7 de abril de 2009

El tiempo, el gran escultor

Tomo prestado este título de Marguerite Yourcenar, una de mis autoras favoritas, para exponer una idea: nadie debería tener el poder para convertirnos en alguien que no queremos ser. Este atributo le corresponde en exclusiva al tiempo. Alguien dijo que a los veinte años tenemos la cara que nos dieron nuestros padres, mientras que a los cuarenta tenemos la que nos ha dado la vida.

Cambiar nuestras actitudes, que es lo más sensato a lo que podemos aspirar, es una decisión que nos corresponde únicamente a nosotros. Veo a menudo personas que, después de haber escuchado a otras, cambian sus puntos de vista sobre algo en concreto sólo por su capacidad de persuasión para observar con el paso del tiempo, normalmente muy poco, que se vuelve a los puntos de vista originales.

Copiar modelos con suma facilidad es dañino para quien los adopta porque obvia un paso importante en todo cambio de comportamiento: el contraste con la escala de valores de cada cual que es más inmutable de lo que parece. Eso juega a favor o en contra, pero es determinante.

En realidad, la capacidad de influencia sólo debería ejercerse desde el máximo respeto a las personas. Es más fácil influir sobre alguien inseguro, hacer que cambie su punto de vista sobre algo en concreto y desentenderse de las consecuencias de estos cambios que hemos provocado, sobre todo si son para mal.

Re-esculpirnos es por tanto una cuestión de tiempo y sugiere un proceso de lenta erosión más que de ruptura, sobre todo si esta es momentánea o nos convierte en alguien que no queremos ser.

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