24 de abril de 2009

Las cien caras

Confieso que la aceptación de la diversidad es algo que me ha interesado desde siempre. En mi experiencia personal, es imposible acordarme de todas las personas a las he dirigido o servido, he formado o me han formado o con las que he interactuado, pero siempre he creído que todas ellas tenían un mensaje escrito en su cara que tenía en mí a su único destinatario.
La cuestión es saber cuántas de las respuestas que he tratado de dar a esos mensajes habrán sido percibidos como efectivamente atendidos o ignorados. Por ejemplo, cuando estoy dirigiéndome a una audiencia trato de concentrarme en unas pocas personas a las que trato de mirar a los ojos para percibir en ellas el grado de aceptación respecto a lo que estoy diciendo y para que me sirvan de termómetro, pero siempre me pregunto si lograré cumplir las expectativas del resto.
Para tratar de solucionar esto suelo recrear imágenes de la diversidad de las personas a través de patrones de comportamiento predecibles en función de la audiencia; es decir, trato de dar satisfacción a cosas que creo que interesan a cada uno de esos patrones que imagino que están ahí representados y, si es posible, trato de hacerlo prescindiendo del tipo de público al que me dirijo (médicos, ejecutivos, empleados o lo que sea).
Para mi sorpresa, esta metodología suele ser muy efectiva hasta el punto de que, en ocasiones, alguien se acerca y me dice: “¿nos conocíamos de antes? Lo que has contado a mí también me pasó”. Pero casi siempre sucede que esa persona en concreto no era una de las que me había fijado previamente. Por eso pienso que pensar en la diversidad es una buena forma de acertar a la hora de formular nuestros puntos de vista.



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