamientos arquetípicos que describo.

Tipo A
Tienen poca tolerancia bajo presión. Ante situaciones de tensión explotan con facilidad aunque por contra no son rencorosos y se les olvida con mucha facilidad por qué reaccionaron visceralmente y hasta con quién lo hicieron. Pero cuando veáis a alguien de este tipo esconderos en las trincheras porque si os pilla en el momento de máxima agitación puede pasar cualquier cosa.

Tipo B
A estos las situaciones de tensión les llevan a tratar de aplacar a quien las provoca. Su línea de defensa consiste en retroceder ordenadamente viendo si la cosa se calma un poco. Una vez rebasadas sus últimas defensas lo que hacen es plegarse a las exigencias de quien provocó la situación de tensión.

Tipo C
Estos son seres que aparentemente toleran bien la presión y la tensión. Desde luego, no demuestran que les afecte aunque no sea así. Su reacción tiende a la racionalidad, a no perder la compostura y a dar respuestas lógicas.

Tipo D
Los tipo D sufren con las situaciones tensas. No les gusta ni siquiera cuando la cosa no va con ellos. Su reacción preferida es camuflarse con el paisaje y a poder ser, salir por piernas, aunque hayan sido ellos los provocadores del desaguisado.

Todas las personas tendemos a ser complejas en la manifestación de nuestros estados emocionales pero eso no sucede cuando hay que enfrentarse a la tensión o a actuar bajo presión extrema. Ahí somos de una sola e inequívoca forma de ser que, en definitiva, muestra nuestro estilo social. La inteligencia emocional mide dos cosas: cuál es nuestro estilo social y cuánto somos capaces de adaptarnos al resto de los estilos.
Ahora imaginemos que estábamos embarcados en el Titanic. Cada una de las personas que estaban a bordo pertenecían a distintos estilos sociales. Más o menos, seguro que había el 25% de cada uno de ellos. Sin embargo, su reacción ante la situación de emergencia fue distinta. Unos corrieron hacia los botes con premura incluso saltando por encima de los demás, otros entraron en pánico y no sabían que hacer, otros trataron de ordenar las filas de embarque siguiendo criterios racionale, otros calcularon qué probabilidades había de que les tocara bote de salvamento y otros terminaron por quedarse junto a la orquesta que seguía tocando mientras el buque se hundía.
En tu caso, cuál crees que hubiera sido tu reacción. En definitiva, ¿cual crees que es tu estilo social? Y esta vez no vale decir "depende", que ya nos conocemos.
Si el tema gusta, seguiremos con ello.