Como el día, aunque otoñal, había amanecido esplendoroso, Matías decidió ir andando al trabajo. Para algo tiene que servir eso del horario flexible, se dijo, así que no tomó el autobús como hacía a diario sino que por una vez en la vida decidió saborear el aroma y los ruidos de la primera hora de la mañana cuando se diría que la ciudad saca el pan del horno.Le invadía una sensación de plenitud, máxime cuando el día antes su jefe le había comunicado que le había propuesto para un puesto muy apetecible en las oficinas centrales. Después de todo, se decía, tarde o temprano el esfuerzo y la honradez siempre son recompensadas.
Al rato sonó su móvil y al ir a atender la llamada vio que en la pantalla iluminada aparecía el mensaje de “número desconocido”. El dichoso telemarketing se dijo, y dejó que el teléfono sonara y sonara. Unos minutos más tarde percibió un nuevo pitido. “Tiene un mensaje guardado en su buzón de voz” pero iba tan decidido a disfrutar de su paseo que no hizo caso, ya lo revisaría más tarde.
Mientras caminaba empezó a rememorar sus años de dedicación entusiasta a su trabajo. No había sido fácil, desde luego, nadie le había regalado nada. Conoció a su mujer dentro de la empresa y tras un largo noviazgo se casaron. Habían decidido que en cuanto se quedara embarazada, ella dejaría el empleo y así lo hicieron. Ahora tenían tres niños y el proyecto de hacer unas reformas en el piso. Si lo del ascenso se materializaba podrían meterse un poco más en líos y aprovechar para cambiar los muebles de la cocina. La casa en obras, pensó, qué pereza.
Aquella mañana su esposa le había despedido con un beso más prolongado que de costumbre y se había cerciorado de que su traje estuviera bien planchado y sin restos de pelos o de caspa. Con los años, esos dos problemas se habían vuelto crónicos por más que Matías había probado todos los remedios disponibles. Ahora más que nunca debes procurar ofrecer una buena imagen, le dijo mirándole con gesto aprobatorio.
Por fin enfiló la avenida en la que estaba ubicada su empresa. Aún estaba a bastantes manzanas de distancia, pero aminoró todavía más el paso. Aquel día quería disfrutarlo en cada uno de sus minutos. En esas estaba cuando volvió a sonar el móvil. Era otro recordatorio de su buzón de voz y entonces decidió pulsar la tecla para escuchar el mensaje guardado.
Cuando lo oyó, el corazón le dio un vuelco. No era nada relacionado con telemarketing sino la voz de un headhunter. Hacía tanto tiempo que no se meneaba una hoja en eso de las ofertas de trabajo que ya había olvidado que los headhunters siempre llamaban utilizando el recurso de “número desconocido”. Se sintió desconcertado. El mensaje no daba ninguna indicación de quiénes eran ni para qué puesto le llamaban. Sólo decía que volverían a contactar con él un poco más tarde.
Se detuvo para sentarse en un banco y recapacitar. Ahora que parecía que las cosas le iban mejor que nunca y que por fin podía acceder a un puesto de responsabilidad en su empresa se interfería el destino en forma de anónima oferta de trabajo, menudo dilema.
Permaneció allí sentado durante un buen rato esperando a que el dichoso móvil volviera a sonar pero conforme pasaba el tiempo se fue impacientando. Miró su reloj. Acababa de rebasar el margen que le ofrecía el horario flexible de entrada y todavía estaba lejos de la oficina. La angustia le recomía por dentro y lo único que se le ocurrió fue llamar a su secretaria para decirle que le había surgido un inconveniente y que llegaría un poco más tarde, cosa rara en él.
Se quedó mirando como un imbécil el móvil que sostenía en su mano.
Se sobresaltó.
- Sí, diga.
- Matías ¿es que no oyes el despertador? Vete levantado que vas a llegar tarde.
- Ya he llamado a mi secretaria avisando.
- Pero qué dices. Estabas soñando.
- Sí, sí, claro. Ahora me levanto.
Se duchó, se vistió, desayunó apresuradamente y salió a la calle con el tiempo justo para coger el autobús y no llegar tarde a la cola del paro. Las obras en casa tendrían que esperar, ahora lo que tenía en obras era la vida, nada menos.









