27 de julio de 2010

El preso de Polé


En las playas de la isla de Polé un escritor que fue condenado en 1956 por sus ideas escribía palabras a través de su paleta de colores. Sus relatos los camuflaba en lienzos de 90 x 90 centímetros que le llegaban semanalmente a través de su familia en la barcaza de aprovisionamiento. En esos envíos incluían además pequeños paquetes con correspondencia, ropa y algo de comida que eran estrictamente revisadas a su llegada antes de serle entregadas.

Aunque no estaba encarcelado en sentido literal porque tenía libertad de movimientos (si por tal puede entenderse una isla de un kilómetro de largo por medio de ancho en la que no hacía falta otro tipo de celda más convencional) P. sentía cómo sus músculos se oxidaban más por el paso del tiempo que por las pocas oportunidades de ejercitarlos a su conveniencia, cosa que podía hacer siempre que quisiera. Más bien, de lo que se quejaba era de no poder hacerlo en libertad recorriendo las avenidas a su antojo, deteniéndose ante un escaparate o entrando en una librería, por no mencionar el alejamiento de los suyos y de sus amigos.

En esas condiciones, escribía capítulos de novelas con imágenes indescifrables. Cuando le llevaron allá, sabía que pasaría los siguientes seis años de su vida sin poder mantener contacto humano más allá de sus cuatro celadores tan condenados o más que él y que el gobierno había puesto a su disposición exclusiva para lo que fuera menester, lo que en la práctica se resumía en vigilarle durante ese tiempo y a otros que vinieran más tarde.

Dado que era el único huésped de aquel presidio en forma de islote, al menos tenía la potestad de compartir la misma comida que cocinaban sus guardianes y era difícil imaginar lujo mayor, dadas las circunstancias. Eso y las charlas con ellos al anochecer alrededor de una fogata escuálida era un regalo que se hacían mutuamente antes de acostarse en un jergón justo al lado de sus carceleros, entonces sí, encerrado en una celda del pequeño fuerte que era la única construcción de la isla.

Las primeras novelas que se publicaron desde su cautiverio no despertaron sospechas. P. no tuvo dificultad en sacarlas cifradas de la isla utilizando el mismo conducto por el que llegaban los lienzos en blanco. Los costes eran sufragados por los destinatarios que, a pesar de lo disparatado de las tasas que les imponían, nunca se quejaron del precio. Lo que nadie sabía era que esos lienzos no eran en modo alguno pinturas abstractas al óleo sino códigos que se descifraban durante semanas enteras bajo la atenta mirada de expertos.

Cuando llegaron noticias de más publicaciones nadie las relacionó con los lienzos que pintaba en la remota isla pero causó extrañeza. ¿Cómo iba a escribir nuevas novelas si el gobierno le tenía a tan buen recaudo y tan alejado del lápiz y el papel? El misterio nunca fue aclarado porque a nadie se le ocurrió preguntarse por los cuadros emborronados que llegaban de la isla y a pesar de que nadie conocía esa supuesta afición pictórica, el reglamento no prohibía que los reos ocuparan su ocio, que era tanto como hablar del día entero, en esa actividad o cualquier otra que no supusiera riesgo de fuga. De hecho, lo único que P. tenía taxativamente prohibido era la escritura y aún así esa limitación hubiera carecido de sentido. En Polé el único papel disponible era el higiénico.

Algunas mañanas pedía permiso para acercarse a la punta norte a pasar un rato. Los guardas no ponían problemas porque en esa parte se encontraba el acantilado más abrupto de la pequeña isla. Nadie en su sano juicio estaría dispuesto a tramar una fuga desde allí ni desde ningún otro punto porque, aparte de tiburones y una fuerte corriente traicionera, literalmente no había nada a lo que aferrarse en cincuenta millas a la redonda más que océano. Ese día tampoco le pusieron pegas. De hecho P. sugirió que alguno de los guardianes con los que ya a esas alturas había trabado algo parecido a la amistad le acompañara para hacerle compañía, pero a ninguno de ellos le apeteció pudiendo quedarse holgazaneando en sus hamacas y a la sombra de una palmera esperando plácidamente a que llegara la hora de la comida.

P. se despidió de ellos cargando con su lienzo, su caja de pinturas y un pequeño taburete plegable que se había construido en horas muertas y les preguntó si les parecía bien que regresara al atardecer. Sin problemas, le contestaron con la mano, así que se fue caminando sin prisa por el sendero que cruzaba un matorral y que luego se empinaba por una colina que terminaba abruptamente en el feroz acantilado. Si hubieran querido, no le hubieran perdido de vista más que unos instantes pero ninguno estuvo dispuesto a hacer ese esfuerzo.

A la caída de la tarde, P. no había regresado todavía, así que se organizó una batida para ver qué le había pasado. Nadie pensó en otra cosa que en un accidente o que se hubiera quedado dormido, pero al llegar al punto donde se suponía que estaba, lo único que encontraron fue su lienzo en el que había dejado escrito en óleo el siguiente mensaje:

“No me esperéis para la cena. Volveré tarde. P.”.

Los guardas se pusieron a escrutar el mar con la ayuda de potentes prismáticos, pero no vieron ni rastro de él y poco antes del anochecer le dieron por muerto. De hecho, aquella no era una mala solución después de todo, porque les aliviaba de la carga de tener que vigilarle durante todo el día durante el tiempo que todavía le quedaba de cautiverio. Si había decidido despeñarse, excepto que le hubieran tenido encarcelado todo el día, no lo habrían podido evitar.

Cuando a la mañana siguiente llegó la barcaza de aprovisionamiento, el responsable de la guarnición se embarcó en ella para acercarse a tierra, presentarse a su comandante y referirle lo sucedido. Ya lo había tenido que hacer otras veces y sabía que el oficial se limitaría a anotarlo en un libro oficial reseñando “el mal de la isla” como causa de la muerte. Y así sucedió, sólo que en este caso añadió otras anotaciones recriminando la negligencia de la guarnición y procediendo al arresto de sus subordinados. Sólo entonces aquel hombre que no comprendía por qué le castigaban se percató de que, en esa ocasión, en la barcaza no había llegado nada para P. y empezó a sospechar que allí había gato encerrado.

Conforme pasaban los días no apareció evidencia alguna de P. Ni vivo ni muerto, ni en Polé ni en su casa, ni en ninguna otra parte. Su familia había recibido la noticia de parte de las autoridades con aparente conformidad, pero ya se sabía que esa gente prefiere tener mártires que héroes y les dejaron en paz. Pero al cabo de unas semanas, se multiplicaron las voces que aseguraban haberle visto aquí y allá, lo cual parecía del todo imposible. Y de hecho, lo era.

¿Qué había sucedido en realidad con P?

¿Cuál es tu hipótesis?

Escribe tu final preferido a este cuento como comentario y la verdad será revelada a la vuelta de vacaciones. ¡Nos vemos!

17 comentarios:

  1. Hola Josep!
    P., en su código cifrado, aparte de escribir una novela, va orientando a sus amigos acerca de sus intenciones de fuga. El último día en la isla es en realidad el del reencuentro con ellos. Mientras los guardas dormitan holgazanamente, él desciende, muy lentamente, el acantilado, y en la caleta que se divisa desde la cima le espera una pequeña barca de pescadores. Su familia le organiza una fiesta en un lugar recóndito de su ciudad de origen y desde entonces su vida es un continuo no parar de casa en casa. Evidentemente, evita visitar los lugares que más frecuentaba y, posiblemente, incluso cambie de isla o de continente...
    Como he sido la primera en contestar, mi versión es la más simple y sencilla, también la menos arriesgada. Ah! Cosas de la rapidez y la mente enturbiada por el sueño...
    Un beso grande y muy buenas vacaciones a todos!!!
    Rosa

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  2. Hola Josep:
    ¡Mardita zea! ¡Pensar!, justo lo que pretendía NO hacer estos días, pero bueno, ya que me has tentado... allá voy:
    El taburete nunca era el mismo. Era una pieza de una barquichuela que iba construyendo en un rincón escondido del acantilado. Los guardias no se daban cuenta de que iba con el taburete pero volvía sin él. También llevaba cada día un trozo de tela que bien cosida formó una resistente vela. Ahí está la clave.
    Un abrazo.

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  3. Vaya, ya hay dos buenos finales... a ver, otra alternativa. Se escondió en una cueva que había en la isla. Sabía que le darían por muerto, al igual que otros anteriores.

    En cuanto hubo pasado el revuelo, y teniendo en cuenta que la isla normalmente estaba deshabitada (hasta que hubiera otro preso), sus amigos fueron a recogerle tranquilamente después.

    Estupendo cuento, y magnífico ejercicio participativo.

    Un abrazo, y felices vacaciones
    Pablo Rodríguez

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  4. ¡ Hola !

    Confieso que no he buscado una respuesta :( Lo que sí he hecho es buscar si existía la isla de Polé (esto dice mucho acerca de la calidad de tu escritura :)))

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  5. "...Sólo entonces aquel hombre que no comprendía por qué le castigaban se percató de que, en esa ocasión, en la barcaza no había llegado nada para P. y empezó a sospechar que allí había gato encerrado..."

    Es evidente que el comandante ya sabía de la desaparición del preso.

    Había maquinado una trampa para escarmentar a sus subordinados y facilitó la huída de P., recogiéndolo con una barca por el acantilado. Para aplicarle después el plan de testigos protegidos y por esa razón se decía que habían visto a P. en diferentes lugares.

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  6. Creo que el ir y venir hacia el borde del acantilado, cargado de lienzos, pinceles, etc. posiblemente le dio la oportunidad de fabricarse unas alas lo suficientemente fuertes y flexibles al mismo tiempo y volar hacia la libertad, dejandose caer tranquilmente. En su sueño de alcanzar la libertad vio entre las intricadas olas a una sirena que le llamaba( no para naufragar como los compañeros de Ulises) sino que subido al lomo de tan bello pez, y con sus alas al viento pudo alcanzar la costa, donde sin ser visto se perdio entre la abrupta naturaleza... mientras los vigilantes dormitaban o hablaban de sus aburridas vidas.

    ¡larga vida al pintor!

    Saludos

    Pedro Rubio

    Pedro Rubio

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  7. hOLA, ENCANTADA CON EL CUENTO. LO PRIMERO QUE SE ME OCURRIÓ ES QUE P ESPERÓ LA SUBIDA DEL MAR(ALTAMAR) PUES CONOCÍA PERFECTAMENTE DE TANTO OBSERVAR EL MOVIMIENTO DE LAS AGUAS) SE TIRÓ Y SE DEJÓ LLEVAR A OTRA ISLA. TENGO UNA DUDA: O QUEDÓ PARA SIEMPRE AISLADO O SUS AMIGOS SABÍAN DE SU PLAN Y LO RESCATARON. ANA MARÍA MANCEDA.GRACIAS POR DEJARNOS COMPARTIR TAN BUEN CUENTO

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  8. El preso continúa escondido en la parte sur de la isla y sus amigos lo saben y por eso hacen circular noticias de que está fuera en distintos lugares (por eso no le llevaron suministros el último día de estancia).
    En la segunda parte, veremos como reaparece o como lo sacan de la isla.
    un saludo

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  9. Hola Rosa:
    En lo esencial has dado en el clavo así que te doy la enhorabuena. De todas maneras espero que el desenlace te aporte más datos. Muchas gracias por participar y hasta pronto.

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  10. Hola Javier:
    Pues para no querer pensar, veo que has aplicado un enfoque muy creativo que se agradece. A ver qué te parece el desenlace, ya me contarás.
    Un abrazo.

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  11. Hola Pablo:
    Lo has bordado chaval. ¡¡Enhorabuena!!
    A ver qué te parece el final completo.
    Un abrazo.

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  12. Hola jd roman:
    Así me gusta, quisquilloso con los detalles.
    Un abrazo.

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  13. Hola Fali:
    Enhorabuena por tu enfoque policiaco. No fue así, pero podría haber sido. A ver qué te parece el desenlace.
    Un abrazo.

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  14. Hola Pedro:
    Ante todo, sé bienvenido al blog y siéntete como en casa. Tu desenlace me ha sugerido la imagen de un bello cuadro. Ojalá que hubiera sucedido como describes pero me temo que la cosa fue un poco más prosáica ;-)
    Un saludo y hasta pronto.

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  15. Hola Ana María:
    Bievenida a esta casa que espero que también consideres como tuya. Viniendo de ti que eres profesional de la escritura, tu comentario es sumamente elogioso y además acertaste en el desenlace, así que enhorabuena.
    Un saludo.

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  16. Hola Manuel:
    Ya puedes consultar cómo P. salió de la isla. Muchas gracias por tu comentario.
    Un abrazo.

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