26 de septiembre de 2011

Hablan de mí pero no hablan conmigo



Cuando ingresó en el hospital a través del servicio de Urgencias nunca imaginó que aquello terminaría de aquella manera. Un vahído, algo apenas más significativo que un leve mareo le había puesto sobre aviso; nada que le hubiera alertado especialmente a no ser porque conforme pasaban los minutos no disminuía en intensidad y un sudor frío mojaba la base de su cráneo.

En la soledad de todo enfermo a pesar de que esté acompañado supo distinguir en todo momento entre la alarma general de su entorno y esa paz interior que suele acompañar a los enfermos cuando se saben graves: ante todo mucha calma, se repetía a sí mismo. Así que, en lugar de llamar a una ambulancia y montar el numerito consiguiente, acertó a solicitar un taxi por teléfono y llamar a su esposa para que se acercara al hospital y que, si podía ser, no llegara allí antes que él. A pesar de todo, su secretaria le acompañó solícita.

Durante el trayecto trató de concentrarse en cosas banales como una secuencia numérica que había escuchado en una película la noche anterior mientras degustaba un whisky aguado en el salón de su casa o el sonido de un muelle que crujía bajo su asiento. Cualquier cosa que le alejara de su realidad más inmediata y también más desconocida. Notó que buscaba la mano de su secretaria y la asía con fuerza sin pedirle permiso. En aquellas circunstancias, no creía que estuviera obligado a hacerlo o si lo estaba le daba lo mismo. Asun le miraba tratando de trasmitirle confianza y serenidad, si bien la procesión iba por dentro. Llevaban trabajando tanto tiempo juntos que conocía a la perfección las reacciones de su jefe y se sentía protegida por la seguridad y aplomo que siempre había demostrado. En esa ocasión, no obstante, él parecía necesitarla más que nunca y sentir que estaba tan cerca como fuera posible.

El trayecto duró lo justo, ni mucho ni poco aunque a los ocupantes del taxi se les hiciera una eternidad ante la aparente indolencia del conductor, un empleado pakistaní que, inopinadamente, conocía a la perfección el trayecto más corto. El tiempo siempre corre en sentido contrario al esperado, se repetía él una y otra vez. No tuvo tiempo para muchas más disquisiciones. De pronto, sintió que estaba próximo a desmayarse aunque hizo esfuerzos por mantenerse consciente.

Lo cierto es que cuando quiso darse cuenta estaba transitando a toda velocidad los pasillos del hospital acostado en una camilla que parecía abrirse paso sorteando cuantos obstáculos encontraba a su paso. Había visto secuencias similares en muchas películas pero era la primera vez que lo hacía como protagonista. Ni rastro de su mujer ni de Asun, sólo un tipo que más que ver adivinaba empujando la camilla y unas cuantas caras de profesionales que le miraban a su paso y que se unían a la comitiva. Luego se hizo la noche.

Cuando despertó tuvo la sensación de que se encontraba en un espacio aséptico y aislado. La cuestión, sin embargo, es que no había despertado sino que permanecía en un estadio intermedio entre el sueño profundo y la vigilia. No sabía que estaba en coma. Las voces que percibía le llegaban atenuadas y era como si esas palabras no se pronunciaran a su lado sino en una habitación contigua.

Hizo esfuerzos por hacerse notar. Diría que movía sus manos y que gritaba todo lo que podía pero aún y así nadie atendía sus llamadas. Ahí empezó a desesperarse, todo su aplomo se había venido abajo porque él podía percibir que estaba despierto pero nadie parecía darse cuenta. Repasó sensorialmente todo su cuerpo descubriendo que no tenía libertad de movimientos. Su cuerpo era como una tabla rígida y de su boca salía un tubo que enseguida identificó con un respirador asistido. La cabeza no la sentía pero algo le decía que le habían operado.

Pasados los días, que a él le parecieron horas o semanas, distinguía las voces con más claridad, sobre todo la de Clara, su mujer, que siempre parecía estar a la cabecera de su cama. Siempre Clara y alguien más, un médico, un familiar, un asistente sanitario, un cura, sus hijos sobre todo Amalia, la pequeña, que siempre preguntaba a su madre si aquel señor era su papá o quién era, pero seguía sin poder hacerse notar. Lejos de lo que suponía eso empezó a no preocuparle demasiado. Algo le decía que mientras así fuera estaba seguro y en buenas manos.

Había aprendido a estar presente sin que se notara y así se enteró de que le habían operado de un tumor cerebral y que la cosa se presentaba mal, se dio cuenta del abatimiento de su familia, de los cuidados a los que le sometían constantemente pero sobre todo, se dio cuenta dolorosamente de que todo el mundo hablaba de él pero nadie hablaba con él.

Y ahí se encontró perdido y solo.

10 comentarios:

  1. Extraordinario, Josep. Felicidades. Escribes maravillosamente.
    Abrazo,
    ASV

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  2. Hola Josep
    ¡Qué bien escribes canalla!

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  3. Hola Josep

    Coincido con Alfonso y Josep. Los editores se lo pierden.
    Un abrazo

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  4. Hola Josep.
    ayer me preguntaba mi hijo de 5 años "mama, si nuestro cuerpo se muere, nosotros nos morimos?". La verdad es que esa misma separación he efectuado yo muchas veces, sobre todo cuando visiono al cuerpo como un envase, que puede pasar a ser, por diversas causas del destino, una rigída carcel que los que estan fuera tambien perciben y no saben franquear.
    Mi más sincera enhorabuena por tus letras.
    un abrazo,

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  5. Saludos Josep, por un instante me vi en la camilla, con la mirada perdida en la barbilla de aquel ATS que corría a toda prisa, entregado a la suerte de las combinaciones posibles por las que terminas vivo o muerto. Interesante.

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  6. Hola Alfonso:
    Para mí, mucho más importante que te haya gustado es que vuelvas a dejar un comentario.
    Un abrazo.

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  7. Hola JLMON:
    No hay como tener una buena historia.
    Un abrazo.

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  8. Hola Fernando:
    Pues habrá que perseverar. Esto de la edición está fastidiado a pesar de lo paradójico que resulta constatar que se publica más que nunca.
    Un abrazo.

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  9. Hola MaS:
    Tienes un hijo sabio a pesar de que sólo tenga cinco años. La reflexión sería cuantas veces hablan de nosotros pero sin hablarnos a nosotros. Los médicos lo hacen mucho, pero no son los únicos.
    Un abrazo.

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  10. Hola Adolfo:
    Por circunstancias de la vida a mí me ha tocado ser algunas veces el ATS, otras el paciente y algunas más el deudo o sea que la historia no me viene de nuevo. Todos los papeles tienen su lucimiento, qué duda cabe, pero todos tienen una diferente perspectiva que no se puede escoger. Lo verdaderamente trágico es no poder hacer oir tu voz.
    Un abrazo.

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