Extracto de la carta de una amiga en su primer año como profesora:“Pensaba que todos serían capaces de hacer el ejercicio que les propuse y salió mal. Tuve que suspender a la mitad de la clase. No sabes lo frustrada que me sentí, y lo digo en serio porque esa noche apenas pude dormir (…).
Fabíán trató de consolarme, el pobre. Ya sabes lo solícito que se muestra siempre conmigo, no te deja caer nunca pero me recordó lo que ya sabía, que cuando una profesora tiene que suspender a un número tan importante de alumnos, la principal culpable es ella. O sea, yo (...) Me dolió porque en ese caso el examen era realmente fácil. (…)
Me propuso un experimento. Pondría el mismo ejercicio a sus alumnos a la semana siguiente y ya veríamos qué es lo que pasaba. No me opuse, aunque quise clarificar el sentido de la pregunta que más puntuaba y no me dejó porque dijo que, objetivamente, yo tenía razón, era lo suficientemente fácil.
Dos semanas más tarde me llamó para que cenáramos juntos y lo primero que hizo fue depositar sobre la mesa los exámenes corregidos. Conforme pasaba las hojas veía el desastre ante mis ojos porque el número de aprobados era apabullante. La cosa se ponía muy fea para mí y se me cerró el estómago (…)
Fabián pidió una botella del mejor vino que tenían en la carta y pidió al camarero que nos dejara a solas unos minutos. El primer trago sirvió para entrar en calor, el segundo para reprimir el llanto y el tercero para reunir fuerzas para sondearle sobre la conveniencia de presentar mi dimisión. Nunca me había sentido tan miserable y frustrada y hasta me enfadé con él porque parecía estar pasándoselo en grande (…) Al final me hizo ver que el problema era una coma mal puesta que cambiaba por completo el sentido de la pregunta. Me odié a mí misma porque el examen era de literatura”.
Años después alguien me habló de mi amiga. Ahora era la jefa de estudios de uno de los más prestigiosos colegios de la ciudad. La llamé y quedé con ella para tomar un café. Después de contarme los problemas que tenía con algunos profesores jóvenes le hice mención de que ella también había sido novata una vez e inmediatamente cayó en la cuenta de por qué le decía aquello. Sí, me dijo, casi lo había olvidado. No sabes lo mal que lo pasé. Pero sabes, una cosa que aprendí es que lo obvio no es sencillo de ver.
Pasaron más años y mi amiga llegó a ser consejera de educación de una comunidad autónoma. Me invitaron a una conferencia que daba y como parte de su disertación y para mi pasmo se puso a leer algunos párrafos de la carta que me había mandado. Cuando terminó de leerla cometió el error del político y dijo “esta carta la recibí hace pocos meses de un joven maestro”.
Al llegar el turno de preguntas se había previsto que éstas se formularan en una tarjeta y que se hicieran llegar al ponente. Escribí en ella “lo obvio no es sencillo” y se la hice llegar a través de una azafata. Cuando las ordenaba se dio cuenta de inmediato de quién la había escrito y buscó entre los asistentes hasta dar conmigo pero no dijo nada. Empezó a contestar las preguntas dejando la mía para el final. Vaciló, dudó, y sólo cuando iban a dar por concluido el acto por fin se decidió y dijo:
- Esta tarjeta contiene la afirmación más cierta que haya oído nunca, pero como no es una pregunta, no puedo responderla.








