21 de abril de 2010

Planta 63

Ascendió hasta el piso 63 donde tenía su apartamento propulsado por uno de los doscientos cuarenta ascensores iónico-levitadores auxiliares dado que el nudo de comunicaciones primario del complejo donde vivía estaba clausurado temporalmente a causa de reformas y mantenimiento. La empresa maliense que tenía la contrata había incumplido los plazos fijados para finalizar sus trabajos, ocasionando con ello innecesarias molestias y perjuicios a los más de veinte mil habitantes del edificio-ciudad B-40 que se veían obligados a utilizar esos anticuados ascensores de capacidad reducida. Las cincuenta personas que cabían en cada uno de ellos se hacinaban en un espacio tan reducido que sólo el corto espacio de tiempo que transcurría hasta que llegaban a su destino lo hacía soportable, aunque a aquellas horas de la noche el número de viajeros no llegaba a la veintena.
A la tres de la mañana, los bloques 7 y 8 Este del edificio, es decir las plantas comprendidas entre los pisos 70 y 80, todavía estaban iluminados. Allí se localizaban los hubs de comunicaciones mundiales y hasta la salida del sol distintos bloques del complejo se irían apagando e iluminando con una cadencia previsible. Incluso en aquella sociedad tan avanzada, los husos horarios determinaban la actividad o descanso del coloso.
A partir de la planta 150 y hasta la 175 se encontraban los diminutos apartamentos del personal de mantenimiento y el resto de instalaciones a su servicio. Más de 3.000 personas de todo el mundo y sus familias habitaban ese nido de águilas que a todas horas parecía un hormiguero y en el que desarrollaban prácticamente todas las actividades, incluidas la educación, la sanidad, la restauración y el ocio. Por debajo de la 60 y hasta la 25, estaba ubicada la zona noble del edificio y en ella vivían los escogidos, incluidos aquellos que, como él, ni siquiera trabajaban en el complejo pero que tenían la consideración de elite. Por debajo de esa planta, se encontraba las dependencias de distintas compañías que operaban en el mercado mundial.
El bloque residencial tenía una superficie útil de 250.000 m2 por planta, mucho menor que el resto y eso era a causa del lucernario que ocupaba la parte central del complejo que tenía la función de crear un microclima que recreara las estaciones del año en el hemisferio sur. No en vano, los planificadores habían previsto hasta el más mínimo detalle para hacer la vida más agradable a los habitantes desplazados que eran mayoría. En el espacio de una semana, podía cambiarse la configuración hemisférica, si fuera necesario.
La planta 63 pertenecía a ese bloque y allí tenía su apartamento. Una vez allí y desde el hall, unos transportes deslizantes distribuían a las personas hasta su destino. Bastaba con que un sensor captara la señal por radiofrecuencia de sus viajeros para que en menos de dos minutos garantizara que los inquilinos llegaran al punto más alejado de la planta. Los ingenieros coreanos habían introducido mejoras en los últimos meses y ahora incluso era posible que en ese corto trayecto se pusieran en marcha todos los sistemas domésticos antes de que uno llegara a su vivienda.
Cuando entró en su apartamento, en el que el color de los paneles murales que actuaban como paredes era personalizable en función de las preferencias y estados de ánimo de sus inquilinos, enseguida vio que algo no andaba bien. Las cortinas térmicas estaban descorridas, la luz cenital parpadeaba y los video mensajes de su muro de comunicaciones aparecían solapados. Como era muy tarde y quería acostarse para dormir algo pasó por alto esas señales de alarma, pero la cosa se puso fea cuando al rato su biocronorregulador de muñeca le mandó un mensaje erróneo indicando que ya era hora de levantarse. Angustiado por aquel desaguisado inconcebible, se puso en contacto con su central de servicios para presentar una queja formal pero nadie atendió su llamada, así que no tuvo más remedio que usar el arcaico sistema de Internet para que alguien le atendiera. Al otro lado apareció una atenta señorita bosquimana que inmediatamente chequeó en su panel que todo parecía estar en orden pero que le informó que, no obstante y de inmediato, acudiría personal de mantenimiento para subsanar esa extraña anomalía por la que por anticipado pedía disculpas.
A los cinco minutos, un par de operarios paquistaníes estaban analizando todos los periféricos del apartamento en busca de respuestas. Para ello conectaron una centralita autónoma de chequeo y constataron que, efectivamente, la avería existía aunque el sistema central fuera incapaz de detectarlo. Uno de ellos tuvo una idea brillante. Extrajo de su cinturón de trabajo un pequeño martillo de aleación de titanio y dio un suave golpecito en una esquina del panel de control que obró el milagro de que todo volviera a la normalidad. Satisfechos por el resultado, los operarios le hicieron firmar un formulario virtual de conformidad y se fueron por donde habían venido.
A las nueve de la mañana, su central de mensajes casi se había colapsado por la cantidad de comunicaciones que había recibido pidiendo disculpas por lo sucedido. La última le causó estupor. El administrador jefe de la ciudad-edificio ponía en su conocimiento que había cursado una orden ejecutiva para que la empresa nepalí encargada del servicio de domótica fuera expulsada del pool de contratistas a causa de su negligencia. Y mientras tanto, todo el nudo de comunicaciones primario del complejo seguía clausurado temporalmente a causa de reformas y mantenimiento sin que aquello hubiera acarreado la más mínima consecuencia. Se preguntó cuál hubiera sido el revuelo generado por ese leve contratiempo si en lugar de la planta 63 su apartamento hubiera estado situado en la 124, donde vivían los parias. Obviamente, esa era una respuesta que nunca conocería.

16 comentarios:

  1. Hola Josep:
    El relato, estupendo pero confieso que me ha ido entrando un poco de claustrofobia según cambiaba de línea.
    En Dubai está la torre más alta del mundo (por el momento) con 828 metros de altura repartidos en 192 plantas, de las cuales 108 son apartamentos. Es algo así como "tu edificio", pero en terrestre.
    Con tantos metros de altura ya no será fiable asomarse a la ventana del piso 180 para decidir si ponerte jersey, manga corta o paraguas, digo yo. Pero como se te olvide la cartera (el móvil, la basura, el juguetito del niño, etc.) y caigas en la cuenta justo cuando llegas al hall principal ¿vuelves a por ella o mandas un mensajero?.

    Contestando a tu pregunta final... ser de la planta 124 de "tu edificio" es similar a ser cliente español de, casi, cualquier compañía de "servicios básicos" (agua, teléfono, luz...)con una avería; "pague el recibo primero y luego reclame", "ya le avisaremos", "¿me puede facilitar Ud. sus datos, es para comprobar la línea de cabecera?", "ya hemos tomado nota de "su" incidencia"...pero ¿Quién tiene la avería, mi contrato o tu servicio por el que te estoy pagando?".
    Y todo ésto sin una disculpa y da igual que vivas en el 63 o en el 124.

    Un buen relato "futurista", cuando menos inquietante.
    Besos, Josep, que pases un buen día.

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  2. Hola Josep:

    Excelente relato futurista y un poco bastante agobiante como dice María. Yo creo que en realidad no es un retrato futurista, sino más bien, una especie de metáfora, alegoria o como lo quieras llamar sobre el mundo que vivimos hoy. Cambia el escenario, cambia la velocidad, pero en definitiva el edificio es el mundo y el personal que lo habita el mismo.
    Me ha encantado y me has dado una pista para reflexionar sobre por qué falla esto de la globalizacion.

    Un abrazo

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  3. Hola Josep

    Leyendo tu post, me he acordado de la famosa y ya clásica novela de JG Ballard "High Rise". Recomiendo encarecidamente su lectura para los que gusten de ambientes -muy- claustrofóbicos :)

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  4. Hola Josep:
    Me encanta la ciencia ficción. Nos permite reconocer nuestras miserias mirando por la "ventana" del tiempo.
    Como buen aficionado de la ciencia ficción me has recordado algunas pelis y libros que leía cuando... era más joven. Pero sobre todo destaco la escena del martillazo: Es el ordenador hal 9000 en 2001 una odisea... No cabe duda. Todo un símbolo.
    Un abrazo.

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  5. Hola Fernando:
    Efectivamente, lo que pretendía como en todos los cuentos que escribo es maquillar una alegoría. Como recordarás, en el pasado los ricos vivían en las plantas más bajas y el servicio en la más alta, allí donde el calor y el frío daban de lo lindo.
    El trato que recibían entonces, el que se recibe ahora y no sé si también en el futuro no es el mismo, como tampoco lo son las consecuencias de los errores o las no conformidades.
    Muchas gracias por el comentario y me alegro que haya resultado inspirador para tu próxima entrada.
    Un abrazo.

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  6. Hola jd roman:
    A mí me resulta más inspiradoras algunas pelis de ciencia ficción. No conozco el libro que mencionas pero tu recomendación bastará para que le eche un vistazo.
    Muchas gracias una vez más por tu comentario.
    Un abrazo.

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  7. Hola Javier:
    Seguramente hemos visto y leído pelis y libros similares, así que el background es el mismo.
    A mí lo que me ha gustado de la escena del martillazo es que, a pesar de vivir en un mundo sumamente tecnificado, aún haya cabida para el artesano avispado.
    Un abrazo.

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  8. Hola de nuevo ... En particular para Fernando y para María

    He tenido que buscar el título en Español, es "Rascacielos", es del año 1.975 (la leí en Francés en su momento, se intitulaba I.G.H.)

    ¡ Ojo ! No es para todos los paladares, J.G. Ballard siendo el autor de "El imperio del Sol" y de "Crash" por ejemplo

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  9. HOla JOsep,

    ay...¡a mí tu relato me dió un vertigo increible! todavía estoy mareada. Me gustó el comentario de FERNANDO. Creo que lo podemos pensar como metáfora del mundo.

    Un abrazo y yo escribí un cuentito, si quieres pásate por mi blog a leerlo. Es corto.

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  10. Josep
    No me conocía esa vena PH. DICK tuya. Buen relato y coincido con los colegas: agobia- axfisiante. Pero, bueno, menos mal que para cuando eso ocurra, la habremos palmado y quizás, tú y yo, nos hayamos reencarnado en chips gemelos con cierto toque cabroncete para dejar al pairo a toda la city.
    Un abrazo

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  11. Hola jd roman:
    Los datos que das me vendrán bien para iniciar la búsqueda.
    ¡Gracias por el rebote de comentario!
    Un abrazo.

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  12. Hola Myr:
    Las metáforas tienen intencionalidad y yo la tenía, la verdad.
    Corro a leer tu cuento.
    Un abrazo.

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  13. Hola JLMON:
    Ya ves, golpes escondidos que uno tiene. Me apunto a lo de los chips gemelos (o lo que sea en ese momento) y si podemos dejar sin luz al vecindario pues qué se le va a hacer.
    Un abrazo.

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  14. Estupendo relato Josep muy futurista o quizás no tanto, porque al paso que vamos no faltará mucho para que estemos todo el tiempo con el mando en la mano y todo computarizado. A mi lo de las alturas me produce vértigo, no sé si podré vivir entre tanta modernidad. Un abrazo muy grade.

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  15. Hola Belkis:
    Lo del miedo a las alturas, francamente, es lo que menos me preocupa del futuro, pero entiendo que la falta de espacio hará que los edificios muy a menudo sobrepasen la altura de las nubes, como el ejemplo de la foto.
    Un abrazo.

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