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11 de noviembre de 2011

La marea


Vivimos tiempos convulsos en los cuales la reflexión nos lleva al uso de imágenes para ilustrar las cosas que pasan. El poder de las imágenes es enorme no sólo por su carga simbólica sino también y sobre todo por su capacidad de sintetizar argumentaciones.

El problema de las imágenes es que no eres tú quien se apodera de ellas sino que te tienen a ti, de forma que te encuentran más veces de las que tú vas a buscarlas, pero esa es una condición que no debería preocupar demasiado, al menos a mí no me preocupa en absoluto.

El caso es que desde hace días me viene a la cabeza la imagen de la marea para explicar algunos acontecimientos relevantes. Podemos imaginar que somos como boyas ancladas en el fondo marino y que cada uno de nosotros tiene más o menos longitud de cadena. Sabemos que hay momentos de felicidad y de infelicidad, épocas en las que las cosas nos van bien y otras que no, cosas en las que somos hábiles y otras en las que no tenemos tanta o ninguna pericia y que todo eso sucede de forma cíclica, como las mareas, que están sujetas a un ritmo inexorable. En función del número de eslabones de nuestras cadenas a veces permanecemos por encima del nivel de agua y otras por debajo.

La cuestión a reflexionar es hasta qué punto somos responsables de las cosas que nos suceden y más concretamente cuál es nuestra responsabilidad al respecto. En esto hay dos actitudes: la queja por lo que nos pasa, típicamente asociada a nuestro papel de víctimas y la actitud responsable que consiste en tomar acciones y generar más cadena para evitar quedar sumergidos por los acontecimientos.

No cabe duda de que el papel de víctima es sumamente agradecido porque exime de toda responsabilidad. Es esa actitud la que nos lleva a tratar de colocar la solución de nuestros problemas en otros; si somos requeridos para ello, diríamos que casi en la obligación de aceptar ese encargo en cuanto nos es solicitado, pero ese papel de víctima o de rescatador ni genera conocimiento sobre la experiencia ni nos capacita para afrontar la solución del próximo problema que nos aceche siempre que no nos falte ayuda disponible. La tendencia de esa conducta es que cada vez tenemos más dificultades en encontrar almas nobles que nos ayuden y que con el paso del tiempo encontremos cerradas las puertas que antes teníamos abiertas.

Adoptar la postura responsable nos empuja a la acción. Es mucho más cansado porque exige esfuerzo pero podemos solicitar igualmente ayuda si bien no para solucionar los desaguisados sino para aprender cómo hacerlo. Es un papel de protagonista, no de víctima y como tal genera conocimiento, en definitiva, más eslabones en nuestra cadena siempre incompleta.

La buena noticia es que la marea nunca es repentina sino previsible y anunciada. Es paulatina y por ello nunca traiciona, es decir, avisa con tiempo de su llegada y no suele pillarnos de improviso. Las más de las veces sabemos lo suficiente sobre ellas como para que no podamos acusarlas de traidoras o de imprevisibles, nunca llegan como ladrones en la noche y en tanto que somos boyas forman parte de nuestra misma esencia.

Sabemos que la vida es una continua sucesión de pleamares y bajamares y eso debería bastarnos para que nos sintiéramos responsables, pero volviendo a la reflexión inicial parece que nos sentimos mucho más identificados con nuestro papel de víctimas. Muchos incluso son tan expertos en eso que son capaces de introducir el sentimiento de culpa por lo que les sucede aunque no estén dispuestos a mover un solo dedo para evitar que les vuelva a suceder. Esos son los grandes maestros de la manipulación y conviene estar atentos. Diría más, preguntarnos si somos uno de ellos.

4 de noviembre de 2011

Algo para recordar


Los sentimientos actúan como rayos. Somos tan capaces de sentir con gran intensidad como incapaces de guardar las sensaciones que nos producen, lo mismo que sucede con los rayos cuando tocan suelo, que se desvanecen por efecto de la toma de tierra. Sin embargo, esto es así más por nuestra incapacidad manifiesta de saber escuchar a nuestro cuerpo que porque no generen recuerdo. Los mensajes que nos manda la experimentación de las sensaciones se asocian más a las circunstancias en que se produjeron que al sentimiento mismo.

Tenemos gran capacidad de coleccionar experiencias, eso sí. Pero casi siempre recolectamos con más intensidad las traumáticas. A nadie se le olvida qué pasa cuando metemos los dedos en un enchufe y lo evitamos, pero ya cuesta un poco más recordar o revivir experiencias más placenteras y, sobre todo, asociarlas a sentimientos.

Nuestra educación juega en contra porque está más orientada a la censura y a la evitación que al placer, en especial al placer que provoca la experimentación sensorial y sentimental como lo demuestra que siempre que nos referimos a lo “sentimental” lo asociamos a lo ñoño o sensiblero. No cabe duda de que han hecho un buen trabajo con nosotros en este sentido, pero eso no impide que podamos reflexionar sobre ello.

Nos cuesta enormemente cuestionarnos los paradigmas sobre los que sustentamos las vigas de nuestras vidas, no importa si algunas de estas ya están lo suficientemente carcomidas como para amenazar ruina. No hay nada que nos cueste más que asumir los riesgos de preguntarnos qué hay más allá de lo que siempre hemos creído como inamovible, a pesar de que no seamos felices con nuestras vidas.

Invoco la capacidad que todos tenemos de echar la vista atrás y rebuscar en nuestro interior en busca de algo para recordar y que no se haya consumido al instante después de haberse producido. Nuestros sentimientos no son algo que se consuma al instante sino que se atesora en algún lugar y que siempre queda disponible. Son como pequeños grandes regalos a los que no damos suficiente valor quizá porque no vienen envueltos en llamativos paquetes de colores. Tenemos una responsabilidad con eso porque estamos dotados de sentimientos precisamente para hacernos notar que somos seres superiores en la escala evolutiva o al menos alardeamos de eso. Sentimos vergüenza de lo que precisamente nos define como humanos, ese es el gran contrasentido.

Vengo de vivir experiencias intensas y de aprender que se recibe mucho más de lo que se da. La lástima es que eso parece que sólo es perceptible cuando se pasa mal, lo cual es injusto. Hoy no quería escribir mucho sino hacerlo de forma intensa, así que os deseo que paséis un buen fin de semana y que si podéis dediquéis algo de tiempo a visitar el desván de vuestra memoria en busca de algo que realmente merezca la pena recordar.

20 de octubre de 2011

Asumiendo el cambio

Ayer pasé buena parte de la mañana acompañado por mi amigo Ramón del que ya os hablé en una entrada reciente, ese que se toma la vida con filosofía y tal como viene. Como no podía de ser de otra forma el tiempo pasó raudamente y terminamos a mediodía con la sensación de que habíamos llenado unas cuantas horas con un alimento tan provechoso como leve para el espíritu. Esa es una de las innumerables ventajas que supone tener y poder echar mano de amigos como él.

De nuevo en casa tuve tiempo de repasar mi correo electrónico antes de la comida y me encontré con un e-mail de una amiga en el que me adjuntaba un enlace. Cuando pulsé sobre él me di cuenta de que me enfrentaba a dos horas de duración y lo pospuse hasta la tarde. Cuando empecé a visionarlo volví a rememorar mi encuentro con Ramón de la mañana.

Hay un mensaje central de lo que habíamos estado hablando por la mañana que aparecía en el vídeo de la tarde y ese mensaje es: no atraes lo que quieres, atraes lo que eres. Lo habíamos estado comentando casi con estas mismas palabras y ahora aparecía en boca del doctor Dyer. Como todos sabéis de mí a estas alturas, no creo en las casualidades, así que se abrió una ventana a la reflexión sobre la coincidencia. Cuando uno piensa un poco en lo que es y no en lo que le gustaría ser aprende algunas cosas valiosas, por lo menos tres.

La primera es que, por mucho que nos empeñemos en tratar de vivir la vida de otros que al final es en lo que más nos empeñamos, en cuanto dejamos emerger nuestra propia naturaleza en seguida nos damos cuenta de que hemos tratado de desviar el curso natural interviniendo constantemente sobre él. Cuando dejamos de hacerlo, lo que aparece entonces es algo verdadera y genuinamente valioso.

Lo segundo, que casi aparece a continuación, es que si en lugar de empeñarnos en querer ser otros nos dedicáramos a ponernos en relación con algo superior que nos trasciende aprenderíamos algo más sobre nosotros. Eso también tiene una parte sustancial de aportación de valor a lo que somos, por muy pequeños e insignificantes que nos consideremos.

Lo tercero y casi lo más importante de todo, es que si dejamos operar la bellota que está en nuestro interior y que tan a menudo reprimimos casi siempre emerge un roble que ni siquiera sospechábamos que nos cabía dentro. Este es el poder y el motor del cambio, que no consiste en “cambiar para ser otro” sino en permitir (en el sentido de darnos permiso) transformarnos en lo que siempre fuimos y nos empeñamos en obviar, evitar o negar.

Dejo aquí el enlace que me llegó como un regalo y que yo también regalo como debe hacerse con las cosas valiosas que llegan a nuestras manos. Por lo que parece, más de 70.000 personas lo han visto ya. Necesitáis disponer de dos horas de vuestra vida para verlo entero y puede que consideréis que no disponéis de ese tiempo tan valioso para eso. Pero si no es así, si os concedéis ese regalo aunque sea a pequeñas dosis o este próximo fin de semana seguro que no será un tiempo perdido.

Estoy seguro de que cada uno podrá identificarse con el personaje de una pequeña intrahistoria de las que se cuentan aquí para acabar concluyendo que somos como pequeñas bolas de billar que van dando carambolas entre ellas sin concedernos el privilegio de reconocernos unos a otros. Permitid que os diga que enseguida descubrí quién de todos esos personajes era mi amigo Ramón pero me costó un poco más descubrir quién de todos era yo.

Disfrutad del cambio y si os gusta no os lo quedéis para vosotros.

9 de septiembre de 2011

Con promesa


La etiología de algunas palabras, además de ser algo que suele pasarnos completamente en transparencia y a lo que no le prestamos la más mínima atención, nos da pistas. Por ejemplo, la palabra compromiso está compuesta por con promesa. Sin embargo, hacer promesas se nos da muy bien mientras que comprometernos ya suele ser otra cosa.

La naturaleza humana, pozo sin fondo del que siempre se extraen cosas y que no para de darnos munición, parece que no está especialmente dotada para mantener las promesas en el tiempo. Prueba de ello es que incluso nos sorprendemos cuando alguien cumple algo que prometió. Estas pasadas vacaciones yo mismo me sorprendí cuando recibí un aviso de correos y al ir a la estafeta me encontré con que un amigo mío me había enviado una caña de lomo desde Extremadura. Me lo había prometido pero no tenía demasiadas esperanzas en que cumpliría su promesa.

Las promesas son contratos que establecemos con terceros y que formulamos más o menos libremente, pero como todo contrato su vigencia expira con su cumplimiento no en su formulación como vemos tantas veces. No es de extrañar por tanto que el valor de nuestros compromisos sea puesto en cuestión sin darnos cuenta de que ese cuestionamiento equivale al valor que atesoramos. Nadie está por encima del valor que tienen los compromisos que voluntariamente adquiere, aunque a menudo no seamos conscientes de ello.

Hay situaciones concretas en las que el compromiso adquiere una solemnidad especial, por ejemplo, cuando establecemos propósitos de enmienda. En esas ocasiones no sólo a lo que nos comprometemos sino el lenguaje corporal que adoptamos al formularlos está cargado de solemnidad sin que eso, probablemente, implique mayor certeza en su cumplimiento.

En cualquier caso, convendría que afináramos un poco en nuestra velocidad a la hora de prometer, sobre todo cuando lo hacemos sin presión. No es lo mismo prometer ante un requerimiento que se nos formula que hacerlo sin él, en cuyo caso a eso lo llamamos oferta. ¿Cómo puede ser que nos ofrezcamos a hacer algo por alguien y no cumplamos? En esencia, todos tenemos el valor de la oferta en que nos constituimos pero deberíamos ser más conscientes de que en realidad somos más valorados por el porcentaje de cumplimiento de esa oferta que por la capacidad de formularla que normalmente es más alta.

No deja de ser curiosa nuestra reacción ante el incumplimiento percibido. Ante una promesa incumplida, tendemos a quejarnos. Pero la queja en sí misma no es generativa, no conduce a nada más que a nuestro desahogo. Existe una respuesta mucho más potente: la reclamación. Si la promesa es un compromiso y por tanto está sujeto a cumplimiento, lo que corresponde hacer no es quejarse sino reclamar recordando en qué consistía el compromiso, qué condiciones de satisfacción contenía, cuál era el plazo de cumplimiento, etc. La reclamación aborda los aspectos concretos no satisfechos que permiten la reparación mientras que la queja es genérica pero no genera nada más que la natural frustración y si acaso, colocar una muesca más en las promesas incumplidas.

En tiempos electorales como los que se avecinan se nos formularán muchos compromisos que serán sistemáticamente incumplidos, de eso no cabe duda. La cuestión es cuando aprenderemos a reclamar en lugar de quejarnos. Veremos.

12 de julio de 2011

El todo y las partes

Mi amigo Ramón es conocido por sus frases lapidarias que son tan contundentes como multiusos. Por ejemplo, que siempre conviene decir la verdad pero no toda la verdad. Ramón es uno de esos tipos que si no existieran habría que inventarlos (otra de sus frases).

Hablando con él uno tiene la sensación de que no hay arista del comportamiento humano que, al menos, en el plano general o en trazo grueso no tenga remedio. Para ello utiliza la relativización como método, de forma que los problemas acaban teniendo siempre solución o no merecen tanta atención si los comparamos con otros mayores. Va bien tener un amigo como Ramón que sostiene que, al final, hay pocas cosas por las que uno deba preocuparse realmente.

Dicho esto, tenemos un problema que creo que no es menor aunque él no estaría de acuerdo: no puedo consultarle sobre disyuntivas ni mucho menos cuando se trata de descomponer un problema complejo en elementos más simples. Es decir, cuando hay que pasar del todo a las partes y es una lástima. Él es más un tipo de síntesis que de análisis y quizá por eso no estudió carrera ni falta que le ha hecho. Afronta la vida como viene, adaptándose a las circunstancias, evaluando los recursos de que dispone y sacándoles el máximo provecho. No es creyente pero eso no le impide confiar en la Providencia.

A veces me gustaría ser como él. Tener una visión a corto plazo, sortear los obstáculos con paz de espíritu, pero no puedo. Mi personalidad debe ser más compleja o más tortuosa, no lo sé, pero todavía sigo pensando en términos de que la realidad es compleja, que existe un todo compuesto por partes interconectadas donde es imposible actuar sobre algo sin que se produzca reacción en cadena.

Sin embargo, ante las cosas verdaderamente importantes, el punto de observación cambia y en ese cambio todo se relativiza conforme a la nueva realidad. Los que hemos sido padres por primera vez sabemos cómo el mundo cambia en un instante y para siempre. Ante una enfermedad sucede algo parecido, cambia la perspectiva, cambian las expectativas, cambia el contexto y todo se vuelve a recomponer en otra ordenación del todo y de sus partes.

Me pregunto si ese clic automático que uno siente muy profundamente y ante el que no se cuestiona el porqué podría producirse racionalmente, seguramente no. Es más emocional en el sentido que lo que se realinea son las emociones operando luego hacia arriba en el sentido de la consciencia y la responsabilidad y ya por último, la adaptación a nuevos comportamientos que, esos sí, son racionales.

Ramón seguramente tendría otro punto de vista respecto a lo que digo. Tiene la visión del superviviente que consiste en adaptar el perfil a las circunstancias sin hacerse más preguntas ni cuestionarse la estrategia. Para él táctica (rutinas) y estrategia (problemas) son la misma cosa porque su visión es meramente práctica.

Insisto en que a veces me gustaría ser como él, de hecho le envidio, pero cada cual es como es. Para mí el todo y las partes son como sistemas ecológicos en los que se actúa sobre el conjunto aún sin pretenderlo. No se puede desviar el curso de un río sin afectar el hábitat del escarabajo pelotero que vive más abajo, de la misma forma que no se puede pretender ser inocente por nuestras acciones. Las cosas nos pasan con independencia de que hayamos hecho algo por ello o no y en ello tenemos la muestra de nuestra responsabilidad. Justo lo que hace que la perspectiva del observador deba cambiar cuando cambian las circunstancias.

23 de junio de 2011

Cuerpo y mente

En nuestras manifestaciones sociales utilizamos una serie de recursos mucho más amplios de lo que solemos imaginar. La palabra es aquello que surge de nuestro interior como producto final después de haber filtrado un sinfín de elementos. Estos elementos podríamos agruparlos en valores, creencias, emociones y estados de ánimo, de suerte que lo que decimos está conformado por todo ello y al mismo tiempo.

Desde aquí, el observador puede reconstruir cada una de esas partes independientes que nos dan informaciones que a veces pueden parecer contradictorias. Por ejemplo, cuando manifestamos que queremos hacer algo y no movemos un dedo por ello estamos diciendo mucho; cuando alguien nos dice que está bien pero su tono de voz o su tono vital dicen otra cosa, también.

En Coaching tenemos, entre otras, la misión de descomponer lo que oímos como si se tratara del espectro de luz blanca y analizar desde dónde nos hablan. Es un ejercicio muy revelador que pasa en transparencia para el sujeto activo y esa es una enorme ventaja porque no incide sobre la espontaneidad o al menos, no lo hace directamente.

Dado que el Coaching no es una terapia no somos terapeutas, sino como simples observadores de lo que sucede en ese diálogo entre cuerpo y mente. Nuestra intervención consiste en que el otro tome consciencia de las asincronías y acepte su responsabilidad en ellas. No se trata de desarrollar nuevas habilidades sino de aprovechar los propios recursos para sincronizarse. Sin esa sincronía entre cuerpo y mente es imposible hacer cambios, combatir frustraciones o plantearse retos extraordinarios.

No somos mente, aunque tengamos una, de la misma forma que no somos cuerpo, aunque vivamos dentro de uno. Somos seres humanos, que es la suma de cuerpo y mente aunque muy a menudo no vayan por el mismo camino. De hecho, esto lo sabemos todos. Cuando decimos que nuestra cabeza nos dice que habría que hacer una cosa pero nuestro corazón se empeña en llevarnos por otros derroteros, en realidad estamos expresando esa dualidad a la que me refiero. Todos somos perfectamente conscientes del conflicto que esto supone a veces e incluso algunos piensan que, cuando toman una decisión contradictoria, están traicionando a uno u otro. En definitiva, que se están traicionando a sí mismos.

No hay que confundir esto con el libre albedrío, la disyuntiva o la valoración de alternativas. Normalmente esto tiene que ver con procesos mentales que a estas alturas ya sabemos que son tanto racionales como emocionales. No me refiero a esto cuando hablo de la, a veces, difícil relación entre cuerpo y mente. Los prejuicios, por ejemplo, son un buen ejemplo ilustrativo. Si quiero casarme porque añoro la vida en pareja pero al mismo tiempo manejo la información de que más o menos la mitad de las parejas acaba divorciándose, tengo una desincronía cuerpo/mente. Mientras no resuelva esto, nunca me comprometeré, por cierto, una de las acusaciones más frecuentes hoy en día de las mujeres hacia los hombres.

La observación de estas luchas internas da muchas pistas y, al mismo tiempo, son el inicio de la solución a este tipo de problemas que pueden llegar a angustiar a una persona. Para un coach esto es imperativo. Hay que tomar instantáneas de estos comportamientos y mostrárselas a las personas, a poder ser sin añadir nada de nuestra propia cosecha. Las personas se delatan por sí mismas y no hay pócima más potente que mostrarles sus contradicciones como si actuáramos como espejos. Hay que ser neutros para poder ser de alguna ayuda.

Normalmente, esto desconcierta a los clientes porque estamos acostumbrados a que cuando contamos lo que nos pasa a un especialista éste nos devuelva su diagnóstico y nos recete algo para mejorar nuestro estado. No hay que esperar esto de un coach y es más, habría que rehuir hacer eso desde un punto de vista ético. Para eso hay otros especialistas que, al mismo tiempo, pueden ser coach o no.

El Coaching se ocupa de dar pistas, no soluciones, porque el trabajo hay que hacerlo desde dentro. Hay que enseñar y aprender a escucharnos, identificar nuestros saboteadores y cortarles sus fuentes de alimento, hay que hacer muchas cosas pero nunca dar soluciones vía receta.

Nuestro cuerpo y nuestra mente viven en un equilibrio inestable al que conviene estar atentos por nuestro propio bien. Podríamos decir que son entes autónomos que forman parte de una misma unidad, de forma que tenemos de ambos pero ninguno de ellos debe tenernos a nosotros. Y eso es lo verdaderamente complicado.

3 de junio de 2011

Vínculos

Hay momentos en la vida en que, sin saber muy bien cómo ni por qué, establecemos un vínculo inesperado. Puede ser con una persona o un grupo de personas, un rincón de nuestra ciudad o una nueva ciudad que no conocíamos y de la que nos enamoramos, una película o un actor, un libro o un autor, da igual. Pero ese vínculo no existía en el instante anterior y es posible que sigamos conectados a él durante muchísimo tiempo.

Los vínculos son lazos de seda que se transforman en nudos, generan lealtad y admiración, ocupan un espacio que casi siempre pertenecía a otro o que manteníamos vacío, segregan endorfinas y enamoran espiritualmente. Los vínculos son como aficiones a las que nos entregamos con fruición y sin culpa.

Hablo de esto desde el conocimiento. Y desde el conocimiento reciente. La vida ofrece sorpresas permanentes, algunas de las cuales ni siquiera precisan que le prestemos una especial atención. Suceden como un doble acto de magia, casi misteriosamente, pero una vez están ahí ya forman parte de nosotros. La primera magia es el desencadenante, un suceso no previsto y muchas veces imprevisible, un encuentro, una palabra, una mirada, a veces todo eso al mismo tiempo. La segunda magia es la reacción al desencadenante, lo que es puramente vínculo y es lo que permanece.

De lo que no somos conscientes es que un nuevo vínculo cambia nuestra posición de observador, quizá no mucho pero lo suficiente como para que la perspectiva ya no sea la misma. A estas alturas ya sabemos que estos cambios de eje, incluso los sutiles, nos cambian mucho más de lo que parece. Logran lo que no siempre logran los planes de acción, los propósitos de enmienda y ese es su verdadero poder, que miras la vida de otra forma pero como producto de una reacción química. Qué curioso, con lo racionales que creemos que somos, resulta que lo verdaderamente transformador surge de las emociones y de las endorfinas que producen.

Te invito a que prestes atención a esto. Te propongo que hagas un repaso a tus vínculos más fuertes y que seas capaz de recordar cómo era tu vida justo antes de que se produjera su aparición y cómo eso te cambió. Trata de recordar la persona que eras antes y después y, si no es mucho pedir, anótalo en tu diario, libro de bitácora o servilleta de papel.

Si es el caso, habla sobre ello con la persona que fue coprotagonista de ese cambio y verás cómo os hace mucho bien. Y si eres más osad@ y tienes hijos, háblales de tu propia experiencia porque probablemente eso haga más por vuestra relación futura de lo que puedas imaginar.

Los vínculos son lo mismo que lo que otros llaman destino, hitos que jalonan los cambios de rumbo de nuestras vidas y por eso hay que honrarlos… y compartirlos.

Buen fin de semana.

4 de mayo de 2011

Díselo con flores


Entiendo que manejamos nuestras formas de expresión de la mejor manera que podemos y sabemos. Con toda seguridad, la riqueza expresiva es uno de los mayores tesoros con que contamos. Nos permite modular nuestro discurso, darle los matices que más gratos nos sean, que mejor nos expliquen y eso supone que actúan como nuestra seña de identidad.

Sin embargo, a menudo se nos olvida que esa riqueza expresiva con la que vestimos nuestros mensajes tiene como destinatarios a terceros, es decir, nace de dentro pero se proyecta hacia afuera. Nadie se habla a sí mismo de la misma forma que lo hace con los demás, por mucho que finjamos que nos expresamos con naturalidad.

Es así que nos gusta pensar que tratamos a los demás como nos gusta que nos traten y en verdad hay pocas cosas en las que seamos tan sinceros como en esa. Y precisamente, ahí está el problema.

La realidad es que a cada cual le gusta que le traten como le gusta que le traten y la forma en que lo hacemos probablemente no coincida con la forma en que el otro quisiera ser tratado, a pesar de nuestras mejores intenciones. Si nos ponemos a pensar un poco en ello resulta de una lógica aplastante. No me refiero a las normas de cortesía sino a todo el argumentario (el núcleo duro) con que acompañamos nuestro discurso.

Como ya he dicho en alguna ocasión, si uno se pone a observar la conversación entre dos personas vemos que, normalmente, siempre hay una que habla mucho más que la otra. Esa otra, casi siempre asiente a lo que dice la primera. ¿Significa eso que esté de acuerdo? No necesariamente. Significa que una se expresa y la otra asiente, nada más.

Pongamos un ejemplo. Hay personas que para explicar lo que han hecho durante el último fin de semana necesitan explayarse en detalles que a su interlocutor pueden parecerles nimios, ociosos o un peñazo. ¿Se lo dirá? Seguramente no. Lo que sí podríamos afirmar es que la primera utiliza la forma como le gusta que le expliquen a ella las cosas, con detalles, mientras que la segunda seguramente quisiera recibir una explicación más sintética. Apostad vuestro último centavo a que esa será la manera en que ella prefiera explicar las cosas, de forma concisa, precisa y sin que implique mucha pérdida de tiempo.

Somos tan distintos que lo verdaderamente cuesta es encontrar gente que se parezca mucho a nosotros. Y eso que pensamos que somos “normales”. Menuda ironía.

Ahora bien, a lo que me quiero referir hoy es a otra forma expresiva en la que realmente actuamos como espejos del alma. Es la que usamos para hablar de un tercero. Cuando nos referimos a alguien desplegamos una panoplia de juicios proyectivos que se supone que definen a esa persona. Remarco lo de “se supone” porque en realidad esa descripción se hace bajo el prisma de quien la emite.

Si yo digo que María es intratable y describo los comportamientos que me parecen censurables en ella, en realidad lo que estoy manifestando es cuál es el límite de lo permisible para mí en cuanto a trato. Es decir, no estoy hablando de María sino de mí mismo. Y es aquí donde entra lo que se conoce como escucha activa.

La escucha activa consiste precisamente en estar atentos a cuáles son los juicios o prejuicios de nuestro interlocutor. No hace falta que hable de mí mismo sino que basta con que os hable de una tercera persona para deciros más sobre mí de lo que nunca estaría dispuesto a admitir.

Tal es el poder del lenguaje, que nunca es inocente ni neutro. Nuestras formas de expresión hablan sobre nuestras necesidades, creencias y supuestos así que si no queréis delataros decídselo con flores.

8 de abril de 2011

El observador y la realidad

Si alguien nos preguntara qué entendemos por realidad tal vez la pregunta nos parecería ociosa. La realidad es aquello que todo el mundo puede ver y que es explicable por sí misma. Cierto. Entonces ¿por qué discutimos acerca de la percepción que cada uno de nosotros tiene acerca de la realidad? Interesante cuestión.

La realidad no es única sino que depende de quién la observa. La mirada del observador es tan poderosa que logra construir una percepción distinta de un mismo hecho. Por tanto, no hay una única realidad sino tantas como observadores estén presentes.

Lo que hace distinta una mirada de otra son los filtros de observación. No existe la realidad objetiva sino aquella que se construye en base a nuestro sistema de creencias largamente alimentado desde nuestra educación y posteriormente completado con nuestra cultura colectiva y experiencia individual. Todo ello conforma un sistema de creencias que, una vez solidificado, permanece inmutable con el paso del tiempo.

Hoy los conocimientos técnicos son necesarios pero no suficientes. Lo que crea las distinciones es precisamente nuestro punto de vista como observador. Pero este punto de vista, normalmente excluyente de otros puntos de vista, nos limita. No buscamos entender el punto de vista de otros sino reafirmarnos en nuestras creencias. Tener razón es algo a lo que difícilmente renunciamos.

Sin embargo, eso equivaldría a admitir que el observador nunca cambia, lo que no es cierto. Si mi sistema de creencias no se modificara no podría adaptarme al mundo en el que vivo en cada momento y mi capacidad de poner en duda mis creencias para adaptarlas a nuevas formas de mirar explica mi capacidad o incapacidad para aceptar y adaptarme al cambio.

Normalmente, esa capacidad de modificar mi posición como observador no es uniforme. Lo que está sujeto a modas no suele producir problemas. Nunca volveríamos a comprar el coche que teníamos hace quince años y que nos parecía entonces el colmo de la modernidad. Hoy ese mismo vehículo lo veríamos anticuado en cuanto a formas y aunque siguiera estando disponible en el mercado probablemente no sería una opción de compra en la actualidad.

Lo mismo sucede con nuestras ropas, muebles y enseres. Incluso con los colores. Por ejemplo, pocos hombres se habrían puesto un polo de color rosa hace veinte años. Lo que lo hace posible hoy es que hemos cambiado nuestras creencias respecto a lo que es apropiado o no.

No sucede lo mismo con creencias más profundas. No hablo de estereotipos sino de creencias particulares y profundas que permanecen inmutables en nuestro interior y que siguen explicando nuestra mirada como observador aunque esa creencia se fundara en un momento de la vida en que yo era claramente distinto del que soy hoy. ¿Cuál es nuestra capacidad de revisitarlas con nuestros ojos de hoy? ¿Convendría hacerlo? ¿Opinaríamos lo mismo en este momento?

La respuesta a estas preguntas determina quiénes somos y por tanto, cuál es la percepción de la realidad y de nuestra capacidad de adaptación. Con independencia de otras consideraciones podemos tomar un ejemplo reciente. José Luis Sampedro (economista, pensador y literato español) y Stèphane Hessel (judío francés de origen alemán, perseguido por los nazis, miembro de la resistencia y filósofo de enorme prestigio) son amigos y tienen la misma edad: 94 años. El primero acaba de publicar un libro titulado Reacciona que sigue la misma senda que el del segundo titulado ¡¡Indignaos!! y que está causando furor. Sólo con leer los títulos ya se ve que son obras provocadoras que versan sobre los peligros del amodorramiento de las conciencias de nuestra sociedad.

Las preguntas que cabe hacerse son ¿es lo esperable de personas tan ancianas? Sus puntos de vista ¿se corresponden con las personas de su misma edad? Sus posiciones ¿no implican una modificación de su sistema de creencias por encima de lo que aprendieron y creyeron cuando eran más jóvenes?

Sin ir a posiciones tan llamativas, te invito a una experiencia que tiene que ver con esto. Piensa en una creencia que tengas fuertemente instalada. Trata de recordar en qué momento esa creencia tomó vida, cómo eras entonces. Pregúntate si ahora eres la misma persona que entonces y si es posible que esa creencia debiera ser modificada porque tu experiencia es distinta. En definitiva, si eres el mismo observador ahora que antes y si no es así, de qué forma te limita actuar con supuestos que no tienen sentido.

La respuesta es posible que te sorprenda. De la misma forma que añoramos ser como las personas que admiramos más que como somos genuinamente, es probable que descubramos que dentro de nosotros mantenemos juicios y creencias que tampoco nos corresponden. No como somos ahora.

5 de abril de 2011

Cuerpo y mente

En nuestras manifestaciones sociales utilizamos una serie de recursos más amplios de lo que solemos imaginar. La palabra es aquello que surge de nuestro interior como producto final después de haber filtrado un sinfín de elementos. Estos elementos podríamos agruparlos en valores, creencias, emociones y estados de ánimo, de suerte que lo que decimos está conformado por todo ello y al mismo tiempo.

Desde aquí, el observador puede reconstruir cada una de esas partes independientes que nos dan informaciones que a veces pueden ser contradictorias. Por ejemplo, cuando decimos que queremos hacer algo no es del todo seguro que estemos dispuestos a ello. Es más, a veces es probable que digamos lo contrario de lo que creemos.

Tomemos un ejemplo. Si yo quiero tomar una acción proactiva que implique una ruptura con mi tendencia natural de comportamiento, no seré creíble si antes no he modificado mis creencias al respecto. Todos tenemos creencias, eso no lo dudamos, aunque a veces sucede que son las creencias las que nos tienen a nosotros. Si creo que no debo ser demasiado directo al expresarme, por mucho que manifieste que quiero hacer lo contrario nunca lo lograré. El observador debe asegurarse de la sincronía entre mis manifestaciones externas y mis creencias internas.

Otro ejemplo. Si decido buscar pareja porque considero llegado el momento vital oportuno pero mis creencias íntimas dicen que nunca estaré mejor que ahora que soy libre, que la vida en pareja está sujeta a un montón de restricciones o si mi aversión al compromiso se mantiene estable, es sumamente difícil que la encuentre o que ni siquiera me ponga en serio a buscarla.

Desde un punto de vista ontológico una cosa es lo que manifestamos ser o querer ser y otra muy distinta lo que estamos siendo. Y esto no se ve sólo con las palabras que pronunciamos sino con la actitud de nuestro cuerpo. El lenguaje no verbal nos delata mucho más de lo que imaginamos y a esto le llamamos cuerpo. El cuerpo y la mente son cosas distintas que, cuando se manifiestan de forma asíncrona, nos delatan.

Si digo que estoy fenomenal pero mi aspecto es abatido, malo. Lo que solemos llamar sinceridad tiene dos lecturas, la de quien dice ser sincero y la de quien percibe si somos sinceros. La fórmula más habitual que tenemos los observadores de percibir si esa sinceridad es creíble es precisamente comparando lo que dice nuestro cuerpo y nuestra mente a través de la formulación de palabras. Y este es un proceso automático que genera juicios inapelables.

Volviendo al principio, las manifestaciones interiores creemos que no son visibles desde el exterior simplemente porque no las verbalizamos. Error. Considerar que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras es una verdad tan matizable que casi logra no ser verdad, pero para eso necesitamos que el observador esté atento, que tenga memoria o las dos cosas.

Si está atento y ve poca credibilidad en las manifestaciones no generará expectativas. Si por el contrario, lo que tiene es memoria y el tiempo viene a contradecir esas manifestaciones que se presumían o asumían como sinceras, en otras palabras, si las expectativas generadas no se cumplen, entonces lo que se genera es desconfianza.

Por ejemplo, una entrevista de selección de personal es un buen ejercicio de atenta observación. Los candidatos descartados una vez comprobado que, en principio, cumplen los requisitos lo son porque el observador ha detectado desincronía entre lo que el candidato manifiesta ser y lo que el entrevistador percibe que es. No confía en él pero no genera secuelas.

Ahora bien, si el candidato es admitido y el paso del tiempo demuestra que no era adecuado para el desempeño de las tareas encomendadas, tenemos un problema mucho más serio porque al incumplir las expectativas ha generado desconfianza y acabará siendo despedido.

Este equilibrio entre cuerpo y mente es una de las tareas de un coach que aquí se presenta a modo de introducción y que iremos desarrollando en posteriores entradas.

4 de enero de 2011

La consciencia y los cíclopes


Estos primeros compases del año nos invitan a pensar un poco en perspectiva si bien la propuesta es hacerlo mirando un poco hacia dentro en busca de la consciencia. Ser conscientes es algo a lo que no estamos demasiado habituados, para qué nos vamos a engañar. Desde luego, sin esa interesante mirada interior andamos un poco a ciegas, nos dejamos llevar como si anduviéramos embarcados navegando por un río del que poco conocemos y sobre todo, en el que poco podemos hacer más que ir corriente abajo.

La consciencia es un estado de los denominados altos. Demanda conocerse a sí mismo, si se me permite la redundancia, saboteando a los saboteadores que llevamos dentro y a los que llamaré cíclopes. Esos cíclopes son creaciones de nuestra mente que tratan de protegernos de todo mal, si bien a un precio demasiado alto que puede resumirse en no aceptar riesgos. El status quo es para los saboteadores el bien más preciado y lo que hace que lo que decimos no se corresponda con lo que hacemos, en eso consiste el sabotaje.

¿Cuántos de nosotros mantendremos los propósitos que manifestamos con las uvas? Ya se verá. Y si hacemos eso con decisiones más o menos banales ¿qué no haremos con cuestiones mucho más importantes para nuestro crecimiento como personas? Como seres eminentemente emocionales que somos debemos entender que la consciencia consiste en saber que tenemos emociones y aprender a gestionarlas, no en que las emociones nos tengan a nosotros que es a lo que más se aplican los cíclopes. Cuidado con esto, porque suele ser sumamente peligroso, además de frecuente.

La consciencia consiste en tomar perspectiva y asumir lo que somos y cómo somos. Sólo desde esta perspectiva podemos introducir esos cambios que sabemos que necesitamos y que reconocemos de puertas afuera (lo que decimos) siendo más o menos conscientes de que lo haremos… siempre y cuando no surja algo “poderoso” que nos lo impida, de lo cual se ocupará alguno de los cíclopes que nos habita.

La capacidad de emprender tiene mucho que ver con vivir desde la consciencia, lo que supone mandar a hacer puñetas a alguno de esos saboteadores, a concederse un margen de acción espontánea que puede incluir el caer en el error una o más veces sin sentir culpa por ello. Aprendemos a base de probar y errar, al menos durante una parte de nuestra vida. Luego, tal vez preferimos comprar verdades ensayadas por otros, podríamos decir que verdades “garantizadas” exentas de riesgo o de fallo.

La consciencia también está conectada con la responsabilidad, pero hay que ver el miedo que tenemos a ser responsables. Nadie quiere asumir responsabilidades si puede evitarlo. Por ello los bolis “se caen” de nuestras manos, los objetos “se rompen”, el trabajo “se pierde” como si en todo ello estuviera exenta nuestra responsabilidad. El cíclope saboteador de la inocencia es muy poderoso, desde luego, pero todo sea por alejarnos de la consciencia.

Empezamos una nueva década. En la que dejamos atrás nos hemos hecho diez años más viejos, hemos vivido instalados en una montaña rusa de tal dimensión y con tanta fuerza G acumulada que es seguro que nadie ha salido indemne. Todos somos más pobres que al inicio del milenio, a todos se nos ha roto algo. Lo mejor que podemos hacer ahora es empaquetarla y guardarla en el desván. Ese tiempo no volverá aunque sigamos pagando el precio de todo lo que ha sucedido, seamos o no conscientes de ello, tengamos más o menos culpa o seamos más o menos inocentes.

Iniciamos un nuevo año y una nueva década con la invitación de ser un poco más conscientes y con ello un poco más emprendedores, más responsables, menos inocentes y menos culpables. Y para ello deberemos empezar por identificar qué saboteadores nos habitan. Ya anticipo que no son pocos ni cobardes pero tampoco sabemos qué tan fuertes serán hasta que no nos enfrentemos a ellos.

Feliz año de todo corazón.

9 de noviembre de 2010

Percepción e interpretación

Delante de la afirmación “hemos visto con el paso de los meses que la cosa sigue mal” podríamos preguntarnos si eso es una percepción o una interpretación de la realidad. La respuesta podría ser que las dos cosas y sin embargo, no sería del todo correcto.

La realidad siempre tiene esas dos formas de observarla. La percepción estaría compuesta por una serie de datos “objetivos” que pueden ser analizados dentro de un contexto. Pero a iguales datos, las percepciones pueden y suelen ser distintas. Por ejemplo, tengo un cliente que se dedica a fabricar madalenas y su percepción de la realidad es que vende más que el año pasado. Para él ese es un dato incuestionable. Pero no tengo más remedio que decirle (y él lo sabe muy bien) que eso no sucede a la luz del contexto económico en el que nos movemos, sino que es su realidad pero ni siquiera la de su sector.

La interpretación de la realidad, a diferencia de la percepción, no se mide por datos objetivos, aunque también se produzca en un contexto determinado que, en este caso, podríamos definir como interno. En esa interpretación juegan mis creencias, mis modelos mentales, mi activación automática de respuestas, etc. De forma que ante una realidad percibida de una determinada forma, la interpretación personal que sobre ella hiciera podría dar como resultado extremo eso de “te conformas con poco” o “nunca estás suficientemente satisfecho”.

Esta exposición sobre percepciones o interpretaciones de la realidad viene a cuento por cuanto confundimos esos dos ámbitos en el que suele primar el segundo, la interpretación sobre la percepción. En este sentido, concedemos más valor a nuestra escala de valores que a la realidad misma. No es que eso sea necesariamente malo, porque gracias a ello disponemos del mundo de las artes. Por supuesto que la realidad percibida por Van Gogh era idéntica a la de alguien que pasara por su lado en el momento en que estaba pintando, pero la interpretación de ambos difería sensiblemente.

El problema se suscita en el ámbito práctico de la vida. Negar la evidencia no es más que un subterfugio al que tenemos una cierta querencia en refugiarnos y desde el que nos decimos que “percibimos” cuando en realidad lo que hacemos es “interpretar” conforme a un compendio de mecanismos interiores que pueden resumirse en que “me dan la razón” sobre lo que observo. Lo subjetivo por tanto, prima sobre lo objetivo, si es que tal cosa existe.

La realidad, por tanto, se construye a base de interpretaciones de la misma. Si alguien se hubiera acostumbrado a ver el mundo con lentillas de un color determinado, para él el mundo, la realidad, sería de ese color y podría establecer largas polémicas con quien estuviera contemplando el mismo mundo con unas lentillas de otro color o sin ellas. De hecho, en eso se basa nuestro sistema gregario, nos agrupamos según quién piensa como nosotros y nos enfrentamos a los que ven lo mismo pero de otra manera.

El problema de las interpretaciones es que nos atrapan limitando nuestra capacidad de análisis y posicionamiento. Si me quedo mirando a alguien imaginando lo que le pasa llegaré a una conclusión aunque sepa que será de menor calidad que si le pregunto sobre lo que le pasa. Sin embargo, es altamente probable que no se lo pregunte. Por tanto, mi interpretación estará por encima de mi percepción. A esa persona le está pasando lo que yo haya decidido que le pasa, y esa es la verdad para mí. Punto final. Incluso si le preguntara y la respuesta no coincidiera con mi conclusión ¿con cuál me quedaría?

Para completar el círculo, imaginemos que alguien me pregunta por ese al que estaba observando. Mi respuesta automática sería colarle mi verdad. Imaginemos que no coincide con su punto de vista y que polemizamos al respecto. ¿Acudiríamos al interesado a preguntarle qué le sucede verdaderamente? Probablemente, no. ¿Preguntaría yo al otro por qué ha llegado a esa conclusión? Tampoco.

La verdad es la realidad, pero ambas están por debajo de mi verdad y mi realidad aunque no seamos artistas como Van Gogh.

11 de octubre de 2010

Sí o no



Me pregunto si somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos lingüísticos. Pienso que no demasiado. Pero ¿qué entendemos por actos lingüísticos? Aquellos a través de los cuales formulamos afirmaciones, declaraciones, promesas u ofertas. En realidad, todo el lenguaje está compuesto por una de esas cuatro manifestaciones.

No es la primera vez que digo que el lenguaje no es inocente, como muy acertadamente sostiene Rafael Echeverría. Todo lo contrario, cualquier acto que se formula a través del mismo nos concierne y nos compromete. Perdemos la inocencia en cuanto abrimos la boca porque o bien nos posicionamos a través de afirmaciones, nos retratamos con declaraciones o empeñamos nuestra palabra con promesas u ofertas. Como digo, no hacemos otra cosa en cuanto hablamos.

Aunque todo esto es un mundo, hoy quisiera detenerme en dos tipos de declaraciones básicas pero muy fuertes que todo ser humano formula muchísimas veces en su vida: sí y no.

El “no” es una de las declaraciones más importantes que un individuo puede hacer. A través de ella se asienta tanto su autonomía como su legitimidad como persona y, por tanto, es la declaración en la que, en mayor grado, comprometemos nuestra dignidad.

En muchas ocasiones, el precio de decir “no” es alto y depende de cada uno pagarlo o no. Muchos de nuestros héroes, muchos de nuestros santos, son personas a las que admiramos porque estuvieron dispuestas a pagar con sus vidas el ejercicio de este derecho.

La importancia de decir “no” en nuestra vida cotidiana es altísima. Cada vez que consideremos que debemos decir “no” y no lo hagamos, veremos nuestra dignidad comprometida. Por otro lado, cada vez que digamos “no” y ello sea pasado por alto, deberíamos considerar que no hemos sido respetados.

Esta es una declaración que define el respeto que nos tenemos a nosotros mismos y que nos tienen los demás. Por ello, cabría preguntarse si somos conscientes del respeto que generamos (si somos de fiar) o cuál es nuestra autoridad moral.

El “sí” es más traicionero. En nuestro mundo entendemos que cuando no decimos “no” estamos diciendo “sí”. Ya sabéis, eso de que quien calla otorga. Sin embargo, hay un aspecto extremadamente importante con respecto al “sí” que vale la pena destacar. Se refiere al compromiso que asumimos cuando hemos dicho “sí” o su equivalente “acepto”. Cuando ello sucede ponemos en juego el valor y respeto de nuestra palabra.

Pocas cosas afectan más seriamente la identidad de una persona que el decir “sí” y el no actuar coherentemente con tal declaración. Un área en la que esto es decisivo es en el terreno de las promesas.

Precisamente por la fuerza de estas declaraciones y su carácter unívoco, hemos desarrollado una serie de válvulas de escape. De acuerdo que decir “sí” o “no” son actos en los que no caben matices y que nos comprometen, pero para eso hemos inventado los matices “sí, pero”, “no, en estas condiciones” o el más común “depende”.

“Depende” es una formulación ambigua que trata de evitar el compromiso. Si digo depende ante una afirmación cerrada, por ejemplo, “hoy es lunes” quiere decir que no he formulado bien mi afirmación. Hoy es lunes aquí, pero en alguna parte del mundo ya es martes. Si digo depende ante una afirmación más abierta, por ejemplo, “los neumáticos son muy caros” significa que eso será cierto o no a partir de lo que yo o el otro considere “caro” porque ese es un concepto relativo.

En realidad, todo es parte de lo mismo. Cuestionar toda afirmación o declaración de los otros o de poner condiciones al cumplimiento de algo a lo que somos requeridos. No me extraña que se diga que vivimos en el tiempo del relativismo.

10 de septiembre de 2010

Eternos insatisfechos


Sistemáticamente aparecen relatos relacionados con la insatisfacción. El último, leído en un blog, nos habla sobre el síndrome de un ejecutivo que, no importa lo que consiga, da igual la complejidad o dificulta de sus logros, se declara un insatisfecho crónico.

Lo mismo ocurre con los equipos de futbol que lo han ganado todo. Quieren seguir ganando títulos año tras año. ¿La motivación? Sed de victoria, nos dicen, seguir ganando copas hasta que rebosen las vitrinas. No importa si tenemos muchas copas, ya ampliaremos la vitrina, no hay problema.

Uno de los jefes que tuve reaccionaba de forma parecida cuando alcanzábamos un hito. Eso es agua pasada, decía, hemos de pasar página y hoy tenemos una hoja en blanco sobre la que escribir. Los alpinistas que coleccionan ochomiles, en cuanto culminan una cima ya están pensando en la siguiente. Cuando a alguien le suben el sueldo puede que hasta se sienta momentáneamente satisfecho, pero podemos apostar nuestro último centavo a que, al poco tiempo, empezará a considerar que merece mejor salario. Y así, podríamos llenar páginas y páginas de casos parecidos.

¿Qué es lo que está detrás de eso? La supervivencia, aquello a lo que nuestro pequeño y antiguo cerebro reptiliano se aplica constantemente. La supervivencia se asegura a base de acopio y en contexto de escasez, da igual que esta sea subjetiva. Nunca es suficiente, siempre peleamos por conseguir más.

Esta característica humana hace que nos estemos moviendo en el continuum más, mejor, distinto. Continuamente. No importa lo que tenga, siempre quiero más. Cuando tengo mucho de ese más, quiero algo mejor y cuando tengo mucho de eso mejor, busco algo distinto. Esa es la premisa de toda cuenta de resultados y a lo que aspiramos todos. Si no fuera así, la economía se pararía, la ciencia y la tecnología no avanzarían, etc. Nadie llama egoístas a las simpáticas ardillitas por tratar de acaparar el máximo número de nueces. Y no es que lo hagan sólo para no pasar hambre, es que está en su naturaleza. Como nosotros.

El lado oscuro de esto es el precio que tenemos que pagar. La continua insatisfacción esquilma el planeta dicen los ecologistas, al tiempo que los pacifistas nos recuerdan que en el mundo tenemos un arsenal nuclear que podría destruir la Tierra quinientas veces, pero eso no parece que sea un obstáculo para seguir construyendo más, mejores y distintas armas de destrucción masiva. Por una cuestión de supervivencia, nada más. Si mi enemigo las tiene, yo también quiero tenerlas y además que sean mejores e incluso que maten de forma distinta.

No le echemos la culpa al empedrado. Todo eso es a causa de nuestro cerebro reptiliano. Cuando decimos que alguien es egoísta en realidad lo que queremos decir es que no puede disimular su afán de supervivencia o que es mayor que el nuestro. Lo mismo sucede con los que comen con afán, los que coleccionan mecheros de naranjito o los que tienen un fondo de armario que impide que se puedan cerrar las puertas. Más, mejor, distinto, no hemos dejado de ser reptiles.

El análisis del contexto nos dice que el valor de lo relativo no deja de ser una extravagancia. La semana pasada oí a alguien que decía que podía permitirse el lujo de dedicar tres años al aprendizaje porque sus necesidades materiales estaban cubiertas. Y no era rico. Todos nos quedamos mirándole con extrañeza. Pero ese ¿de dónde ha salido? ¿Ha dejado la medicación? ¿Es que se le ha atrofiado la hipófisis? Nada de eso. Simplemente había variado su rango de prioridades. El también quería más, mejor y distinto, pero su “escasez” era de conocimiento, no de dinero.

Una amiga nuestra nos tiene admirados porque cuando viajamos con ella, supongamos que por espacio de una semana, lleva por todo equipaje una bolsa menor que muchos bolsos de señora que conozco. Pasa con poquísimas cosas y además, no saca fotos. ¿Otra rara avis? Nada de eso. Ella está satisfecha con su equipaje liviano, pero aplaca su insatisfacción a base de coleccionar en su retina todos los rincones hipotéticamente visitables de los lugares a los que va. Una vez hicimos un viaje a Nueva York, ciudad que ya conocíamos y ella no. Y no paró ni un segundo de urgirnos para completar los innumerables puntos que había marcado en su mapa. Una pesadilla.

Lamento dar esta noticia, pero la satisfacción es una quimera. El problema no es ese (o si lo es, nos incumbe a todos y entonces deja de serlo para ser una condición humana) sino que dejemos de disfrutar del efímero placer que nos produce la satisfacción, siquiera momentánea, de nuestras múltiples y variadas necesidades. Por ejemplo, que cuando vemos un plato primorosamente condimentado no sólo veamos comida y proteínas. ¿Exagerado? Ya te digo.

13 de julio de 2010

Meditar versus pensar



“Imagino que a veces tenemos alguna dificultad para encontrar nuestro camino. Imagino que muchas otras veces nos equivocamos y debemos desandar un trecho o resignarnos a proseguirlo aun sin saber a dónde nos llevará, si es que hay algún destino cierto al que llegar. Imagino que a veces nos asemejamos más a siluetas en la noche que a figuras reconocibles ante el espejo. Imagino que alguna vez nos tocará ganar, que nuestra ficha será la agraciada. A veces pasa, pero son tan pocas que luego casi no nos acordamos de cuándo fue la última vez que eso sucedió y acabamos confundiendo los hechos y las fechas. Imagino, en fin, que estamos en este mundo por y para algo; en cualquier caso para jugar un papel que sólo nosotros podemos desempeñar y para honrar a los que depositaron sus esperanzas en nuestros bolsillos. Imagino a cada día que pasa que nadie se acuerda ya de nosotros, ni vecinos ni amigos, que a pesar de los gritos con los que nos desesperamos las ondas que salen de nuestras gargantas desaparecen en el desierto rebotando entre las piedras antes de ser escuchadas. Pero también imagino que a cada paso que damos seguro que estamos más cerca de que las puertas se abran y nos cedan el paso. Imagino que entonces mi niño dormirá en su cuna en una estancia limpia y fresca, protegido de las inclemencias y de las peligrosas alimañas. Imagino, sólo imagino, que eso pueda ser cierto y con eso me basta para seguir adelante un día más. Mañana, si es que veo la luz del día, imaginaré de nuevo, aunque sólo sea hasta donde me lleven mis fuerzas. Mi pensamiento hace ya meses que llegó a su destino. Y así, poco a poco, cada día que pase estaré un poco más cerca. Eso imagino.”

Este texto me llegó hace unas semanas. Me lo mandó por carta alguien a quien no creo conocer aunque mis señas estaban correctamente escritas en el sobre. La carta venía de Mali, pero no conozco a nadie allí. El folio, por llamarlo de algún modo, estaba escrito en francés y a lápiz y venía pulcramente plegado en dos dobleces. No pedía nada, ni llevaba remite alguno al que contestar.

La semana pasada, recibí el desafío de escribir sobre las diferencias entre meditar y pensar y me acordé de esa carta. Espero haber cumplido el encargo.

21 de mayo de 2010

La fábula de Aspa


Cuenta la leyenda que en un lejano país hace muchos años nació un enano con cuatro piernas. Tal asombró causó entre los lugareños este prodigio que, lejos de aislarle y tratarle como a un leproso, vieron en él una señal de cielo y le colmaron de todos los honores imaginables. Sus padres, que habían pensado seriamente en estrangular al recién nacido para que no supusiera una carga inútil y una boca más que alimentar, se vieron inesperadamente recompensados con todo tipo de agasajos de los lugareños hasta el punto que incluso costearon para ellos una vivienda dentro de las murallas de la ciudad que, si bien no era lujosa, al menos era sobradamente digna si la comparamos con el chamizo donde vivían a orillas del río.
En su nueva morada, la madre del niño raro le sacaba todas las tardes al balcón para mostrarlo a sus vecinos y que se extasiaran viendo como gateaba con soltura o trepaba a la silla de su madre con pasmosa facilidad incluso antes de dar sus primeros pasos. Cuatro piernas son de mucha ayuda para semejantes proezas, se decían unos a otros y empezaron a llamarle Aspa.
Así transcurrió su infancia, a la vista de todos. Conforme fue creciendo estaba tan acostumbrado a ser el foco de atención que no se le hacía raro ver congregada a la muchedumbre bajo su balcón todas las tardes hasta la caída del sol o incluso más tarde. Si por casualidad el frío o la lluvia impedían esa cita diaria, el niño se impacientaba y refunfuñaba a su madre que también lo lamentaba, porque junto a las visitas recibía constantes regalos de comida, telas y otros enseres de forma que, a pesar de no tener dinero, no les faltaba de nada e incluso les sobraba.
Al llegar a la edad en que los niños dan el tirón él se quedó corto porque para eso era enano. Al principio no fue un problema porque nadie le hacía de menos, pero pronto se dio cuenta de que él era distinto, y no por tener cuatro piernas cuando los demás tenían sólo dos, sino porque debía acostumbrarse a mirar hacia arriba, ahora ya no sólo a los adultos sino también a los niños que hasta hacía poco eran de la misma o parecida altura. Antes de eso no se había sentido distinto a nadie a pesar de que lo era y mucho.
Conforme Aspa crecía –es una forma de hablar- su carácter iba tornándose cada vez más retraído. Ya no le apetecía mostrarse en el balcón ni tampoco quería salir a la calle sino que pasaba las horas muertas en su habitación sin dedicarse a nada útil, dejando pasar el tiempo hasta que llegaba la cena para luego acostarse y así un día tras otro.
Un día de principios de verano llegó una terrible noticia. Mientras el rey se encontraba de visita en un reino vecino con el que había firmado una alianza, un ejército enemigo sitió la ciudad que sólo contaba con una pequeña guarnición para su defensa. Si no se daba aviso al soberano para que regresara cuanto antes con sus tropas todo estaría perdido. El único recurso era que alguien pudiera salir sin ser visto y corriera tanto como pudiera en busca de ayuda.
Los miembros del consejo se reunieron para deliberar pero no contaban con que Aspa se presentara voluntario para la peligrosa misión porque era menudo y podría camuflarse entre la hierba alta y además estaba muy bien dotado para la carrera gracias a sus cuatro piernas. Aspa era la solución.
Avanzada la noche metieron al enano en una cesta que deslizaron con una cuerda por la parte más agreste de la muralla. Aspa se sentía muy animado a pesar de los peligros que corría pero sentía que el destino de su pueblo estaba en sus manos así que, en cuanto tocó tierra, echó a correr sin desmayo tanto como le daban sus menudas piernas hasta que unas cuantas horas más tarde pudo pedir ayuda a un caballero para que le acercara donde estaba su rey.
El rey escuchó el mensaje que Aspa le traía y sin perder un instante se puso en marcha con su ejército al que se unió el de su aliado derrotando por completo al enemigo al cogerle por sorpresa. Una vez estuvo la ciudad a salvo se hizo una gran fiesta en la que Aspa fue el principal protagonista, esta vez porque gracias a su arrojo les había salvado de una derrota segura. En un momento dado, uno de los nobles se acercó al enano y le pidió que le acompañara porque el rey quería hablar con él en privado. Aspa se sorprendió de que el rey le llamara pero accedió cómo iba a negarse a la voluntad de un rey victorioso.
Te debemos mucho, empezó diciéndole, porque si no hubiera sido por ti hoy estaríamos llorando la derrota. Pero no es menos cierto que lo que te hizo providencial no fue lo que creías tu fortaleza, sino por el contrario, aquello que vives como una debilidad hasta el punto que te tiene amargado: tu corta talla. Tus cuatro piernas nunca te han hecho sentir raro porque todos vemos en ellas un prodigio y porque nadie más es como tú en eso. Además de fama, te dan agilidad y velocidad, es cierto, pero no aceptas tu condición de enano y debes darte cuenta de que para salvar la ciudad del asedio no bastaba con que pudieras correr mucho, también era necesario que nadie te viera para llegar hasta donde yo estaba.
Tus piernas te hacen sentir especial porque todos las admiramos, pero tu talla es un prodigio todavía mayor y te convierten en un ser doblemente especial. Tú crees que no eres como los demás pero te corrijo, somos los demás los que no somos como tú. Sin la suma de estas dos cualidades hoy estaríamos enterrando en lugar de celebrando.
¿Te gustaría ser rey? No, respondió Aspa con determinación. Yo sólo aspiro a ser un buen vasallo. Entonces, debes entender que tus cualidades no son las mismas que las mías y a pesar de que soy el rey nunca podré competir contigo. Eso es lo que te hace especial, no lo olvides.

14 de mayo de 2010

El circo de las mariposas


Para ponernos en situación, hay que imaginar que estamos a punto de iniciar un merecido fin de semana. Esta, en concreto, ha sido de aúpa, así que no está de más que nos concedamos un merecido descanso sobre todo de alma.

Os propongo que veamos una peli que dura veinte minutos. Si no disponéis de ese tiempo os pido que no iniciéis la proyección y que lo dejéis para mejor ocasión. Si tenéis niños en casa invitadlos a que os acompañen, apagad las luces y si además podéis conectar vuestro equipo con una tele de gran formato o si tenéis un proyector, mucho mejor. El vídeo viene en formato de alta calidad, así que todo tiene su importancia.

No tengáis prejuicios porque la peli sea en versión original y esté subtitulada. Es una de esas pelis cuyo mensaje podría entenderse incluso si se tratara de cine mudo, tal es su fuerza.

Y cuando acabe la proyección y si os apetece, continuad leyendo.




Espero que os haya gustado.

Vivimos tiempos turbulentos en los que subimos y bajamos crestas como si fuéramos montados en una montaña rusa desbocada. Así son las cosas siempre que algo se mueve para dejar paso a una nueva realidad, a un segundo nacimiento, de la misma forma en que una oruga pasa a ser una mariposa.

Aceptamos que estamos ante un ciclo de crisis económica, pero nos cuesta más admitir que también estamos asistiendo al inicio de una nueva vida de la que hemos de ser los protagonistas.

“El circo de las mariposas” cuenta una historia que enternece pero cuya principal virtud es que habla de todos y cada uno de nosotros. ¿Quién eres tú? ¿Will que no tiene brazos ni piernas, uno de esos niños que le lanzan tomates, Méndez que es capaz de ver lo que otros no ven, el forzudo ex pendenciero, el niño que no sabe que todo capullo encierra una mariposa, el padre que da confianza a su hijo para que de mayor sea lo que quiera, el niño aquejado de polio o su madre?

Tenemos un poco de todos ellos ¿no?

Esta pequeña joya es un regalo que yo recibí y que comparto. Otros muchos lo hicieron antes y hoy es una referencia a la que se ha encontrado muchas aplicaciones. Al coaching, por ejemplo, porque explica cuál es su esencia: todos tenemos una potencialidad infinitamente mayor que la que nos concedemos, de la misma forma que una bellota contiene una encina. Todo está en nuestro interior pero necesitamos que alguien crea en nosotros, empezando por uno mismo.
Otros han usado esta película para ilustrar en qué consiste el liderazgo inspiracional. Yo diría que incluso el liderazgo a secas, porque se observa lo que distintos líderes pueden conseguir con la misma materia prima. No falta quien ha visto en ella la clave de la superación de sus adversidades y también tienen razón, pero lo más importante es lo que hayas visto tú.

Seguramente no te habrás quedado indiferente y si mañana o la semana que viene te apetece volver a verla te animo a que lo hagas. Es probable que, por el mismo precio, veas cosas nuevas.

Buen fin de semana.

3 de mayo de 2010

Yo no fui

La búsqueda de la inocencia es una constante en nuestra vida, sólo que muchas veces la inocencia no es un consuelo ni tampoco un valor, sino todo lo contrario. Imaginemos una reunión de responsables funcionales que se aprestan a presentar en el comité de dirección los motivos por los que no han logrado un resultado. Su objetivo no será otro que tratar de demostrar su inocencia, su no responsabilidad en el incumplimiento. “No soy culpable, el culpable puede que sea otro”, “si de mí hubiera dependido, pero por desgracia las circunstancias no acompañaron”, “tal vez mis colegas puedan dar sus razones”… pero yo no fui, que quede claro, ergo soy inocente.
Si todos los reunidos presentan argumentos “irrefutables” de la misma naturaleza, la conclusión es clara: todos somos inocentes pero el resultado no se obtuvo, de eso no hay duda. Entre todos la matamos y ella sola se murió. Triste consuelo el que aporta la inocencia, porque demasiadas veces nos deja al margen del problema aunque no seamos tan conscientes de que nos inhabilita para la propuesta de soluciones.
Recuerdo multitud de escenas similares a esta, a veces como espectador y otras como actor. Nadie quiere presentarse como responsable de lo que va mal porque es más sencillo culpar a la coyuntura que me da la razón que integrarla en mi acción. No se vende nada porque hay crisis ¿quién puede negar eso? Ahora bien, distinta cosa sería si integrara la crisis en mi escenario porque entonces lo que tendría que ver es qué y cómo tengo que vender si hay crisis. Ya no soy víctima de las circunstancias, sino que las integro impulsándome a la acción.
Imaginemos que mantengo un lápiz sostenido en mi mano y lo suelto. ¿Por qué cayó? Por la fuerza de la gravedad. ¿Qué parte de culpa tengo yo? Ninguna, faltaría más. Fue la fuerza de la gravedad lo que hizo que el lápiz se cayera. Está claro que soy completamente inocente de que el lápiz se haya despuntado ¡culpemos a la ley de la gravedad! ¿Quién puede negar este hecho irrefutable?
Sin embargo, sí que tengo mucha responsabilidad en ese suceso. Claro que la gravedad existe, pero mi responsabilidad incluye asumir su existencia y sus leyes. Si el lápiz se cayó fue porque yo lo solté o se me escurrió entre los dedos y de eso soy plenamente culpable. Ya sé lo que sucede cuando suelto el lápiz: que la gravedad hace que se caiga. Puede que no sea completamente culpable, de la misma forma que no soy en absoluto inocente porque sabía perfectamente lo que pasaría.
Esta búsqueda de la inocencia parte de un error de enfoque muy común: Tengo lo que tengo porque soy como soy o estoy donde estoy, en lugar de este otro: En función de lo que soy o dónde estoy hago lo necesario para obtener lo que deseo.
Las diferencias entre ambos enfoques son muy claras: el orden de los postulados y la aparición o ausencia del verbo “hacer”. El primero me excluye por completo del resultado de la acción: exactamente igual que los que se reunieron para demostrar su completa inocencia ante el desastre, mientras que el segundo me convierte en protagonista de pleno derecho porque:

1º) tengo conciencia de las condiciones en las que opero y cuáles son mis limitaciones
2º) ejerzo alguna acción para conseguir mis propósitos
3º) soy responsable de los resultados que obtengo

Esta “llamada a la acción” (call to action) está íntimamente relacionada con multitud de escenarios entre los que mencionaré tres: el espíritu de superación de marcas deportivas, el planteamiento de una acción de marketing o la base del coaching. Dado que no soy deportista practicante ni tampoco estoy interesado en este momento en proponeros acciones de marketing, me centraré en la parte del coaching que lo ilustra a la perfección.
Cualquier tipo de coaching parte de un mismo supuesto: la capacidad de desarrollar nuestra propia potencialidad. Es decir, no se basa en aprender cosas que no sabemos o no están en nosotros, sino en aflorar lo que llevamos dentro pero no hemos desarrollado suficientemente. Por tanto, no apela a la inocencia (lo que no somos o no sabemos) sino a nuestra implicación en los resultados que obtenemos a través del ejercicio o el esfuerzo que aplicamos en la puesta en acción de nuestras habilidades (lo que está en nosotros y por tanto en nuestras manos hacer). Por ello el coaching es tan poderoso y tan temido a veces, porque nos separa de nuestras excusas para acercarnos a nuestra responsabilidad sobre los resultados que obtenemos.
Parte de lo que somos para compararlo con lo que estamos siendo y las diferencias, por lo general, son muy acusadas. Por eso no es un ejercicio especialmente apto para “inocentes” que creen que “la culpa fue del cha, cha, cha” sino para aquellos que, asumiendo su responsabilidad, están dispuestos a mejorar su rendimiento.
Hace ya años, cada vez que me reunía con uno de mis jefes y le contaba lo calamitoso que era algo, la primera pregunta que me hacía era: ¿qué parte de culpa tienes tú en eso? Entonces no lo sabía porque no se había inventado el término, pero me estaba haciendo coaching y enseñándome que lo único que no estaba dispuesto a admitir era mi completa inocencia, así que el “yo no fui” acabó desapareciendo de mi lenguaje en la misma medida que empecé a desconfiar de los inocentes.

Por si a alguien le puede interesar, que creo que sí.

26 de enero de 2010

Liderar es transformar "cómo" en "qué" y viceversa

No sé cuantos de vosotros os dedicáis a hablar en público, pero los que lo hacemos jugamos con alguna ventaja. La más importante es que mientras los que escuchan te tienen a ti como único objetivo de visión y atención, tú puedes observar las reacciones de todos ellos al mismo tiempo y actuar en consecuencia.
Y esa diferencia trascendental te permite guiar el proceso. Tú sabes en qué consiste el mensaje que les quieres transmitir, tú eres el único responsable de hacerlo comprensible y atractivo. Tienes la visión y por tanto, tú eres el líder, a pesar de que lo que les cuentes les tocará a ellos desarrollarlo.
Hace unos meses inicié uno de mis seminarios sobre liderazgo con una afirmación que consideré poco más que una muletilla de inicio.
“Buenas tardes. El liderazgo puede definirse de muchas formas pero siempre parte de la misma premisa: tener una visión”.
Y los asistentes corrieron a anotar esa afirmación como una verdad revelada. ¿Qué hubiera pasado si hubiera comenzado diciendo: “como ustedes saben, el liderazgo…” Pues que seguramente nadie hubiera anotado nada y hubieran hecho un gesto de asentimiento con sus cabezas. ¡Cómo no iban a saber eso!
Los destinatarios de esa sesión desempeñaban altos cargos públicos y sus acciones tenían trascendencia social. Me quedé estupefacto, pues si una afirmación que a mí me parecía tan obvia y que debía serlo mucho más para ellos les causó tanta impresión que corrieron a anotarla, es que algo no andaba bien en su concepción del liderazgo.
Tiempo después asistí a la presentación de un libro sobre gestión. En el posterior turno de preguntas un empresario se quejaba de que, a pesar de dar manga ancha a sus ejecutivos, éstos parecían estar atenazados por una kriptonita paralizante que les impedía tomar decisiones. Ni buenas ni malas.
Ambos ejemplos tienen en común el miedo. El primero de forma latente, el segundo de forma evidente. Unos creían que el simple aunque delicado desempeño de sus cargos ya era suficiente; otros pensaban que su liderazgo se resentiría si se equivocaban. Sin embargo, todos estaban equivocados.
El liderazgo, o mejor dicho, la forma de ejercerlo, cambia en función del escenario pero nunca a costa de renunciar a la premisa esencial que es tener una visión fuerte a dos niveles básicos: el táctico, que consiste en saber a dónde se quiere ir y el del día a día, que consiste en todo lo demás, en qué hacer para lograrlo. Leí una novela en la que uno de los personajes describía los negocios como un montón de pequeñas y puñeteras cosas. No le faltaba razón.
Hoy en día se percibe un gran desconcierto también en esto de liderar, tal vez porque siempre se ha asociado a la capacidad de conseguir el éxito y en estos tiempos, tener éxito es sumamente difícil. Es como cuando un equipo está acostumbrado a ganar partidos y de repente encaja una serie de derrotas y se produce el desconcierto general y la cabeza del entrenador empieza a peligrar. Y ya no digo nada si se trata de una liga en la que parece que pierden todos y no gana nadie.
Una vez nos contrataron para que nos ocupáramos del departamento de atención al cliente de una gran empresa. Ese departamento, atendiendo a la simple descripción de sus tareas, no podía estar orientado al éxito que, en el mejor de los casos, consistía en que los clientes no presentaran demasiadas quejas. Nunca podía lucirse más allá de que el nivel de insatisfacción de los clientes se situara por debajo de un determinado punto que se consideraba aceptable. Hay que imaginarse la situación para comprender a qué me estoy refiriendo.
La empresa había destinado allí a personas que, por diversos motivos, no había sido posible reciclar profesionalmente y había puesto al frente a un gestor de “marrones” que era de los pocos que no sufrían de acidez de estómago porque había entendido la naturaleza de su misión que no se diferenciaba demasiado de las que le habían encargado en otras ocasiones. Por consiguiente, el liderazgo que ejercía no consistía en dorar la píldora a sus colaboradores, sino en hacerles ver la utilidad de su trabajo y en que encontraran satisfacción en ello. No obstante, el ánimo general estaba por los suelos. Y la verdad, cuando les escuchábamos, nos dábamos cuenta de que no les faltaban motivos.
Después de trabajar con el equipo el desarrollo de habilidades para el desempeño específico de sus tareas, la última fase de nuestra colaboración consistió en unas sesiones de coaching grupal con los mandos intermedios basado en el liderazgo. Buscaban respuestas: cómo lograr hacer mejor su trabajo, cómo gestionar su ansiedad, cómo dar satisfacción a los clientes, cómo… Un día, uno de ellos pareció dar con la clave: “No podemos cambiar apenas nada respecto a lo que tenemos que hacer, pero sí podemos cambiar y mucho cómo tenemos que hacerlo y en eso debe consistir nuestra visión”. En esa formulación no había nada nuevo. Habíamos incidido en eso en un montón de ocasiones pero hasta que no se cayó la venda por sí sola no se produjo avance alguno.
¿Qué había sucedido? Pues que se habían dado cuenta de que sólo lo que está en tu mano puede modificarse. Habían perdido el miedo a hacerlo mal y lo habían transformado en confianza, eso era todo. Y lo más importante, por fin sabían qué tenían que hacer: tenían una visión y eso les convertía en líderes, no en simples mandos intermedios y esa visión la podían transformar en experiencias de éxito. La buena noticia escondía una revelación de mayor calado: podían transformar cómo en qué, podían convertir algo transaccional en algo estratégico.
Tomo este ejemplo para exponer porqué el liderazgo tendrá que evolucionar con urgencia y ya con retraso en estas dos direcciones: centrarse en cómo tenemos que hacer aquello que hay que hacer de todas formas(sobre todo cuando nuestra capacidad de influencia es limitada, o sea, casi siempre) y segundo, en cambiar miedo por confianza que es la única forma en que pueda crearse una visión alentadora.

13 de octubre de 2009

El elefante estacado


Una vez me contrataron para que diera unas sesiones de coaching a un mando intermedio en aras a prepararlo para un ascenso. Advertí a mi cliente que para que las sesiones fueran útiles debería ser el propio interesado quien mostrara interés en someterse a ese proceso tan exigente. A los pocos días me respondieron que la persona en cuestión estaba entusiasmada con la idea y que podíamos empezar en cuanto nuestras agendas nos lo permitieran.
La primera sesión fue decepcionante. Lo primero que me dijo esa persona es que le habían advertido que si el coaching no daba resultado jamás lograría el ansiado ascenso y que, en consecuencia, él estaba en la mejor disposición para aprovechar el tiempo y que estudiaría todo lo que fuera necesario y yo le indicara. Estaba pensando en un curso de capacitación y no en un proceso de coaching lo que me obligó a tener que explicarle en qué consistía exactamente eso.
Jorge Bucay cuenta la metáfora del elefante estacado que seguramente muchos conoceréis. Un niño que va al circo con su padre ve que un enorme elefante permanece impávidamente estacado sin hacer la más mínima intención de liberarse. Incluso para una mente infantil como la suya, aquello le parece del todo incomprensible dada la desproporción entre el volumen del animal y lo liviano de la estaca. Cuando le pregunta al padre, éste le contesta: seguramente el elefante lleva estacado desde que era apenas un cachorrito. En ese momento, por mucha fuerza que hiciera por liberarse no pudo lograrlo y acabó por conformarse. Ahora que es adulto, ni siquiera lo intenta.
Los paradigmas limitativos actúan de forma similar a la estaca del elefante. No hay razón alguna para que nos mantengan aprisionados pero nos hemos acostumbrado tanto a ellos que ni siquiera tratamos de comprobar sus consistencia ni mucho menos tratar de liberarnos. Es producto de un reflejo condicionado.
Esta actitud confronta con las dos dimensiones que conviven en nosotros: ser y siendo.
¿Qué soy? vs. ¿Qué estoy siendo? Las respuestas a ambas preguntas suelen ser muy distantes. Puedo ser una persona con fuertes convicciones, por lo tanto sé lo que habría que hacer, pero sin embargo, me conviene más hacer otra cosa y la hago. Como eso va en contra de mis convicciones y lo sé, ya buscaré las necesarias justificaciones. Un ejemplo de esto lo vemos cuando de pequeños seguramente habremos oído de nuestros mayores haz lo que digo y no lo que hago.
El coaching pretende lograr que aquello que hago (siendo) se ajuste a lo que sé que debería hacerse (ser). Dicho de otro modo, pretende modificar mis paradigmas limitativos o mis comportamientos disonantes. No podemos pretender ser atletas olímpicos, pero eso no impide que hagamos un poco de footing todos los días para ganar un poco de fondo.

Aquel hombre se me quedó mirando y comprendió que lo que se le exigía era un esfuerzo que no sabía si estaba dispuesto a hacer. Me pidió algo de tiempo antes de volver a vernos y cuando lo hicimos dijo que lo había pensado bien y que estaba animado porque sino, me dijo, ¿qué les contestaremos a nuestros hijos la próxima vez que les llevemos al circo y nos pregunten por el elefante estacado?