29 de septiembre de 2009

Pero ¿por qué?

Un compañero y amigo entrañable con el que coincidí en una de las empresas para las que trabajé solía utilizar esta muletilla cuando nuestro jefe le encomendaba alguna misión. He de aclarar que, en aquella época, ambos trabajábamos para la primera gran empresa española que se fusionó con otra y que más que trabajos, lo que recibíamos en aquella encarnizada lucha por ver quién acababa detentando el poder eran misiones especiales de información, contrainformación o sabotaje de las líneas enemigas y no pocas de ellas eran suicidas o por lo menos sumamente expuestas.
Cometer un error significaba quedar en una posición de debilidad y aquello no lo queríamos nadie, así que cuando a mi amigo le encargaban cualquier cosa el respondía de inmediato pero ¿por qué?
A él le gustaba disponer de suficiente información antes de emprender cualquier acción en la que podía peligrar su prestigio, su posición o ambas cosas. Cosa natural, dadas las circunstancias. Pero en la misma medida, su actitud conseguía irritar a nuestro jefe la mayor parte de las veces, así que no era raro que a aquella petición de porqués la respuesta fuera porque te lo mando yo, aunque él persistía en su actitud hasta que por fin conseguía manejar más o menos las claves.
Como era previsible, mi amigo cayó en combate en una de aquellas escaramuzas empresariales. En honor a la verdad he de aclarar que fue víctima de fuego amigo, para más inri. Nuestro jefe, harto de tener entre sus filas a un soldado tan incómodo lo mandó a una misión de la que era imposible salir indemne. Su esfuerzo, en cambio, no fue en balde porque a cambio de aquella pieza él pudo cobrarse otra mucho mayor.
El día que a mi amigo le comunicaron su nuevo destino, un trabajo burocrático y sobre todo muy alejado de la primera línea del frente, que consistía en desempeñar una tarea absolutamente irrelevante y sin ninguna finalidad práctica, mi amigo no opuso resistencia a pesar de que ello conllevaba la temida congelación salarial (que le afectó el resto de su vida en activo), pérdida de mucho estatus en el nuevo organigrama y un destierro deshonroso. Pero él, como digo, no se quejó.
En una de las charlas de café y fuera de servicio los amigos quisimos saber cómo era posible que hubiera adoptado aquella actitud tan poco beligerante y nos contestó: es que se me olvidó preguntar por qué me mandaba a mí a aquella locura sin sentido. Es decir, se sentía completamente responsable de su propia desgracia por el hecho de haber olvidado pedir aclaraciones. Una sola vez fue suficiente.
Cuento esto al hilo de una actitud bastante frecuente en nuestros días que consiste en hacer las cosas sin preguntar o sin preguntarnos los porqués. Ya no digo sin hacer un frío análisis de riesgos y consecuencias que eso ya es mucho pedir, sino de hacer las cosas sin ponernos a pensar. Muchas veces lo hacemos así porque tememos importunar a nuestros jefes y sufrir las consecuencias de salir "criadas respondonas". Y más en los tiempos que corren en los que caen chuzos de punta.
R. Kipling, autor de, entre otras famosas obras, El Libro de la Selva, fue uno de los tipos más insociables de su época. En su vida vivió en cuatro continentes, fue expulsado de no pocos países y se jactaba de no haber tenido ni un solo amigo en su vida. Una joya, vamos. Una vez le hicieron una entrevista en la que le preguntaron cómo era posible que en su vida no hubiera experimentado la amistad y él, después de quedarse pensativo un instante respondió: Corrijo. En realidad he tenido seis amigos inseparable que nunca me han abandonado. Estos son: qué, cómo, cuándo, quién, cuánto y dónde.
La inteligencia emocional se ha apropiado de los "amigos" de Kipling a través de la formulación de las preguntas conocidas como “balas de mantequilla” que, sin embargo son increíblemente poderosas.
Si preguntáis con la siguiente estructura

Qué crees tú que… debería hacer para…
Cómo crees tú que… se podría mejorar…
Cuándo crees tú que… es un buen momento para…
Quién crees tú que… podría aconsejarme en este asunto...
Cuánto crees tú que… nos costaría…
Dónde crees tú que… puedo acudir para…

nadie se ofenderá de que se la hagáis ¡precisamente por eso se llaman balas de mantequilla!, lo que obtendréis será una explicación ampliada de lo que pretendéis saber, demostrareis una actitud sincera y colaborativa y además, al ser preguntas abiertas es imposible que sean respondidas con un simple “sí” o “no” lo que obligará a quien se las formuléis a explayarse que, en el fondo, es lo que queríais.
Fijaos que no he incluido “por qué”. No sé si habrá sido un acto reflejo, pero por si acaso, os aconsejo que no lo hagáis porque el recuerdo de mi amigo todavía está muy presente en mi memoria. Qué lástima que cuando le conocí y traté no hubiera sabido de su poder, aunque nunca es tarde para empezar a practicarlas.

25 de septiembre de 2009

Alta tensión

El comportamiento ante situaciones de alta tensión no es igual en todas las personas. Si atendemos a la clasificación de estilos sociales, podemos definir cuatro tipos de respuestas. Cada persona tiende a alinearse con uno de esos perfiles sociales, sobre los que ahora no me extenderé, de forma que seguramente os veáis reflejados en uno de los comportamientos arquetípicos que describo.

Tipo A
Tienen poca tolerancia bajo presión. Ante situaciones de tensión explotan con facilidad aunque por contra no son rencorosos y se les olvida con mucha facilidad por qué reaccionaron visceralmente y hasta con quién lo hicieron. Pero cuando veáis a alguien de este tipo esconderos en las trincheras porque si os pilla en el momento de máxima agitación puede pasar cualquier cosa.

Tipo B
A estos las situaciones de tensión les llevan a tratar de aplacar a quien las provoca. Su línea de defensa consiste en retroceder ordenadamente viendo si la cosa se calma un poco. Una vez rebasadas sus últimas defensas lo que hacen es plegarse a las exigencias de quien provocó la situación de tensión.

Tipo C
Estos son seres que aparentemente toleran bien la presión y la tensión. Desde luego, no demuestran que les afecte aunque no sea así. Su reacción tiende a la racionalidad, a no perder la compostura y a dar respuestas lógicas.

Tipo D
Los tipo D sufren con las situaciones tensas. No les gusta ni siquiera cuando la cosa no va con ellos. Su reacción preferida es camuflarse con el paisaje y a poder ser, salir por piernas, aunque hayan sido ellos los provocadores del desaguisado.

Todas las personas tendemos a ser complejas en la manifestación de nuestros estados emocionales pero eso no sucede cuando hay que enfrentarse a la tensión o a actuar bajo presión extrema. Ahí somos de una sola e inequívoca forma de ser que, en definitiva, muestra nuestro estilo social. La inteligencia emocional mide dos cosas: cuál es nuestro estilo social y cuánto somos capaces de adaptarnos al resto de los estilos.
Ahora imaginemos que estábamos embarcados en el Titanic. Cada una de las personas que estaban a bordo pertenecían a distintos estilos sociales. Más o menos, seguro que había el 25% de cada uno de ellos. Sin embargo, su reacción ante la situación de emergencia fue distinta. Unos corrieron hacia los botes con premura incluso saltando por encima de los demás, otros entraron en pánico y no sabían que hacer, otros trataron de ordenar las filas de embarque siguiendo criterios racionale, otros calcularon qué probabilidades había de que les tocara bote de salvamento y otros terminaron por quedarse junto a la orquesta que seguía tocando mientras el buque se hundía.
En tu caso, cuál crees que hubiera sido tu reacción. En definitiva, ¿cual crees que es tu estilo social? Y esta vez no vale decir "depende", que ya nos conocemos.
Si el tema gusta, seguiremos con ello.

22 de septiembre de 2009

El feedback nuestro de cada día, dánosle hoy…

La traducción al castellano del término feedback es la palabra retroalimentación. Será por deformación profesional pero muy a menudo tengo que aclarar más veces el significado del término en castellano que en inglés. En uno u otro idioma actúa como una de las herramientas más poderosas que jamás se ha inventado para gestionar personas y a la vez una de las más viciadas, manoseadas y peor utilizadas.
Pero qué es el feedback: es una herramienta bidireccional que permite que yo me entere de lo que piensas de mí pero no me los has dicho o para lo contrario, para que yo te informe de cosas que veo en ti y que no te había dicho. Por eso es bidireccional, aunque raramente se aplique de esa forma.
La situación ideal para dar feedback es cuando éste ha sido solicitado. Es lógico. Si de repente te pones a opinar libremente sobre la corbata que me he puesto esta mañana tu opinión nunca tendrá para mí el mismo valor que si yo te la he pedido. Si te la pido es porque valoro tu opinión y en caso contrario hasta puedo mandarte a hacer puñetas. Este es el principal mal uso de la herramienta en cuestión.
Otra mala utilización del feedback es cuando se rebasa el ámbito al que se circunscribe. Si me das tu opinión sobre cómo desarrollo una tarea, estupendo, porque valoro tu criterio o hasta puede que forme parte de tu cometido dármela, pero si además te pones a opinar sobre cómo organizo mi vida ya vamos mal.
El feedback siempre es una bendición del cielo. Al fin y al cabo, me estás diciendo lo que opinas de mí y podrías habértelo callado, así que más vale que escuche atentamente hasta el final sin interrumpir o de lo contrario, puede que no me entere nunca de lo que tiene más valor. Esté de acuerdo o no.
No está de más que cuando hayas finalizado te resuma lo que yo he entendido porque puede ser que sólo me hayas dicho que no estaría de más que adelgazara un par de kilos, pero si lo que yo he entendido es que me has querido llamar foca, ya la hemos liado. Hace unos días, mientras esperaba a que llegara el ascensor un día de lluvia torrencial presencié esta escena entre dos que se conocían.
- Hola, ¿cómo estás?
- Pues anda que tú.
Muchas veces suceden cosas por el estilo. Uno había dicho ¿cómo estás? Y el otro interpretó ¡cómo estás! Y claro, le contestó mal.
Como puede verse, dar y recibir feedback o retroalimentación no es sencillo y tiene sus normas. Algunas más de las que he mencionado hasta ahora, si bien éstas son las que me parecen más útiles e importantes. Es un arma que conviene utilizar bien ya no sólo para sacarle todo el jugo, que es mucho, sino para que no logre el efecto contrario al deseado.
Los que escribimos y visitamos blogs somos un buen ejemplo para ilustrar cómo funciona esto. Habilitamos la ventana de comentarios precisamente para que nos den feedback sobre nuestros post. ¿Y cuál tiene más valor? ¿El que refuerza nuestra postura o el que presenta reparos a nuestros puntos de vista? A nadie le amarga un dulce aunque a veces los que nos leen no estén de acuerdo y quisiéramos que expresaran su punto de vista, su feedback, vaya, porque lo que hemos habilitado es una ventana comentarios y no sólo elogiosos. Entonces qué sucede, que tendemos a hacer como cuando lo que leemos no despierta nuestro interés. Pasamos de largo dejando a nuestro bloguero sin feedback. Y todos sabemos cómo nos sienta eso.
El feedback no bebe tanto de lo políticamente correcto como del juicio equilibrado. Como se suele decir, del leal saber y entender de quien lo da. Aprendemos en la vida en función de la calidad del feedback que recibimos. De igual forma, enseñamos algo en la medida en que damos feedback también de calidad. No hay que tenerle miedo, aunque sí atenerse a unas cuantas normas básicas sin las cuales no sólo no funciona sino que es realmente pernicioso. Como decía un castizo, no es lo mismo dar feedback que dar por el feedback. Qué gran verdad. Pero que no nos falte, por Dios.

18 de septiembre de 2009

Disfrutar el momento

Era domingo por la mañana. Todavía temprano y antes de que la familia se fuera despertando y la importunara, Paula se puso a desayunar. Iba mojando distraidamente unas galletas en su taza de café mientras hacía el sudoku que venía en el periódico del día anterior. Estaba tan absorta en la tarea que cuando sonó el teléfono se asustó, derramando el contenido de la taza sobre la mesa. Su primera reacción fue maldecirse por su torpeza y levantarse en busca de un paño para limpiar el mantel, pero al incorporarse se dio cuenta de que, el azar había hecho que la mancha formase la caprichosa silueta de un mapamundi casi perfecto.
El teléfono seguía sonando pero ella fue incapaz de atenderlo absorta en la contemplación de aquella forma insospechada que se le presentaba ante sus ojos. Entonces tomó la decisión de inmortalizar esa imagen y corrió presurosa por el pasillo hacia su habitación en busca de la cámara fotográfica. Su hijo pequeño la llamó y fue a atenderle, lo que llevó su tiempo porque el niño quería que su mamá se quedara un rato jugando con él en la cama.
Cuando por fin hubo satisfecho los deseos del pequeño ya casi se había olvidado de lo que iba a hacer. ¡Ah, sí, la cámara! Su marido seguía durmiendo apaciblemente porque el domingo era el único día de la semana en que podía permitirse la licencia de holgazanear un rato más en la cama. ¡La cámara no estaba donde ella pensaba encontrarla! Tendría que despertarle para preguntarle dónde la había guardado la última vez pero le sabía mal hacerlo, por lo que se puso a rebuscar por todos los rincones de la habitación hasta que el marido se despertó por el ruido. ¿La cámara fotográfica? No sé, a mí qué me cuentas. ¿Y para qué la quieres ahora?
Paula recordó que probablemente se la hubiera tomado prestada su hija mayor para hacer un trabajo de imagen en el instituto, así que se fue a despertarla. ¿La cámara? Está ahí, sobre la mesa de estudio. El teléfono volvió a sonar y esta vez lo cogió. Era su madre para contarle que había pasado mala noche por culpa del lumbago y quería saber si Paula, que tenía buena memoria, recordaba cómo se llamaba aquella pomada que otras veces le había ido tan bien para que alguien de la familia se la comprara y se la acercara a casa. ¿Por qué no me cogiste antes el teléfono? fue su despedida antes de colgar malhumorada.
La mesa de estudio se parecía más a una leonera. Allí no había quien pudiera encontrar nada, pero por fin palpó con sus manos un bulto debajo de unos pantalones y dos jerseys que podría ser lo que buscaba. Lo era. Fue andando apresurada por el pasillo hasta el comedor para inmortalizar la imagen, pero cuando llegó había pasado tanto tiempo que la mancha había ido empapando la tela del mantel y ya no se distinguía nada. Ni con mucha imaginación hubiera podido deducirse que sólo unos minutos antes aquello era un mapamundi perfectamente reconocible. Se sintió desolada, así que recogió el mantel manchado y dispuso el servicio para el desayuno de la familia.
Unas horas más tarde, salieron a la calle para hacer el paseo de todos los domingos. El marido quiso saber por qué le había despertando con tanto alboroto y la hija mayor añadió que si no podía haber esperado a que ella se levantara para preguntarle por la dichosa cámara y para qué la necesitaba con tanta urgencia. Paula se los quedó mirando pero no les contó nada. Al pasar por delante de una farmacia de guardia se dispuso a entrar en busca de la pomada milagrosa para su madre. En ese instante, se dio cuenta de que en la cristalera se reflejaba la imagen distorsionada de su hijo pequeño. Su cabeza se veía enorme y en su frente podía leerse el eslogan del anuncio de un analgésico “Para que su cabeza no estalle. Alivio sintomático de cefaleas”. Sonrió y empujó la puerta.

Lo efímero puede durar sólo un instante. Disfrútalo como el regalo inesperado que es antes de que se desvanezca.

15 de septiembre de 2009

Vidas ejemplares

Los que tienen más o menos mi edad recordarán los tebeos (actualmente llamados cómics) de la famosa editorial Novaro que se publicaban bajo el título genérico de “Vidas Ejemplares” y a través de los cuales nos pusimos al día de la vida y milagros de un montón de santos y beatos. Recuerdo ahora el que trataba sobre el Padre Damián, famoso por su labor en las leproserías (quién no recuerda la famosa Molokay). En una de las viñetas se veía a un anciano paria aquejado de la enfermedad al que nuestro héroe le preguntaba por su edad. Dos años, decía el viejo. ¿Cómo puede ser, respondía el beato? Porque esos son los que he vivido en la excelencia después de haber conocido la existencia de Dios, remachaba el leproso. Toma ya.
Hace muy pocas semanas, un maestro alfombrero turco me decía que sólo cuando se conoce la excelencia se puede calibrar el valor de las cosas (obviamente se refería a las alfombras pero la sentencia es sustituible a otros muchos ámbitos).
Reconozco que aquello me dejó pensativo porque el argumento era tan lógico que caía por su propio peso.
Hoy leyendo las páginas de economía resulta que una de las empresas más excelentes del país (me refiero a El Corte Inglés) está tratando de llegar a pactos con los sindicatos para ajustar con un año de antelación la presencia de cada uno de sus empleados en sus tiendas al objeto de que coincida con los días y horas de mayor afluencia previsible de público y que de esa forma los trabajadores puedan planificar mejor sus periodos de descanso adecuándolos a las necesidades de la empresa (y no al revés). Por si alguien cree que esa medida está orientada a la conciliación familiar de sus colaboradores, aclaro inmediatamente que la empresa aduce que, de esta forma, no será necesario realizar ajustes de plantilla (léase despidos). ¡¡Despidos en El Corte Inglés!!
Me pregunto qué hubiera sucedido en muchas de las empresas de este país si hace sólo un año hubieran hecho un planteamiento similar a sus trabajadores tratando de ajustar sus horarios a los de mayor demanda en prevención de catástrofes mayores y creo que es mejor que no diga a qué conclusión he llegado.
Cómo me hubiera gustado que El Corte Inglés hubiera publicado esta medida un año antes, cuando a la vuelta de vacaciones muchos todavía se las prometían tan felices. Tal vez las empresas ejemplares deberían publicar su estrategia en los cómics que alguna nueva editorial Novaro publicara, porque al final lo que mejor entendemos es lo que se nos cuenta como a los niños. Por mi parte, confieso que ya me he lanzado a la búsqueda y captura de algunos viejos números para ver si aprendo algo sobre estrategias de éxito contadas como vidas ejemplares.
No desespero de dar con algún hallazgo de provecho.

11 de septiembre de 2009

Valor añadido: Nueve más uno, igual a diez

Imaginemos que se nos presenta una figura geométrica en la que a simple vista se ve que está incompleta. ¿Qué haríamos? Completarla, y eso nos reportaría tanta satisfacción como valor añadido a la figura en cuestión.
Ahora imaginemos que hemos hecho un utensilio con nuestras propias manos. La observamos y nos gusta, aunque tenemos la sensación de que le falta algo y por más vueltas que le demos no sabemos decir de qué se trata. ¿Dejaríamos que otros nos aconsejaran, que aportaran su "valor añadido"?

Y si lo hicieran ¿sus opiniones serían coincidentes entre sí?
Y si no fuera así ¿a quién haríamos caso? La respuesta probable es que quien mereciera más nuestra confianza y ello a pesar de que tal vez no fuera la aportación más lógica, idónea o valiosa, como sólo el tiempo se encargaría de demostrar.
La confianza, por tanto, es un valor apriorístico fundamental en nuestro proceso de toma de decisiones. Pero ¿qué nos induce a confiar en alguien o en algo? Ese es uno de los grandes misterios de la psique, pero a cambio creemos saber con certeza por qué razones desconfiamos, de forma que podemos establecer que confiamos más por razones subjetivas que objetivas mientras que en el caso de la desconfianza tendemos a lo contrario.
Sin embargo, incluso intuitivamente sabemos que lo subjetivo y lo objetivo beben de fuentes distintas. Lo objetivo es o debería ser consecuencia de la razón, de los hechos probados o de las consecuencias de nuestra propia experiencia, mientras que lo subjetivo tiene que ver con la manifestación de nuestras emociones.
Cuando lo hacemos al contrario, suele producirse más errores, sobre todo en cuanto a lo de la desconfianza. En efecto, desconfiar de algo o de alguien básica o únicamente por presentimientos o pálpitos nos conduce a establecer prejuicios y de ahí que las decisiones que tomemos sean de menor calidad, cuando no erróneas.
El valor añadido (9+1=10) se genera objetivamente o no se genera, de forma que sólo las decisiones correctas producen mejora. Ahora bien, ¿de qué fuente bebemos para obtenerlas?

9 de septiembre de 2009

Cloudconsulting

Como algunos de vosotros ya sabéis, una de las cosas en las que más creo es en la expansión del ámbito colaborativo, también aplicado al mundo profesional. No siempre ha sido así, desde luego, pero los años y la experiencia me han hecho ver que sólo cuando se comparte se puede avanzar de verdad. Todo lo contrario que otros (buenos) profesionales que actúan (legítimamente) de un modo proteccionista no sólo sobre su conocimiento sino también sobre sus metodologías de trabajo.
Hoy os presento esta iniciativa de unos cuantos profesionales que compartimos este sentir hemos venido madurando desde hace algunos meses: Cloudconsulting. Y eso qué es os preguntaréis: un sueño hecho realidad, un espacio de encuentro en el que poder compartir una parte significativa de experiencia y conocimiento de forma completamente altruista.
Pensamos que para dar servicio de calidad a los clientes en la nueva era que se avecina o en la que ya estamos instalados, cada vez será más necesario unir talentos, esfuerzos, experiencias, etc. Eso es lo que significa Cloud Consulting y a ello están llamados e invitados desde este momento todos aquellos buenos profesionales (no sólo consultores) que compartan este sentimiento y que piensen que ese puede ser un buen lugar para aportar y recibir.
Sabemos que hay otras iniciativas similares en marcha -a las que saludamos desde aquí porque nada es excluyente- pero a las que quizá todavía les falte algo de decisión para superar la fase embrionaria. Cloudconsulting prefiere nacer con poco histórico, pocos prejuicios y utilizando la tecnología de los Wiki, en la que confieso que yo mismo todavía tengo dificultades para manejarme con soltura, pero ello no ha sido óbice para que el mismo día de su nacimiento ya haya depositadas algunas semillas a disposición de todos los futuros miembros procedentes de su escaso número de fundadores que esperamos ampliar con vuestra aportación en cantidad y calidad.
Y poco más que añadir excepto que aquell@s que tengan interés y quieran formar parte deben tener presente que la entrada implica aceptar un compromiso colaborativo real. El horizonte es el que seamos capaces de crear entre todos.


NOTA ACLARATORIA: Hemos estructurado una wiki con algunas secciones, contenidos y propuestas que puedan servir como punto de partida. Si quieres conocer la orientación que le hemos dado, puedes descargarte este pdf. Si además quieres participar y ayudarnos a desarrollar y dar contenido a la red sólo tienes que darte de alta en wikispaces y solicitarlo a través de la misma wiki.
Para mayor abundamiento y ayuda a despistados, nuestro amigo Javier Rodríguez nos facilita el siguiente enlace para aprender los rudimentos del funcionamiento básico de una wiki

3 de septiembre de 2009

¡¡Good morning Vietnam!!

Se acabó lo que se daba: regreso al día a día. Para unos una tragedia, para otros una bendición pero en cualquier caso, ahí estamos de nuevo en el inicio del curso 2009-2010. Atrás han quedado unos días de merecido descanso que cada cual habrá llenado con lo que ha podido. Nadie es más que nadie por haber hecho cosas más o menos aparentes que otros, que ya somos mayorcitos para la envidia.
Claro que puede que ahora cueste un poco arrancar, es normal, pero hay que hacerlo con el mejor ánimo posible porque por delante queda el resto de nuestra vida. Los antiguos celebraban sus festivales con rituales que nosotros repetimos. Por ejemplo, en el mes de septiembre suceden cosas como que se recolecta la uva, aparecen los entrañables cortycoles, los políticos de nuevo se ponen a tirarse los trastos a la cabeza con renovado énfasis, el bronceado tan arduamente conseguido empieza a diluirse por el efecto de los perniciosos tubos fluorescentes de la oficina, las calle vuelven a llenarse de coches, gente y ruidos, etc.
Esos rituales cíclicos son los que indican la vuelta a la normalidad (o anormalidad según cómo se mire). Hay que entender el fuerte impacto que todo ello supone en nuestra apenas restablecida emocionalidad que hemos ido cuidando amorosamente con las noches de verano, los conciertos a la fresca, los cucuruchos de helado, los paseos indolentes por los tontódromos que tienen todas las poblaciones estivales...
Combatir los variados síntomas del síndrome postvacacional con pragmatismo suele ser una buena receta que, por desgracia, ni se expende en las farmacias ni se subsidia. Pero no hay que preocuparse porque nos falten estímulos: el frigorífico está completamente vacío y hay que ir a hacer un gran acopio de vituallas, los brotes verdes de la economía empiezan a aparecer en Estados Unidos y Alemania, lo que significa que por efecto climático a nosotros nos llegarán a mediados del año que viene como pronto, nuestro déficit público está por las nubes, los subsidios del paro añejo se van terminando y el gobierno propone medidas tipo Robin Hood (saquear a los ricos para seguir nutriendo la tómbola del siempre toca), hay que asegurarse de que nuestro perfil coincida con el que es susceptible por consenso de ser vacunado contra la gripe A y en caso contrario alegrarse o acongojarse, etc.. Qué sé yo, a mi se me han ocurrido éstos pero que cada cual busque sus propios estímulos para combatir la modorra postvacacional porque seguramente no le faltará dónde escoger y más pronto que tarde el veraneo será sólo un pálido recuerdo que nos uniformizará a todos, los que veranearon y los que no pudieron hacerlo. Unos y otros estaremos blancos como la leche mucho antes de las ya próximas navidades, eso es seguro.
Ahora bien, no estamos solos. En estas mismas fechas en millones y millones de hogares del hemisferio norte estarán sucediendo escenas parecidas con escenarios similares. Es lo que tiene la globalización para bien o para mal, que eso nunca se sabe.
Y aún tenemos la suerte de no estar situados en los diversos puntos calientes del planeta donde se cambiarían por nosotros a pesar de la pertinaz sequía económica que nos azota. Así que se acabó el cachondeo y sed bienvenidos a la realidad. De la misma forma que iniciaba el gran Adrian Cronauer sus emisiones radiofónicas a las tropas, ahora os digo: ¡¡Gooooooooooood moooooooorning Vietnaaaaaam!! y ya sabéis que por aquí andamos unos y otros para hacernos más llevadero el regreso y lo que venga por delante. Faltaría más.