Un señor de edad avanzada entra en un estanco a comprar una cajetilla de cigarrillos. El dependiente se la da y el anciano lee el aviso sanitario que indica que “fumar produce impotencia sexual” y compungido se dirige al estanquero diciéndole “No fastidie, ¿No lo tiene del que sólo mata?Este chiste que me contaron sirve para introducir un asunto que me viene ocupando desde hace tiempo y que tiene que ver con el método de valoración de alternativas. Aunque en general, la capacidad de elección suele ser mucho más amplia de la que solemos percibir, algunos se dejan llevar por posturas maximalistas del tipo "blanco o negro" mientras que otros no tienen inconveniente en desplegar todas las variables posibles antes de escoger lo que quieren.
La capacidad de valoración de alternativas guarda alguna relación con nuestro enfoque de vida. Las personas más cuadriculadas tienden a ser más taxativas y, por lo general, más impacientes y las más dúctiles a preocuparse por los detalles y por ello a ser más sensibles con los matices lo que suele llevarles a tomarse más tiempo antes de decidir.
Una vez vi publicado un chiste gráfico en el que se veía a una señora en una zapatería que se había probado un montón de pares como atestiguaba el gran número de cajas que aparecía a su alrededor. En el bocadillo del chiste le decía al vendedor: “muy bonitos, pero no son lo que estoy buscando”. La duda es algo con lo que nos cuesta vivir desde la memoria de los tiempos, y en ocasiones, las resolvemos de forma inadecuada. O tomamos la decisión de no decidir (parálisis por el análisis) o tiramos por la calle de en medio (pim, pam, pum).
Eso me recuerda un caso verídico que me pasó hace ya algunos años. Tres amigos fuimos a cenar a una venta donde teníamos que pedir en la parrilla. A los tres nos apetecía comer un filete pero uno lo prefería poco hecho, otro al punto y otro pasado. El encargado de la parrilla se nos quedó mirando, puso la carne a asar, la sacó al mismo tiempo y nos dijo “ea, uno sangrante, otro al punto y otro muy hecho. El siguiente”. De nuevo los estilos sociales en su manifestación más pura, pero hoy no me extenderé sobre eso.
Esta mañana he pasado un buen rato tomando café con un amigo mientras me contaba sus proyectos vitales y profesionales (para él ambas cosas van muy unidas) porque quería conocer mi punto de vista, cosa que se agradece.
Conforme me ponía al día de sus reflexiones me daba cuenta de que quizá no había valorado suficientemente las alternativas que se le presentaban. Estaba muy centrado en “esto o aquello” mientras que a mí se me ocurrían otros caminos intermedios. Curiosamente, mientras se los planteaba las respuestas que recibía de él eran de dos tipos: “no lo había pensado” o “no lo descarto” pero invariablemente volvía al “blanco o negro”.
Mientras hablábamos ha llegado una señora que se ha sentado a nuestro lado y que le ha pedido al camarero un café con leche pero que lo quería largo de café, descafeinado, con sacarina, la leche del tiempo y en vaso. Jolines, pensé, ésta sí que sabe lo que quiere y al instante volví a prestar atención a lo que me contaba mi amigo que no se había percatado del detalle.
- Ya, pero tú qué es lo que quieres, le he preguntado para que concretara porque ya empezaba a divagar un poco.
- Pues lo que quiero es trabajar y disfrutar. Ya sabes, dedicarle las horas suficientes al trabajo pero que me deje tiempo libre para poder hacer otras cosas.
- Y yo, pero todavía no he encontrado el modo de hacerlo.
- No es tan difícil. Lo que yo quiero es algo tan simple como el café con leche que se está tomando esa señora -me ha contestado.
- Pues no sabes lo que pides.



