
Sortilegio: 1. m. Adivinación que se hace por suertes supersticiosas
Un pastor trashumante aseguraba que era capaz de adivinar la distancia que le separaba del siguiente pueblo sólo por el sonido de las campanas de su iglesia. Un día que se encontraba junto a una carretera cuyo paso interrumpió con sus ovejas, entretuvo con su historia la espera de un automovilista detenido forzosamente esperando que pasara el rebaño. Le apuesto lo que quiera a que esas campanas están a una distancia de doce kilómetros y medio. Si no me cree vaya a comprobarlo y si tengo razón vuelva a decírmelo.
El automovilista aceptó el trato y una vez que arrancó de nuevo puso a cero el marcador de su cuentakilómetros y se pasmó al comprobar que, en efecto, desde el punto en que se encontraba hasta el siguiente pueblo la distancia era exactamente de doce kilómetros y medio.
Asombrado y ansioso por saber cómo podía obrar ese prodigio volvió tras sus pasos para felicitar al pastor por su acierto, pero cuando llegó al punto donde había dejado al rebaño el pastor y sus ovejas ya estaban lejos. Lo que vio en su lugar fue una vieja señal de tráfico tirada en el suelo que indicaba la distancia hasta el pueblo.
Traigo a colación esta historia para ilustrar las supuestas capacidades de las que muchos alardean sin ser tales. En tiempos de crisis abundan los ejemplos de falsos profetas que nos anuncian futuros esplendorosos o catastróficos a partes iguales. Lo malo de la supuesta adivinación del pastor trashumante es que tenía truco, juega con nuestra capacidad de sorpresa para generar una confianza que de otro modo no se justificaría.
Sin embargo, depende de quién nos venda la burra. De los magos de chistera no esperamos autenticidad porque sabemos que son ilusionistas, pero de un pastor sí porque asumimos que tienen la capacidad de identificar signos que los de ciudad tenemos completamente atrofiados. Si te dicen que lloverá, corres en busca de un paraguas y si te dicen que la campana suena a doce kilómetros y medio, al menos les concedes el beneficio de la duda y si encima aciertan, los subes a los altares.
La seguridad y la confianza están íntimamente relacionadas. Sin la seguridad que se genera a través de la confianza no es posible acometer ni una sola acción de la misma forma que, ante la ausencia de confianza y ya no digo cuando aparece la desconfianza, la inseguridad es paralizadora. Crees porque confías y eso te da seguridad, no crees por lo contrario, así de simple.
Si el automovilista no hubiera descubierto la señal de tráfico habría elevado al pastor a los altares aún sin saber cómo lo había hecho. Esa es la clave de la generación de confianza, que no precisa justificación. Es curioso como en esto actuamos a campo descubierto en contra de lo que tratamos de hacer tan a menudo, que es tirarnos a la piscina con flotador y manguitos. Tal es el poder de la confianza.
La fe es una extrapolación de la confianza. Tenemos fe porque confiamos en algo que todavía no ha sucedido o no depende de nosotros. Muchos creen en la vida eterna porque tienen confianza en las enseñanzas religiosas y a eso le llamamos fe, tenemos fe en el cirujano que nos va a operar porque hemos depositado en él toda nuestra confianza. Para una y otra cosa no tenemos constatación fehaciente. No pedimos certificado de autenticidad ni a Dios ni a nuestro médico. Tampoco le exigimos la acreditación de las horas de vuelo al piloto del avión en que viajamos.
La confianza nos convierte en crédulos por elección y por eso aparecen tantos profetas. Por ejemplo, en estas últimas elecciones muchos han cambiado su voto porque han descubierto que los que votaron antes defraudaron su confianza y porque necesitamos confiar en quien nos promete una vida mejor. Los que desconfían de todos se han quedado en casa y ya está.
Volvamos a nuestro pastor trashumante y pongámonos en la piel del conductor crédulo. ¿Cómo hubiéramos reaccionado?


















