26 de mayo de 2009

Gestión de expectativas

Aun reconociendo el enorme poder de las expectativas en los aspectos motivacionales, me he permitido reflexionar un poco sobre la diferencia que existe entre lo que esperamos de, por ejemplo, una persona y lo que obtenemos en realidad como fruto de esa relación. En las empresas es normal que se manejen expectativas tanto por parte de la propia organización hacia las personas que forman parte de ella como a la inversa. Y casi siempre éstas se frustran en las dos direcciones.

Por lo general, la gestión de expectativas no es más que una proyección subjetiva de lo que deseamos que suceda. Esto es como lo de la excitación de la noche de Reyes cuando grandes y pequeños nos hacemos ilusiones más o menos razonables sobre los regalos que recibiremos a la mañana siguiente. ¿Cuántas veces se cumplen en los términos en los que nos las imaginamos? Las mayoría de las veces están por debajo, reconozcámoslo.

La inteligencia emocional y en concreto la gestión de las emociones debería ser de alguna ayuda en esto. Si mi capacidad para proyectar es superior a mi capacidad de análisis del contexto en el que espero que el hecho se produzca, lo normal es que el resultado sea decepcionante. “Esperaba más de ti” suele ser un reproche muy frecuente o el contrario, “no esperaba esto de ti”. Ambas formas muestran un sentimiento de frustración cuando no de tristeza. Pero ¿qué era lo razonablemente esperable? Pocas veces lo podemos concretar en datos medibles y no sólo eso, sino que es altamente probable que lo que alguien espera o no espera de mí nunca me lo haya dicho formalmente con lo cual, mal puedo ser culpable de su decepción por mucho que al otro le duela.

Toda forma de poder proyecta expectativas respecto a su estructura dependiente. Lo hace el jefe con sus empleados, el maestro con sus alumnos, los padres con sus hijos, pero pocos se plantean en serio el camino inverso. ¿Acaso los alumnos no tienen derecho a abrigar expectativas respecto a la calidad de la enseñanza o del trato que reciben por parte de sus profesores? Que cada cual obtenga sus propias conclusiones sobre el derecho y sobre las probabilidades de ejercerlo e incluso de que le sea reconocido.

Cuando las expectativas nacen desde abajo es decir, de los eslabones más débiles de la cadena, los que están arriba no se dan por aludidos. Normalmente, se las trata como aspiraciones infantiles poco maduradas o con una visión parcial y/o sesgada. “Cuando seas padre comerás huevos” suele ser un argumento pretendidamente irrebatible. En esos casos, lo que se espera por defecto es que la motivación provenga (como un derecho divino) de la confianza ciega que debemos tener en quien dirige y al que no se puede juzgar en el caso de que "su" gestión de “mis” expectativas sea deficiente.

Y no es que falten herramientas. Dejando de lado el clásico ausente de los canales de comunicación del que tanto se habla pero tan poco se practica, las organizaciones más vanguardistas apuestan por el modelo de evaluación 360º que consiste en que una persona sea sometida al juicio sobre su rendimiento por parte de sus superiores, iguales e inferiores en el rango jerárquico. Este es un modelo equitativo y democrático por cuanto es participativo a todos los niveles pero absolutamente minoritario en su aplicación, lo cual demuestra la poca cultura que existe en la utilización de métodos realmente efectivos de retroalimentación.


Cuando se mide a las empresas a través de lo que se denomina "factores higiénicos" muchas de ellas suspenden, lo cual no parece preocuparles en demasía. Sucedería lo mismo con las escuelas, las familias o hasta los reality shows en los que a uno le nominan y se va a la calle. Lo realmente difícil en todos esos casos es sobrevivir al juicio de las expectativas que se generan sobre nosotros porque muchas, demasiadas veces, las reglas de juego ni son conocidas ni son equitativas. A la inversa ya se sabe, cuando seas padre comerás huevos... si sobrevives para verlo.

21 de mayo de 2009

Los socio-guettos




Noemí Rubio jugadora del RCD Espanyol ha sido separada del equipo. Hasta aquí la noticia. Y ahora el comentario subsiguiente:
Hace unas semanas publiqué una entrada en la que bajo el título
Galgos contra Podencos describía el fenómeno de los socio-guettos. Y tan sólo en este corto espacio de tiempo aparece esta noticia que ilustra a la perfección los argumentos que allí se presentaban. Resulta que lo de los Montesco y los Capuleto sigue plenamente vigente y si no, ahí va como muestra este botón.
La pertenencia a los clanes tiene esas cosas: o estás conmigo o contra mí pero con una particularidad: "el grupo es quien decide de qué lado estás" y por supuesto, si eres sentenciado has de pagar las consecuencias: eres expulsado y además, te conminan a que les devuelvas el rosario de su madre.
El sentimiento gregario de los humanos no nos aleja tanto como creemos de nuestros primos los simios pero lo negamos remarcando las diferencias. Ya se sabe que "nosotros" somos racionales y "ellos" no, pero ante un hecho como el de la noticia comentada de poco vale ser un buen profesional, entregarse a los colores que defiendes, sacrificarse por el éxito colectivo todos los domingos del año. No importa que el equipo en el que trabajas no compita ni se juegue nada, sino que, por lo visto, hay que ser como la mujer del César, además de ser honrada ha de parecerlo.
Me pregunto qué hubiera pasado si en lugar de ser seguidora del equipo eterno-rival Noemí hubiera ido pintada con los colores del otro equipo en liza. ¿La hubieran sancionado o bien se hubiera exaltado que el fair-play admite cosas como éstas y hasta la hubieran ensalzado los mismos que ahora la excluyen del equipo?
Nada ha cambiado. Romeo y Julieta siguen estando condenados a morir. Y luego dicen que vivimos en la sociedad del conocimiento, la diversidad y la tolerancia. Con qué ansias espero que mi admirado Miguel Ángel Aguilar le saque punta a esto.

18 de mayo de 2009

Depende de nosotros

Cuentan que en un tiempo muy lejano vivió en un recóndito lugar de la India un hombre viejo y sabio que se llamaba Hakum. Nadie recordaba su edad, ni siquiera él mismo. Hakum era muy apreciado y venerado por toda la gente del pueblo y todo el mundo le iba a ver en busca de sus buenos consejos.

Así, las mujeres cuando se quedaban embarazadas iban a su encuentro y le decían:

- Hakum, Hakum, tú que eres viejo y sabio ¿podrías decirme si el hijo que he engendrado será niño o niña?

Él se quedaba pensativo un rato y finalmente les contestaba. No se equivocaba nunca.

Igual que las jóvenes mujeres, los labradores antes de hacer el plantel de sus tierras también acudían a la cabaña de Hakum.

- Hakum, Hakum, tú que eres viejo y sabio ¿podrías decirnos qué será de nuestra cosecha si plantamos ahora la semilla?

Entonces el viejo hombre empezaba a escrutar el cielo y a husmear la tierra de la que cogía un pequeño puñado y después la dejaba caer lentamente, observando cómo se la llevaba la brisa. Cuando le parecía, se giraba hacia los hombres que esperaban ansiosos su respuesta y les decía:

- Debo deciros que pronto caerá una gran tormenta. Si la plantáis ahora, la fuerza del agua se llevará vuestra simiente y os arruinará la cosecha. No os precipitéis. Más vale que esperéis un poco a que vuelva a salir el sol. Estad seguros de que, llegado el tiempo, tendréis que contratar más hombres que os ayuden para cuando llegue el tiempo de la cosecha.

Y no se equivocaba nunca, así que la fama de Hakum ya superaba los límites del pueblo. Cada año gente de todos los rincones de la comarca venía a visitarle y preguntarle sobre todas las cosas que os podáis imaginar, y aunque a menudo le traían regalos y presentes, él nunca los aceptaba.


En una ciudad próxima vivían unos jóvenes estudiantes que trataban de bobalicones a los vecinos que iban a ver a Hakum. ¡Ignorantes, asnos! -les decían- ¿no veis que lo que este viejo os dice os lo podríamos responder nosotros sólo consultando algunos de nuestros libros? Pero la prepotencia de aquellos jóvenes dejaba indiferentes a sus vecinos y año tras año cada vez más gente iba a ver a aquel hombre venerable que nunca rechazaba a nadie, por peregrina que fuera su pretición.

Los estudiantes, enfadados, se reunieron una noche a la hora de la cena y comentaron las afrentas que les hacían sus parientes y amigos y uno de ellos, el de inteligencia más despierta, de pronto les dijo:

- Escuchad, creo que ya sé como saldremos de ésta y os aseguro que la fama de ese chalado de Hakum se acabará para siempre.

Todos escuchaban con expectación e impaciencia por conocer los detalles.

- Iremos al bosque y prepararemos una trampa para pájaros. Cuando cojamos uno se lo llevaremos a Hakum. Lo esconderé a mi espalda y le peguntaré que, dado que es tan listo, me diga si el pájaro está vivo o muerto.

- Pero esto es bien sencillo de adivinar dijo uno de ellos completamente decepcionado. Cuando nos vea llegar con el pájaro en la mano sabrá que está vivo.

- Mira que eres de animal -le dijo el otro. Si Hakum me dice que el pájaro vive, lo estrangularé con disimulo y se lo mostraré muerto en la palma de la mano.

- Ahora lo entiendo, dijo un tercero. Y si te dice que está muerto lo dejarás volar. Esta sí que es buena. Acabaremos con la fama del viejo y nos haremos ricos respondiendo las preguntas de estos simplones.

Al día siguiente hicieron lo acordado. Pusieron la trampa y después de esperar un rato un joven gorrión cayó en ella. Los jóvenes lo cogieron con mucho cuidado para no hacerle daño y se fueron hacia donde estaba Hakum. Al llegar tuvieron que esperar un largo rato, pues la cola era más larga que cualquier otro día. También se dieron cuenta de que, conforme el tiempo iba pasando, la hilera crecía y crecía tras ellos. Mucho mejor, pensaron, de esa forma mucha más gente vería que Hakum se equivocaba y eso haría que su fama decayera en beneficio de ellos.

Algo antes de mediodía les llegó su turno. El joven que había tenido la genial idea se adelantó hacia el hombre sabio y le dijo:

- Hakum, Hakum, tú que eres viejo y sabio ¿nos podrías decir si el pájaro que escondo a mi espalda está vivo o muerto?

El hombre se limitó a mirar uno por uno a los jóvenes que se le presentaban risueños y triunfantes y dirigiéndose a quien llevaba la voz cantante le dijo al oído:

- Joven pretencioso, qué te has pensado. Bien sabes que el hecho de que el pájaro viva o muera depende de ti.

Y dicho esto le guiñó un ojo.


15 de mayo de 2009

¿No nada nada? No traje traje

Ponerse a hacer cosas depende sobre todo de la predisposición, ese motor interno que arranca con la chispa de la automotivación y que, por eso, tantas veces falla. ¡Hay que motivarse! nos decimos a nosotros mismos cuando estamos perezosos o lo oímos de otros en tono de reproche. Y es verdad, hay que hacerlo pero ¿cómo?

Las más de las veces si rebuscamos en nuestro interior no nos faltan motivos para quedarnos en estado de reposo. Siempre hay tiempo; tengo asuntos más importantes o urgentes que atender; para qué ponerse a ello, son algunos de los más frecuentes. En el fondo lo que subyace es la baja expectativa de beneficio que obtendremos al ponernos en marcha y actuar, porque muchas veces se nos olvida que el beneficio no es cosa inmediata, sino la consecuencia de un esfuerzo continuado y entonces, amigo, la cosa cambia.

Otro motivo de la escasa automotivación es suponer que ya se conoce de antemano el “escaso beneficio” que supondrá el esfuerzo. Esto pasa mucho, sobre todo a aquellos que sin haber experimentado jamás hacen caso a los que sí lo han hecho o que les cuesta mucho encontrar relación entre sacrificio y recompensa. Son esos que dicen "en caso de duda, abstención" y abstenerse es lo que suelen hacer las más de las veces. Difícil motivar a estos, desde luego. Y persistentes en la actitud. Una joya, vamos.

Y luego están los más simpáticos de todos: los que se hacen de rogar. Estos andan necesitados de que se les motive muchas veces con todo tipo de artimañas incluido el chantaje emocional (que es lo más difícil de resistir por parte del ser humano). Un “anda, hazlo por mí”, puede ser un argumento bastante definitivo pero también es un arma de doble filo porque la consecuencia es que o bien les encanta la experiencia y entonces nuestra respuesta es “lo ves” o se aburren soberanamente con lo cual podemos prepararnos para escuchar eso de “para este viaje no hacía falta alforjas” o “que quieres que te diga, ni fu ni fa”. “Pues nadie te ha obligado” suele ser nuestra respuesta más habitual.

Ya puestos yo prefiero a los que no hacen algo porque simplemente no les da la gana. Al menos esos son consecuentes. Y además, permite no dar explicaciones sobre la negativa. Puede que sus motivos sean vagos o intensos pero en cualquier caso no están dispuestos a compartirlos contigo.

Todo esto me recuerda un día de playa cuando yo era niño. Un matrimonio se sentó justo al lado de donde estaba mi familia y al rato empezaron a entablar conversación con nosotros. Transcurrido un buen rato a mi padre se le había acabado los argumentos de charla banal así que se dispuso a darse un chapuzón con el resto de la familia y descansar un rato de aquellos pesados. A la vuelta la señora no estaba pero el marido sí. Mi padre, temiendo que el otro siguiera pegándole la hebra le dijo “¿No nada nada?” Y el otro le contestó: “No traje traje”.

Pues así es la vida. Aunque sepamos que si vamos a la playa es muy probable que nos apetezca bañarnos, demasiadas veces obviamos llevar el bañador. Sencillamente, es una cuestión de baja motivación. Y a determinadas edades, no estamos para lanzarnos al agua en cueros. Claro que tampoco sabemos lo que nos perdemos.

12 de mayo de 2009

En busca del fuego

Defiendo que si observáramos más a menudo aprenderíamos cosas a diario, porque si simplemente nos limitamos a ver o mirar puede que no nos enteremos de mucho más allá de lo que sucede ante nuestra narices. La observación está basada en la curiosidad y al fin y al cabo, sin ésta pocas probabilidades hay de que aprendamos algo, convirtiéndonos en simples consumidores de información o en cosas peores.

María Hernández nos ha dejado en un comentario a un post mío una historia personal de gran valor. En ella describe cómo su madre, que casi no tuvo oportunidad de ir a la escuela, sigue siendo un ser absolutamente ávido por aprender. Como ella misma dice, "si me muero y me hacen la autopsia, sólo encontrarán ganas de aprender". La madre de María nos da en esa frase una lección magistral: aprender todos los días es lo único que merece verdaderamente la pena y hacerlo con humildad es la mejor forma de predisponernos al conocimiento.

He titulado este post “en busca del fuego” como imagen del aprendizaje permanente que obtenemos a través de la observación de las llamas, que nunca son iguales, que siempre tienen un mensaje nuevo que ofrecernos. El homo sapiens-sapiens debe muchas de sus habilidades a la paciente observación de múltiples fuegos que se han encendido en sus refugios y en sus cerebros para tratar de entender quiénes somos y a dónde vamos. El avance de la humanidad –y de cada uno de nosotros- está íntimamente relacionado con ese afán de hacernos preguntas sobre el por qué de las cosas.

Siento gran respeto por las personas que utilizan sus propios recursos para explicarse a sí mismas. Cuantos menos conocimientos se tienen se hace más necesario basarse en la interpretación de las sensaciones y en sacar consecuencias provechosas sobre la experimentación. Es por eso que la cultura popular es tan sabia y demuestra que no es necesario haber ido a la escuela para darnos lecciones a los que sí lo hemos hecho. Un pastor sabe qué tiempo va a hacer la semana que viene sólo con observar el cielo u otros signos de la naturaleza y en eso supera ampliamente cualquier modelo de predicción meteorológica.

"Buscar el fuego" y observarlo es a lo que deberíamos dedicarnos con más ahínco. Y hacerlo de verdad, sin demasiados paradigmas o dogmas que nos condicionen. Un fuego que nos caliente pero no queme, que ilumine la oscuridad de nuestros prejuicios. Gracias María por el testimonio de tu madre y dile de mi parte lo que seguramente ya sabe, que si a muchos les hicieran la “ertopsia”, como ella dice, lo único que encontrarían sería un enorme montón de nada.

7 de mayo de 2009

Errar o “herrar”

Un maestro le preguntó a uno de sus alumnos:

- A ver, cuál es la capital de Italia
- Riga, respondió el alumno sin estar muy seguro de haber acertado.

Por detrás, uno de sus compañeros de clase le sopló la respuesta correcta tratando de que el maestro no le descubriera.

- Perdón, estaba errado. La respuesta correcta es Rota.
- Puede que antes hayas errado, pero ahora lo que estás es herrado.

Esta historia que parece de chiste, pero que no lo es, se reprodujo el otro día en un entorno distinto. Me contaron que en una reunión de una asociación de padres y madres de alumnos de una escuela uno de los asistentes sacó a colación un tema controvertido cuyas supuestas consecuencias trató de justificar utilizando una pizarra de la clase en la que se celebraba la reunión. Otro de los asistentes, que al parecer conocía los hechos a fondo, se iba poniendo cada vez más furioso al escuchar las inexactitudes en las que el otro estaba incurriendo.
Al fin, se levantó indignado arrebatándole al otro la tiza que sostenía en su mano y señaló con amplios círculos las partes de la exposición con la que no estaba de acuerdo y para darle más énfasis añadió la palabra HERROR.

Todo el mundo se quedó helado hasta que otro de los asistentes afirmó con sorna: vale, acabo de despejar mis dudas. Ya sé quién está equivocado y quién es un burro.

6 de mayo de 2009

Coyuntura y estructura



Cuentan los que le conocen que cuando el profesor Ramón Tamames daba clases de Estructura Económica en la facultad utilizaba un símil muy sensato para diferenciar coyuntura de estructura. Decía que “estructura es lo que dura y lo demás es coyuntura”.

Ante tal afirmación caben pocas dudas, desde luego. El problema surge cuando observamos la tendencia creciente a la caducidad de las cosas. Los bienes y servicios caducan antes, los apoyos al gobierno son ahora más coyunturales que nunca, las modas desde luego son efímeras por naturaleza, pocas empresas logran mantener un ciclo de supervivencia superior a los diez años, etc., pero parece que también caducan y por tanto cada día son más coyunturales las afirmaciones categóricas, las verdades absolutas. Ya sabéis, eso de que esto es así… de momento.

Viendo de dónde venimos y a dónde vamos, el debate sobre el riesgo de apostar sobre seguro pierde sentido a cada día que pasa. ¿Podemos fiarnos de la durabilidad de algo? La propia idea que tenemos de que debemos cambiar constantemente para adaptarnos a nuestro entorno equivale a dar por supuesto que nada o casi nada es estructural y creo que esa es una buena actitud, aunque matizable.

En el extremo, podría entenderse que los valores eternos nos conducen al inmovilismo. Por supuesto que cada cual puede mantener sus opciones de fidelidad eterna a su religión, al amor a los padres o a los hijos, algunos a sus parejas o a su forma de vida, pero incluso eso tiende a convertirse en revisable y si lo es, debemos admitir que entonces también es susceptible de ser modificado, como de hecho sucede.

Pienso que el problema es que a veces confundimos lo coyuntural con lo poco fiable. ¿Diríamos que es poco fiable el automóvil que nos acabamos de comprar? Pero aún y así, en pocos años pensaremos que debemos cambiarlo porque los coches de entonces se adaptarán mejor al mundo en el que vivamos (probablemente serán más ecológicos), se habrá producido más avances tecnológicos, el diseño se corresponderá con la época que nos toque vivir y en caso contrario el mundo entero ya se ocupará de recordarnos que el que tenemos ahora pertenece a otra época, etc.

Vivimos en un mundo cada vez más efímero, es cierto, pero conviene que no olvidemos que aunque nos adaptemos, debemos permanecer estructuralmente fieles a nosotros mismos que es en lo único en que podemos y debemos confiar. En eso y en que cuando muramos siempre habrá alguien que hable bien de nosotros, por supuesto.

5 de mayo de 2009

Deja que tu idea crezca y te hable

El mago sin imaginación es el vídeo que os propongo como metáfora para ilustrar la distancia que hay, casi siempre abismal, entre nuestro verdadero potencial y aquello que somos capaces de mostrar de nosotros mismos, es decir, nuestro producto.

En efecto, no basta con que sepamos cuáles son nuestros talentos -lo que en muchas ocasiones ya es bastante difícil de saber o admitir- sino que sepamos mostrarlos a los demás, a nuestro público sea este cual sea. La falta de imaginación nos convierte en predecibles y por tanto, en obsoletos.


El otro día conocí a un columnista de un periódico que decía que tenía mucho éxito entre sus lectores, pero que su gran temor era cansar y que la distancia que hay entre "hacer gracia" y "cansar" es muy corta. Para él, eso suponía un problema porque escribe con fina ironía sobre cosas serias que suceden en el ámbito local y claro, su temor no es que se vaya a quedar sin noticias que comentar sino que un día descubra que ya no despiertan esa sonrisa cómplice del lector.

Pero su potencial es enorme, así que le aconsejé "reinvéntate". Se mostró perplejo por mi consejo y me contestó que empezará a considerarlo el día que su editor empiece a discutirle los honorarios que cobra por sus artículos. En todo caso "un debate breve" decía él mismo, porque cuando eso suceda es mejor que me dedique a otra cosa.

Me quedé pensando si el periodista no tenía su parte de razón. ¿Cuántos de nosotros somos capaces de reinventarnos antes de que nos veamos obligados a ello por las circunstancias? Seguramente muy pocos. Y en eso me vino a la memoria una cita de un buen amigo que anda en eso de la innovación quien ante un tema que me preocupaba me dijo "no es que te falten ideas, pero por estrafalarias que parezcan lo verdaderamente importante es que las dejes crecer en tu cabeza y te hablen". Pues eso.


4 de mayo de 2009

¿Qué cara nos ponemos hoy?


Basta mirar la cara de las personas para descubrir su actitud. “Hoy pones cara de lunes”, solemos decir. Lástima que no exista expresiones del tipo “hoy pones cara de miércoles, o de jueves” y sin embargo sí decimos “se nota en tu cara que es viernes”.
La sola mención de los lunes equivale a suponer que uno debería estar deprimido, con poco entusiasmo y menor actitud proactiva. Se diría que el fin de semana nos ha dejado un poso de satisfacción al que regresaremos a lo sumo en cinco días, un tránsito más llevadero a cada día que pasa y que lo que sucede en ese ínterin es tan solo un mal necesario que nos permite pagar facturas.
En sus charlas, John Whitmore suele mostrar un recorte de prensa en el que se indica que más del 60% de las personas no sólo no disfruta en su trabajo sino que lo aborrece. ¿Qué está pasando? Que nuestro entorno no nos motiva lo más mínimo. O no nos dedicamos a lo que nos gusta (encuentra un trabajo que te guste y no volverás a trabajar ni un solo día de tu vida –sentenciaba Confucio) o con el tiempo descubrimos que aquel horizonte de oportunidades que nos mostraron el primer día se ha ido desvaneciendo, casi siempre por culpa de los demás.
Y sin embargo, casi por todas partes hay gente que parece ser feliz. Como no hay tantos ricos ociosos, ¿deberíamos suponer que nos encontramos ante el 40% que sí se encuentra a gusto con el trabajo que desempeña? Lo dudo mucho. Es más probable que se trate de personas que encuentran una motivación en aquello que hacen y fijaos en el matiz, porque eso supone introducir la idea de la automotivación.
Sin automotivación es difícil ser entusiasta o proactivo, estar orientado a algo que merezca la pena en términos de recompensa. Una vez trabajé en una empresa en la que cuando el jefe nos veía alicaídos o desorientados nos reunía y decía: recordad que sólo se cobra una vez al mes pero que se trabaja todos los días.
He visto ejemplos de automotivación de lo más curiosos. Un estampador que no cobraba por producción se retaba a sí mismo para ver cuantas piezas lograba terminar cada cuarto de hora y si batía el record lo celebraba levantando los brazos como un ciclista que entra en la meta en cabeza; conozco un matricero que cuando termina un trabajo en el torno a su satisfacción se pasa un buen rato contemplando la pieza y luego sale al exterior del taller a fumar un pitillo; una profesora de instituto que cada vez que terminaba de demostrar el cumplimiento de un teorema se comía un caramelo de menta…
La automotivación supone trabajar en busca de una recompensa que no conceden terceros sino uno mismo. Interesante lección. Y tú, ¿qué cara pones hoy?

1 de mayo de 2009

Libro de Bitácora (Abril 2009)

Se acaba de completar el primer mes de vida de La Inteligencia de las Emociones, este blog que inicié con algunos años de retraso. Ha sido un mes lleno de alegrías porque he podido comunicar algunas cosas de las que me mueven y este está sido un buen medio para hacerlo por lo que quiero agradecer la ayuda que me han prestado las personas que me han empujado a pensarlo, iniciarlo, a las que me han aconsejado en su manejo o que me han dado pistas sobre este medio del que poco sabía, algunas de las cuales no tengo el gusto de conocer personalmente.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi cuaderno de bitácora de este mes:
  • Mario Bennedeti, el autor y referencia emocional al que tanto debemos tantos está ingresado en una clínica de Montevideo. Tiene más de 88 años de edad y su estado de salud es muy preocupante. Leer más
  • Paul Krugman nos ha dado una nueva lección acerca de los peligros de interpretar erróneamente los signos de recuperación económica en su artículo "Brotes verdes, rayos de esperanza". Leer más
  • La deficiente gestión emocional de las personas es cuantificable en términos de pérdida de productividad, nada menos que hasta en un 40%. Os invito a escuchar esta entrevista que hicieron a Ovidio Peñalver a raíz de la reciente publicación de su libro Emociones Colectivas.
  • En la presente edición inglesa de Factor X apareció de pronto un "patito feo" con voz de ángel y vida humilde. Susan Boyle, que logró ponernos la carne de gallina a todos los que hemos visto el vídeo es un ejemplo de lo que podemos hacer si nos dan oportunidad de mostrar nuestro talento y de cuánto pesan los prejuicios y los paradigmas sobre las oportunidades que están dispuestos a concedernos.
  • Si queréis daros un chute de enfoque emocional no debéis dejar de visitar Epítome, el refrescante blog de mi amigo Alberto Barbero. Gracias por tu visión del mundo.
  • Y si queréis sumergiros en los secretos de las piedras del románico no podéis perderos esta web de Juan Antonio Olañeta, sin duda una de las personas que más sabe de esto y que más kilómetros ha recorrido a su costa para fotografiar capiteles, crismones y claustros de toda Europa, una de sus grandes pasiones.
La frase del mes de abril ha sido del mágnífico periodista Miguel Ángel Aguilar y decía: "Ningún hecho permanece igual a sí mismo después de haber sido difundido como una noticia".

Y por último, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que han visitado este blog, hayan dejado o no mensaje.