25 de marzo de 2011

Tú puedes, papá


James White se había retirado de las carreras un par de veces. A su edad ya empezaba a ser una excentricidad verle arrastrándose por los circuitos y nadie podía reprocharle que no tuviera todo hecho en ese mundo. Gracias a él su vida había transcurrido en los más aristocráticos ambientes y había conocido a todo tipo de personas excitantes. El mundo de los coches de competición no tenía secretos para él.

La primera vez que lo dejó fue a causa de un accidente que le costó tener que pasar dos meses en un hospital y del que le había quedado secuelas. Su pierna derecha no hacía más que darle continuos problemas y cuando había humedad en el ambiente tenía que arrastrarla como un lastre. De hecho, se habló de amputársela pero él se negó. Los médicos estuvieron de acuerdo pero le previnieron que nunca sería una extremidad “funcional”. Le hizo gracia el modo tan inglés que emplearon para decirle que quedaría inútil.

No obstante, en la escudería pensaron que sus conocimientos mecánicos seguían siendo muy valorados. Proponía y probaba mejoras continuamente pero ya no era lo mismo. Al final sus mejoras eran aprovechadas por otros pilotos y eso le recordaba que él ya no estaba en ese mundo, pero su verdadera pasión seguía siendo conducir en las competiciones y se ofreció como piloto en algunas pruebas de resistencia en las que se conducía por turnos. Eso supuso su vuelta a los circuitos no sin la oposición de su esposa y el escepticismo de los responsables de la escudería. Pero cuando James White se empeñaba en algo, era difícil negárselo.

Al finalizar cada carrera sentía unos dolores atroces en la pierna herida pero trataba de poner buena cara. Además, los resultados acompañaban y eso le compensaba sobradamente. En esa época nació su tercer hijo, Jerry. Su esposa trató que lo dejara definitivamente en ese momento pero él creía que todavía no había llegado la hora. Sin embargo, al poco tiempo la escudería abandonó ese tipo de competiciones y le anunció que prescindían de sus servicios. Nadie volvió a contratarle.

Pasados los años, la reina le distinguió con el título de sir que era una hermosa forma de recordarle que ya era historia. Aceptó la distinción y se retiró con su familia a la campiña donde llevó una apacible vida de propietario rural. La vida le había cambiado por completo pero, cuando le podía la nostalgia, al menos tenía el consuelo de poder visitar el garaje donde guardaba un par de sus antiguos coches y allí se pasaba horas admirándolos.

Un buen día recibió la llamada de los organizadores de una competición de veteranos y le invitaron a participar. Dudó mucho pero el reto era atractivo. Tenía coche y todo el tiempo del mundo para prepararlo. Su hijo Jerry, que entonces tenía ocho años, le dio el empujón definitivo. Conforme se acercaba la fecha la excitación iba en aumento. Cada día que pasaba era un día menos y todavía quedaban muchas cosas por hacer, pero finalmente hubo que organizar el viaje y desplazarse hasta el continente.

El día antes de la prueba en Le Mans la pierna le dolía atrozmente. Ya no sólo era por el mal tiempo sino porque con el paso de los años volver a forzarla con los pedales de freno y acelerador se había convertido en un suplicio. Durante la cena anunció a su familia que estaba considerando seriamente no salir a pista para competir a la mañana siguiente. Nancy, su esposa, lo entendió y se sintió aliviada porque se daba cuenta de que no estaba en condiciones pero el pequeño Jerry quedó cariacontecido aunque no dijo nada.

Cuando se despertó y se levantó de la cama no pudo evitar echar un vistazo a su equipación que estaba dispuesta para ser usada. Apenado pero resuelto hizo como que no le importaba demasiado y puso buena cara pero la procesión iba por dentro. Desde la ventana de la habitación del hotel podía distinguirse a lo lejos las banderas multicolores del circuito y sintió ganas de llorar. Nancy le abrazó por detrás y se quedaron en silencio.

Entonces Jerry, que vio la escena, se dirigió a la mesa y garabateó unas palabras con su letra infantil en un bloc de cortesía del hotel, arrancó la hoja y se la acercó a su padre. Simplemente ponía “papá, si quieres puedes”. Y esa fue la última vez que compitió.

19 comentarios:

  1. Una gran historia,Josep...!
    Siempre nos dijeron que PODER ES QUERER...Pero,si además tenemos la confianza y el empuje de alguien a queremos,mejor que mejor...!
    Podría decirte que, siempre fuí muy tímida,mis mejores días en el instituto y en la universidad se los debo, en parte, a personas,que me dieron su confianza y su empuje...Nunca las olvidé y gracias a ellas y a mi amor por las letras,hoy estoy con vosotros.
    Mi felicitación por tu post que nos habla de la vocación y voluntad,determinantes para cumplir nuestros sueños.
    Mi abrazo grande y feliz fin de semana,amigo.
    M.Jesús

    ResponderEliminar
  2. En cualquier caso la opción y la libretad de hacerlo correponde a la persona que persigue ese sueño.
    El recibió el empujón final de manos de su hijo que hoy puede sentirse orgulloso de su padre. Lo logró. Genial y enternecedor. Pero ¿y si no sale? Tal vez ese chiquillo tendría cargo de conciencia o estaría orgulloso de que su padre murió en el intentento?
    La vida sin duda es un riesgo y quien lo sabe y tiene la voluntad de persegur su sueño siempre sale airoso independientemente del resultado final.
    Preciosa historia. Gracias por traerla.
    Un abrazo y buen finde

    ResponderEliminar
  3. jajajaja para mí, el chico de tu cuento adolecía de un defecto congénito mezcla de ignorancia y soberbia: El actor debe saber hasta dónde, cuando y en que condiciones.

    Hay que saber retirarse a tiempo. Hacer algo por encima de las posibilidades puede causar daño a otros (especialmente conduciendo con una pata tiesa), no hablamos del que podría ocasionarse así mismo y todo ¿para qué?

    Buen fin de semana.

    ResponderEliminar
  4. Gracias Josep Julián por tan bella historia.

    Es muy inspiradora y es el resultado de una vida vocacional y reconocida por su familia y el mundo.

    La constancia, fuerza y sentido de la pasión dan lugar a un hijo que toma las riendas...

    Un abrazo y felicidades por tu sensibilidad narrativa.

    ResponderEliminar
  5. Hola Josep:
    Me hago algunas preguntas que me cuesta contestar:
    ¿Qué pasaba por la cabeza del niño cuando escribió eso?
    ¿Por qué asumió ese último riesgo? ¿Por su hijo?
    ¿Mereció la pena?
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  6. Hola Josep:

    Genial historia la que nos dejas hoy que da lugar, como observo en los comentarios, a múltiples interpretaciones. El hijo pudo contribuir a la toma de decisión, pero no es responsable de ella. La carrera podía haber ido bien o mal (no mal necesariamente) y es posible que el riesgo mereciese la pena. Sólo el lo sabe.

    Un abrazo

    ResponderEliminar
  7. A pesar de los dolores y de las incertidumbres, John estaba como loco por correr y demostrarse a sí mismo que podía hacerlo. Su hijo puso el resto: la disculpa perfecta.
    ¡Cuántas veces buscamos y encontramos "la excusa perfecta" para hacer eso que nos encanta, aunque entrañe el riesgo de darnos un buen castañazo!. Cuando de verdad estamos convencidos de lo que hacemos, es muy probable que no nos demos ese castañazo.
    Algunos dirán que eso es temeridad. Yo lo llamo decisión. Decidir es, a mi juicio, un arte muy difícil y no hay tanta gente que se atreva a practicarlo. Es más normal ver gente que esquiva las decisiones que debe tomar y busca una excusa torpe y cómoda para evitarlas.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  8. Hola Majecarmu:
    Sentirse apoyado ayuda y mucho a tomar decisiones porque sobre todo ayuda a creer en uno mismo en la medida que ves que otros creen en ti.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  9. Hola Katy:
    Toda decisión implica riesgo. Ahí vemos que el hijo sólo hizo posible que su padre creyera en sus posibilidades. Salió bien pero podría haber salido mal, cosa que seguramente no estaba en la responsabilidad de un niño de ocho años. Quizá el mensaje más importante es que quien nos quiere trata de que no renunciemos a nuestros sueños. Con riesgo, claro.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  10. Hola Myriam:
    Discrepo en parte de tu análisis. El niño sólo dijo "si quieres, puedes" no "hazlo por mí".
    Viéndolo en perspectiva ya me hubiera gustado a mí poder decirle algo parecido a mi padre cuando era niño y quizá por eso pienso que me dedico a que otros vean sus posibilidades y no sus limitaciones.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  11. Hola Diego:
    Muchas gracias por tu comentario. ¿Puede ser coach un niño de ocho años? Puede aunque no sepa lo que es eso.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  12. Hola Javier:
    Muchas preguntas. Contesto a la primera: Creo que el niño le animó para que su padre no renunciara a algo que deseaba pero no se atrevía. Si estuviéramos en las mismas condiciones ¿qué haríamos nosotros?
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  13. Hola Fernando:
    Creo que lo has expresado muy bien. El niño hizo lo que muchas veces hacemos los adultos: animar a otros a que hagan lo que seguramente nosotros no tendríamos el coraje de hacer.
    Por cierto, he leído tu post en relación a los sueños y recomiendo que todo el mundo lo haga.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  14. Hola Armando:
    Estoy de acuerdo con tu razonamiento. Es mucho más frecuente renunciar que asumir los riesgos. Pero en la renuncia siempre hay implícita una derrota mientras que en la decisión existe la posibilidad del éxito. Como dice un amigo mío, no hay peor gestión que la que no se hace. La gestión de riesgos es distinta a la inacción o a la acción descabellada. El libre albedrío es lo que tiene.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  15. Me es doloroso leer que el accidente y los años le van frustando la ilusión en su trabajo. La marginación se cuela en todos los rincones y en el campo laboral también. La realidad es el dolor y el accidente. la comprensión en la mujer que aún no desando que continúe no le "PROHIBE" los nuevos intentos.
    La carrera de Le Mans, con esa nota del niño, puede acabar bien, o acabar fatal. Al niño no se le puede pedir responsabilidades, pero a veces con el afan de ayudar y motivar, podemos hundir.
    ¿Cuántas cosas hacemos por nosotros mismos?Una cosa es el apoyo de los otros y muy diferente el hacerlo por los demás.
    Otra vez más: me gustan tus cuentos.
    Un beso

    ResponderEliminar
  16. Hola Camy:
    ¿Cuántas cosas hacemos por nosotros mismos? Esa es una de las preguntas del millón, pero hay más. ¿Cuántas hacemos por hacer feliz a otros o porque no queremos defraudarles? ¿Cuántas hacemos y no deberíamos y al revés?
    En este caso creo que se dan todas estas miradas y de esto iba el cuento. Me alegro de que te haya gustado, de verdad.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  17. Josep
    No se si has plantado un árbol, aunque me da que sí, allá por Girona. Lo de la descendencia, seguro. Chico, te queda tan sólo una cosa: dirigir una peli!!!!

    ResponderEliminar
  18. Hola JLMON:
    Jeje. Eso, dirigir una peli porque lo que es montar en globo también lo he hecho.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar