Un compañero y amigo entrañable con el que coincidí en una de las empresas para las que trabajé solía utilizar esta muletilla cuando nuestro jefe le encomendaba alguna misión. He de aclarar que, en aquella época, ambos trabajábamos para la primera gran empresa española que se fusionó con otra y que más que trabajos, lo que recibíamos en aquella encarnizada lucha por ver quién acababa detentando el poder eran misiones especiales de información, contrainformación o sabotaje de las líneas enemigas y no pocas de ellas eran suicidas o por lo menos sumamente expuestas. Cometer un error significaba quedar en una posición de debilidad y aquello no lo queríamos nadie, así que cuando a mi amigo le encargaban cualquier cosa el respondía de inmediato pero ¿por qué?
A él le gustaba disponer de suficiente información antes de emprender cualquier acción en la que podía peligrar su prestigio, su posición o ambas cosas. Cosa natural, dadas las circunstancias. Pero en la misma medida, su actitud conseguía irritar a nuestro jefe la mayor parte de las veces, así que no era raro que a aquella petición de porqués la respuesta fuera porque te lo mando yo, aunque él persistía en su actitud hasta que por fin conseguía manejar más o menos las claves.
Como era previsible, mi amigo cayó en combate en una de aquellas escaramuzas empresariales. En honor a la verdad he de aclarar que fue víctima de fuego amigo, para más inri. Nuestro jefe, harto de tener entre sus filas a un soldado tan incómodo lo mandó a una misión de la que era imposible salir indemne. Su esfuerzo, en cambio, no fue en balde porque a cambio de aquella pieza él pudo cobrarse otra mucho mayor.
El día que a mi amigo le comunicaron su nuevo destino, un trabajo burocrático y sobre todo muy alejado de la primera línea del frente, que consistía en desempeñar una tarea absolutamente irrelevante y sin ninguna finalidad práctica, mi amigo no opuso resistencia a pesar de que ello conllevaba la temida congelación salarial (que le afectó el resto de su vida en activo), pérdida de mucho estatus en el nuevo organigrama y un destierro deshonroso. Pero él, como digo, no se quejó.
En una de las charlas de café y fuera de servicio los amigos quisimos saber cómo era posible que hubiera adoptado aquella actitud tan poco beligerante y nos contestó: es que se me olvidó preguntar por qué me mandaba a mí a aquella locura sin sentido. Es decir, se sentía completamente responsable de su propia desgracia por el hecho de haber olvidado pedir aclaraciones. Una sola vez fue suficiente.
Cuento esto al hilo de una actitud bastante frecuente en nuestros días que consiste en hacer las cosas sin preguntar o sin preguntarnos los porqués. Ya no digo sin hacer un frío análisis de riesgos y consecuencias que eso ya es mucho pedir, sino de hacer las cosas sin ponernos a pensar. Muchas veces lo hacemos así porque tememos importunar a nuestros jefes y sufrir las consecuencias de salir "criadas respondonas". Y más en los tiempos que corren en los que caen chuzos de punta.
R. Kipling, autor de, entre otras famosas obras, El Libro de la Selva, fue uno de los tipos más insociables de su época. En su vida vivió en cuatro continentes, fue expulsado de no pocos países y se jactaba de no haber tenido ni un solo amigo en su vida. Una joya, vamos. Una vez le hicieron una entrevista en la que le preguntaron cómo era posible que en su vida no hubiera experimentado la amistad y él, después de quedarse pensativo un instante respondió: Corrijo. En realidad he tenido seis amigos inseparable que nunca me han abandonado. Estos son: qué, cómo, cuándo, quién, cuánto y dónde.
La inteligencia emocional se ha apropiado de los "amigos" de Kipling a través de la formulación de las preguntas conocidas como “balas de mantequilla” que, sin embargo son increíblemente poderosas. Si preguntáis con la siguiente estructura
Qué crees tú que… debería hacer para…
Cómo crees tú que… se podría mejorar…
Cuándo crees tú que… es un buen momento para…
Quién crees tú que… podría aconsejarme en este asunto...
Cuánto crees tú que… nos costaría…
Dónde crees tú que… puedo acudir para…
nadie se ofenderá de que se la hagáis ¡precisamente por eso se llaman balas de mantequilla!, lo que obtendréis será una explicación ampliada de lo que pretendéis saber, demostrareis una actitud sincera y colaborativa y además, al ser preguntas abiertas es imposible que sean respondidas con un simple “sí” o “no” lo que obligará a quien se las formuléis a explayarse que, en el fondo, es lo que queríais.
A él le gustaba disponer de suficiente información antes de emprender cualquier acción en la que podía peligrar su prestigio, su posición o ambas cosas. Cosa natural, dadas las circunstancias. Pero en la misma medida, su actitud conseguía irritar a nuestro jefe la mayor parte de las veces, así que no era raro que a aquella petición de porqués la respuesta fuera porque te lo mando yo, aunque él persistía en su actitud hasta que por fin conseguía manejar más o menos las claves.
Como era previsible, mi amigo cayó en combate en una de aquellas escaramuzas empresariales. En honor a la verdad he de aclarar que fue víctima de fuego amigo, para más inri. Nuestro jefe, harto de tener entre sus filas a un soldado tan incómodo lo mandó a una misión de la que era imposible salir indemne. Su esfuerzo, en cambio, no fue en balde porque a cambio de aquella pieza él pudo cobrarse otra mucho mayor.
El día que a mi amigo le comunicaron su nuevo destino, un trabajo burocrático y sobre todo muy alejado de la primera línea del frente, que consistía en desempeñar una tarea absolutamente irrelevante y sin ninguna finalidad práctica, mi amigo no opuso resistencia a pesar de que ello conllevaba la temida congelación salarial (que le afectó el resto de su vida en activo), pérdida de mucho estatus en el nuevo organigrama y un destierro deshonroso. Pero él, como digo, no se quejó.
En una de las charlas de café y fuera de servicio los amigos quisimos saber cómo era posible que hubiera adoptado aquella actitud tan poco beligerante y nos contestó: es que se me olvidó preguntar por qué me mandaba a mí a aquella locura sin sentido. Es decir, se sentía completamente responsable de su propia desgracia por el hecho de haber olvidado pedir aclaraciones. Una sola vez fue suficiente.
Cuento esto al hilo de una actitud bastante frecuente en nuestros días que consiste en hacer las cosas sin preguntar o sin preguntarnos los porqués. Ya no digo sin hacer un frío análisis de riesgos y consecuencias que eso ya es mucho pedir, sino de hacer las cosas sin ponernos a pensar. Muchas veces lo hacemos así porque tememos importunar a nuestros jefes y sufrir las consecuencias de salir "criadas respondonas". Y más en los tiempos que corren en los que caen chuzos de punta.
R. Kipling, autor de, entre otras famosas obras, El Libro de la Selva, fue uno de los tipos más insociables de su época. En su vida vivió en cuatro continentes, fue expulsado de no pocos países y se jactaba de no haber tenido ni un solo amigo en su vida. Una joya, vamos. Una vez le hicieron una entrevista en la que le preguntaron cómo era posible que en su vida no hubiera experimentado la amistad y él, después de quedarse pensativo un instante respondió: Corrijo. En realidad he tenido seis amigos inseparable que nunca me han abandonado. Estos son: qué, cómo, cuándo, quién, cuánto y dónde.
La inteligencia emocional se ha apropiado de los "amigos" de Kipling a través de la formulación de las preguntas conocidas como “balas de mantequilla” que, sin embargo son increíblemente poderosas. Si preguntáis con la siguiente estructura
Qué crees tú que… debería hacer para…
Cómo crees tú que… se podría mejorar…
Cuándo crees tú que… es un buen momento para…
Quién crees tú que… podría aconsejarme en este asunto...
Cuánto crees tú que… nos costaría…
Dónde crees tú que… puedo acudir para…
nadie se ofenderá de que se la hagáis ¡precisamente por eso se llaman balas de mantequilla!, lo que obtendréis será una explicación ampliada de lo que pretendéis saber, demostrareis una actitud sincera y colaborativa y además, al ser preguntas abiertas es imposible que sean respondidas con un simple “sí” o “no” lo que obligará a quien se las formuléis a explayarse que, en el fondo, es lo que queríais.
Fijaos que no he incluido “por qué”. No sé si habrá sido un acto reflejo, pero por si acaso, os aconsejo que no lo hagáis porque el recuerdo de mi amigo todavía está muy presente en mi memoria. Qué lástima que cuando le conocí y traté no hubiera sabido de su poder, aunque nunca es tarde para empezar a practicarlas.








